BAILE Y COCHINO…
Por Horacio Cárdenas Zardoni.-

A estas alturas del partido, casi todo el mundo está enterado del problema del agua que se viene registrando en el municipio de Parras de la Fuente, pueblo mágico hasta que desapareció esa nomenclatura, y que por un asunto seguramente de generación espontánea, presumía de ser el oasis del desierto, lo mismo que Múzquiz, allá en la Carbonífera.
Que bonito era cuando hablar de Parras era remontarse a algún buen recuerdo que cada quien tuviera de uno o varios paseos o vacaciones que tuvieron alguna vez por sus calles, plazas, balnearios, y otros atractivos naturales y no tanto. Ahora referirse a Parras tiene más que ver con preguntarse ¿qué es lo que va a pasar?, y es que, tanto si estamos muy enterados de esas cosas, como si las conocemos por encimita nada más, solemos tener una consciencia de que cuanto comienzan los problemas con el agua… estos no se terminan nunca, y lo que es muy probable además, rara vez terminan bien.
Cuando los primeros colonizadores llegaron a lo que es hoy Parras, encontraron un sitio benigno para el cultivo de la tierra, con suficiente agua que corría libremente, como para justificar un asentamiento humano permanente. En aquellos tiempos los había así en diversos puntos de la geografía coahuilense, hoy… no queda ninguno creo yo, y cada vez son menos los que hay de que se pueda sacar agua de pozos sin tener que preocuparse por su nivel de salinidad.

Parras cumplió las expectativas, durante unos pocos cientos de años el agua sobraba. La que bajaba de la sierra bastaba para las necesidades de la escasa población que había, y para las actividades agrícolas e industriales que se realizaban, en escala no demasiado grande, pero sí lo suficiente. Todo iba bien, nada más que… Parras es un típico ejemplo de la doctrina de Maltus, aquella sobre el vínculo entre el tamaño de la población y la capacidad del entorno para dar satisfacción a todas y cada una de las necesidades de cada uno de sus integrantes.
Hasta eso Parras de la Fuente no es un municipio que pudiéramos llamar densamente poblado, de ninguna manera, en comparación con otras muchas municipalidades del país. En Parras según el último censo, había 44 mil 470 habitantes.
Nada más Saltillo tiene veinte veces eso o más, y mencionamos a la capital de Coahuila porque también está ubicada la ciudad al pie de una sierra, aunque el agua hace décadas que dejó de correr libremente, y de aquellos cientos de arroyos que cuentan las crónicas de la fundación, que había en la región, quedan unos dos o tres, que se han resistido a ser entubados y controlados. ¿Se imagina alguien lo que sería de Parras si tuviera que dar todo lo que se requiere de servicios a una población de ese tamaño, un millón de habitantes?, mejor no pensar en escenarios catastrofistas.
Porque desafortunadamente ya está viviendo Parras su propia catástrofe ecológica, y no estamos exagerando en calificarla de esa manera.
Todas las ciudades del planeta, con excepción quizá de alguna que esté asentada a orillas de un gran lago de agua dulce, llegan a un estadio en el que tienen que decidir qué uso le dan al agua. Los tres destinos tradicionales: uso doméstico de los habitantes de la ciudad, uso industrial y uso agrícola para producción de alimentos. Bueno, pues lamentablemente Parras ya está llegando a ese momento definitorio.
Lástima que la escasez de líquido venga de la mano de un conjunto de fenómenos que solo podemos denominar trágicos. Porque el incremento de la población, que se ha dado, aunque no a nivel de preocupación, viene acompañado de una situación muy particular, los vinos de Parras están viviendo su mejor momento en la historia, al ser considerados entre algunos de los mejores, de México y del mundo, pues sí, pero para producirlos se requiere una cantidad siempre creciente y continua de líquido, características que no corresponden con el estado de cosas actual.

Si por los empresarios fuera, estarían produciendo el doble, el triple, diez veces más botellas de vino, que las que salen actualmente, obvio, requerirían la misma proporción de insumos, el agua como primerísimo de ellos, agua que por descontado hay que remachar, que no hay. Al mismo tiempo, sería necesario tener mucho más trabajadores que los que tienen en la actualidad, con sus respectivas familias, más toda la población que se agregaría para brindar servicios y satisfactores a esa producción aumentada.
A nadie le hemos escuchado mencionar un inventario de recursos hídricos para el Valle de Parras, como tampoco un planteamiento de repartición, compartidero como le dicen ahí, para que la existente, más la que se pudiera agregar, si es que la hay más profunda, o se pudiera importar de otras zonas relativamente cercanas a costos razonables.
Sería importante conocer lo que hay, para saber hasta donde se puede crecer, y dónde parar los planes de expansión, o por supuesto, tomar las decisiones de orientar la vocación del pueblo a esto, aquello o lo de más allá, el turismo, la producción vinícola, la producción agrícola de alto rendimiento, la industria textil… o en qué combinación de estas.
De eso no vemos nada, más que humo cada vez más negro, sobre un erial.

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