BAILE Y COCHINO… // Horacio Cárdenas Zardoni

En estos tiempos que corren, se comenta mucho que las marchas no sirven para nada, o todavía nos podríamos aventar la gracejada de decir que las marchas sirven para no servir para nada, y esto sí que sería grave, porque nos habla de un aprendizaje del gobierno para administrar el descontento, el enojo y hasta la violencia de la población, en su contra.
Quienes han dedicado su tiempo a analizar la marcha del día 15, comentan que es la más grande realizada desde que por allá en el 2004, o en el 2006, hubo una gran movilización social contra la inseguridad y la violencia, y refiriéndonos a aquella, podríamos comentar lo que ya dijimos, preguntarnos ¿Qué utilidad real tuvo?
Cuentan los que saben de esas cosas, que luego de la masacre de 1968 teniendo como escenario la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, y la experiencia del halconazo de 1971, el gobierno priísta tomó una decisión, que puede parecer dura a algunos y desidiosa a otros, pero adoptó la política de dejar hacer (marchas), y dejar pasar (marchas). La razón detrás de esto fue muy simple: nos sale más barato repintar edificios, borrar pintas, reponer vidrios, indemnizar a los comerciantes perjudicados, que enfrentar la mala prensa, los costos electorales, el descontento popular y la presión internacional. Si usted se fija, desde entonces la ciudad de México se convirtió en lo que algún periodista ingenioso bautizó como ‘el manifestódromo más grande del mundo’.

Se nos pasaba, a lo anterior habría que agregar las molestias y perjuicios que se ocasionan a los habitantes de la ciudad de México, que día tras día, bueno de lunes a viernes porque los inconformes solo protestan entre semana, nunca en días de descanso. Cómo habrán estado las cosas en la mesa de decisiones, que el gobierno prefirió lidiar con las quejas de diez millones de habitantes, que con las consecuencias de reprimir a quienes las ocasionan. Por esas cosas de la vida, a los que se portan mal les va mejor que a los que se portan bien, a los protestosos que se apoderan del zócalo por largas temporadas, y de las calles y avenidas por largas horas cada día, ni quien les diga nada, en cambio a los sufridos, ¿usted cree que les piden de perdida una disculpa, su comprensión, algo?, nada.

Los gobiernos priístas de fines del siglo pasado, y luego los panistas de principios de este, pudieron llevar la fiesta en paz gracias a esa táctica de dejar hacer y dejar pasar. Aun con la gente más incómoda que protestaba, seguro los recuerda, los de los Cuatrocientos Pueblos, que no sabemos qué pedían, o más bien que pedían lo que todos, pero estos tenían la característica de a las primeras de cambio, quitarse la ropa. Allí, en pleno zócalo, en el cruce de Reforma e Insurgentes, o donde su líder diera la orden, todos a desnudarse, para sorpresa, burla y regocijo de a quienes les tocaba presenciar el espectáculo. De si sus atributos físicos eran atractivos para alguien o no, eso ya es otro cuento, pero de que se encueraban, se encueraban.
Pero lo cierto es que las manifestaciones permitidas cumplían su objetivo de quitar presión a la inconformidad y al enojo. Caminar varios kilómetros, entre el punto de reunión y el de destino, al rayo del sol, bajo la lluvia, entre los ‘encharcamientos’, a veces muy profundos cuando el agua se desborda, en fin. Y luego que llegan ante palacio nacional, la secretaría de gobernación, el IMSS o a donde sea que se dirigen, ponerse a gritar durante horas, claro que consume las energías de la gente, que a veces los hacen dudar de sus ideales y desistir de sus demandas.
Aunque ya hay manifestantes profesionales, que podríamos calificarlos así, aquellos que pueden instalarse en una tienda de campaña en el zócalo durante meses, utilizar un baño rentado o un tendido sobre una alcantarilla para hacer sus necesidades, no bañarse durante todo ese tiempo, ¿y sabe por qué lo hacen?, porque por lo general, luego de largas negociaciones, algo se les concede. Podemos asegurarle que les dan más a los líderes de cada movimiento, quienes pasan a convertirse en asalariados del gobierno que reparte, mucho para ellos y al resto algo apenas reconocible, pero eso no es de extrañar.
Durante el gobierno de López Obrador las manifestaciones se siguieron permitiendo como antes, era una cuestión de coherencia, él que había sido el principal manifestante contra el gobierno, no podía darse el lujo de que lo señalaran de represor. Sí, pero eso él, Claudia Sheinbaum, con todo que presume que es el segundo piso del bodrio lopezobradorista, esa se presume de fuerte, de que no la van a espantar, y que no la van a vencer… y allá van los granaderos, sí, esos que el primer día de su gestión como jefa de gobierno de la Ciudad de México, dijo que desaparecían para siempre.
Lo ideal sería que en este país, democrático, republicano, representativo y lo demás, nadie tuviera que protestar, ni manifestarse para que las instancias de gobierno le hagan caso. Pero México no es un país ideal más que en los discursos. Las protestas tenían su utilidad, la de ganar tiempo, cansar, liberar la presión, ahora con esa actitud represiva se cancelan esas ventajas, ya veremos qué es lo que ganan con ello, si es que algo.

Deja un comentario