BAILE Y COCHINO… // Horacio Cárdenas Zardoni.-

Hubo un tiempo en que la ciudad de México era como todos los pueblos, no solo del país, sino de todo el mundo, o por lo menos la mayoría, en que los familiares, los amigos, los compañeros de trabajo, los vecinos, acompañaban a la persona fallecida desde el sitio en que se velaba hasta el panteón en el que iba a ser sepultado. Los cortejos funerarios eran una tradición que databa, no sé, quizá desde la época prehispánica, pero seguro durante toda la Colonia y después, se practicó ese rito, que implicaba un cierto grado de paralización de las actividades de por lo menos una parte de la población.
No le voy a decir que vi muchos, pero sí algunos, y era algo impresionante. Fuera que la persona muerta era muy popular, muy importante o muy rica, los cortejos podían ser larguísimos y sobre todo lentísimos. Si la persona no era tan significada, la gente que lo acompañaba era menos en cantidad, pero no por eso se apuraban más.
Y sí, en esto también había una fuerte influencia de la tecnología, porque siendo la ciudad grande o pequeña, los cortejos originales eran a pie, la ciudad era cruzada por uno, o varios, que quienes no tenían vela en ese entierro consideraban una molestia, una monserga que había que soportar, por el simple hecho de que tarde o temprano nos iba a tocar a todos, y lo mínimo que podía uno desear era el mismo tratamiento.

Ya luego que hubo carros y camiones, los cortejos evolucionaron a la combustión interna… pero ni crea que se apuraban mucho, eso en la ciudad de México, y hay que ver cómo son en Saltillo, avanzan con una lentitud desesperante, si es que se puede usar el verbo avanzar para referirnos a su volumen de desplazamiento.
Total que la ciudad de México había llegado a un cierto grado de crecimiento poblacional, con gente que tenía que movilizarse para el trabajo, para la escuela, para lo que fuera, y toparse con un cortejo era una pesadilla que no pocas ocasiones terminaba en trancazos, y esto porque ¿usted cree que los dolientes, sea que les doliera o que nomás andaban en la fila, se detenían para permitir el paso en las bocacalles?, por supuesto que no, ¿qué no ven los desconsiderados que vamos acompañando al muerto?
Hubo que imponer una medida que a muchísima gente desagradó, pero que también mucha otra agradeció: se prohibieron los cortejos fúnebres, los que se hacían a pie, y los de los carros yendo lentamente, ¿quieren acompañar al finado a su última morada?, véanlo en el cementerio, y de allí cada quien para su cantón. Duro, pero funcionó, por un tiempo al menos, la circulación en la CdMx mejoró, ya luego se volvió a saturar, pero por otras razones.
Sacamos a colación esto porque ¡que calvario se ha convertido manejar en Saltillo!, de por sí el parque vehicular es excesivo para la longitud y anchura de las calles, hay demasiados carros, camionetas y camiones, haciendo viajes de ida y vuelta por toda la ciudad, que si todo anda bien, avanzan a un paso que nadie puede ya considerar rápido, ah, y los viernes… los viernes pareciera que todos los saltillenses juramos treparnos en nuestros vehículos para martirizarnos colectiva y mutuamente. Lo que no ocurre en cualquier otro día de la semana, el viernes se conjuga para casi paralizar el tránsito, y no hablamos de una hora en específico, aunque podríamos decir que la tarde es la peor, pero todo el día es de excesivo tiempo dedicado a viajes que normalmente se recorren en la mitad.

Ah, pero si quiere complicar las cosas de veras, hay que apelar a los ‘eventos’, allí sí que los saltillenses nos pintamos solos para estorbar el tráfico, con el cuento de que estamos reclamando la ciudad para algo que a nosotros nos importa, y que en nuestra opinión, debería importarle a todo el mundo por igual. En las últimas semanas hemos tenido que soportar, e intentar sortear algunos embudos de tráfico que no tendrían por qué darse, si tuviéramos una cultura de que las calles son para circular, no para adueñarnos de ellas.
En el mes de noviembre se celebraron varios eventos del Festival de las Ánimas, con sus desfiles, sus puntos de reunión, su asistencia de muchos participantes y más espectadores. Sí, pero con cada evento provocaron un congestionamiento mayúsculo, incomodando a vecinos, trabajadores, estudiantes, a quienes no les quedaba más que aguantar.
Y dijera nomás fue ese, luego vino el maratón Saltillo, que puso en jaque a la ciudad durante toda la mañana de un domingo, que dijera, estamos acostumbrados porque cada domingo cierran por la ruta recreativa, pero es que todas las alternativas que solemos usar, también estaban bloqueadas.
Y ya en este mes, las peregrinaciones, ‘la grande’, que bloqueó Saltillo otro domingo durante todo el día, y montón de las escolares, que en vez de citar a todos los alumnos en el santuario, no, los hacen recorrer las calles, en perjuicio de decenas de miles de personas. Antes eran solo en las mañanas, luego también fueron en las tardes y noches, con lo que el caos se multiplicó hasta la desesperación.
A nadie le criticamos su fe, ni su espíritu deportivo, ni su interés social o político ¿pero porqué tienen que hacerlo en la vía pública incomodando a tanta gente?, si pensaríamos que lo hacen a propósito, con la convicción de que en otra fecha serán ellos los perjudicamos, y así vivimos, incordiando a los demás.

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