BAILE Y COCHINO…
Por Horacio Cárdenas Zardoni.-

Corría uno de los últimos años de la administración de Rubén Moreira Valdés como gobernador constitucional del estado, y según su costumbre, andaba por toda la entidad prometiendo cosas que él no estaba ni interesado ni en posibilidad de cumplir.
En aquella ocasión se celebraba un evento que tenía verificativo en la Infoteca Arteaga de la Universidad Autónoma de Coahuila, debía ser un aniversario de esta, u otro evento relacionado con los libros o la lectura, porque como invitado de honor estaba el célebre Armando Fuente Aguirre, columnista de toda la vida, por lo menos la de uno, en los periódicos locales y muchos nacionales, y cronista de la ciudad de Saltillo.
Las cosas corrían como cualquier otro evento político, con pretensiones culturales, porque recordemos que si de algo se preciaba Rubén era de su cultura y su afición por la lectura, y en lo político, por el cuidado y protección de los derechos humanos. Discursos iban y discursos venían, y en determinado momento el gobernador del momento tuvo la ocurrencia de decir que allí Catón, Armando Fuentes, había tomado la dolorosa decisión de donar su biblioteca, casi seguro una de las mejores y más amplias de Saltillo, si no es la que más, a la Universidad Autónoma de Coahuila.

Ni que decir que el público se desbarataba en aplausos, todos conocían, de oídas, y alguno que otro que sí había sido invitado a conocerla sin tocar y sin llevarse nada, porque ya ve que luego los libros prestados no los devuelve nadie. A todos les sonó a miel la noticia.
Viendo el éxito de su discurso, a Rubén se le ocurrió ir todavía más allá, ya tenía el sitio perfecto para ubicar la biblioteca de Catón, ¿qué les parecía a los concurrentes el antiguo recinto del CAVIE, la casona ubicada en la esquina de Juárez e Hidalgo, en el mero centro de Saltillo, para más señas frente al Casino de Saltillo por un lado y frente a la Plaza de Armas, contraesquina de Palacio de Gobierno ¿qué mejor sitio para una biblioteca bien provista de libros modernos y antiguos, y dos que tres joyas inconseguibles?, a muchos de los asistentes les brilló el ojo, y así concluyó el evento, entre sonrisas, abrazos y golpes en la espalda.
Ni en aquel sexenio ni prácticamente ninguno de los que uno recuerde, nadie ha salido con la barbajanada de querer poner en negro sobre blanco los acuerdos que se van tomando, digo ¿a poco dudan de la palabra de un gobernador, de un alcalde o de un presidente?, no andemos con bajezas. Y no, no se firmó nada, ni autógrafos dio el gobernador del momento, a lo mejor a Catón le pidieron que firmara uno de sus libros, pero nada más.

Y pasó lo que tenía que pasar, los días se fueron sucedieron para convertirse en semanas, estas en meses, y los meses en años, y qué le cuento, que han transcurrido quizá ocho o más años, y de aquella promesa de que Saltillo y Coahuila recibieran en resguardo de la Universidad Autónoma de Coahuila y para su uso la biblioteca de Armando Fuentes Aguirre, no se acuerda nadie, bueno seguro Catón sí, con cierto grado de reconcomio y el que esto teclea.
No lo podríamos asegurar al cien por ciento, pero sí bastante cerca, que nadie movió un dedo en la administración estatal para que se entregara el edificio mencionado a la UAdeC, ni se habló con la Dirección General de Bibliotecas, ni con la rectoría de la UAdeC, o con su sistema de Infotecas, en que recaería la donación, el manejo de los libros, revistas y demás materiales, para su catalogación, clasificación y organización.
Y nadie movió un dedo porque ya desde entonces estaba entregado el céntrico edificio a la Academia Interamericana de Derechos Humanos, la cual tenía un pie metido en la Infoteca del Campus Arteaga de la propia universidad, y aquel otro. ¿Para qué quería la AIDH uno y otro edificios, habida cuenta además de que había el compromiso, este sí ineludible, de construirle su ‘casa morada’? para lo mismo entonces que lo de hoy, para nada.

Y sí, supimos que Catón preguntó un par de veces, aquí o allá, con gente supuestamente enterada y que supuestamente lo respeta y aprecia, bueno ¿y qué onda con mis libros, se los llevan o no?, y pues le ofrecían preguntar y decirle eso, qué onda, todo para que al rato se cansara también de esperar respuesta de estos amigos, porque tampoco soltaban prenda. Sea que no preguntaron, que si preguntaron no les contestaron, y si lo hicieron, no fue en términos para repetirlos ni menos para llevárselos al cronista, no fuera que los escribiera en algo que perdurara más que el tragicómico gobierno aquel.
Sacamos esto a colación porque pues… no pasó nada, y algo debería de pasar. La biblioteca de Catón, no creo que se haya reducido en un solo libro, y por el contrario, en ocho años habrá juntado otros mil, o tal vez más. Lo decimos por si a alguien se le ocurre que debería ocurrir algo respecto a la biblioteca, a los libros, a la sed de lecturas de los coahuilenses, recuperar un edificio que era público. El tiempo pasa, nadie nos hacemos más jóvenes, pero sí más ignorantes.

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