BAILE Y COCHINO // Horacio Cárdenas Zardoni

Creo que son demasiadas veces que sacamos a relucir a Jericó Abramo Masso, como referencia de lo que no debe hacerse, de lo que se hace a fuerzas o mal, ¿pero qué quieren?, el muchachón se ponía de pechito y dejaba por todos lados muestras ‘inéditas e históricas’ de lo que, según él, estaba haciendo en beneficio de los habitantes de Saltillo.
Allí va la anécdota, verídica por lo demás, por más que los testigos, si los llaman, se van a hacer los occisos o víctimas de Alzheimer terminal. Andaba Jericó por las avenidas esas elegantes del norte de la ciudad, de Colosio, más para allá. Solas todavía en aquel momento, sin demasiado tráfico de carros de alta gama, conducidos por gente que se cree ser lo mismo, como ahora en cualquier momento del día. Y como traía bien puesto el cassette de las ciclovías, acababa de disponer el de Otilio González, o por allá, luego de cruzar Saltillo con rutas que entonces, como ahora, permanecen de lo más inutilizado que pueda uno pensar, cuando el alcalde dijo: este sería un excelente lugar para otra ciclovía…
Por supuesto sus alelotes, que por cierto eran menos que los guardaespaldas que le cuidaban en aquellos años violentos, dijeron sí patrón, tiene usted toda la razón, aquí se vería divino, serviría para que la clase alta pudiera hacer ejercicio al aire libre, aburridos como están de sus gimnasios caseros o de aquellos de membresía a donde van a encerrarse y lucirse ante sus semejantes, que son espejos de sí mismos.
Con todo ese respaldo, aunque fuera interesado de seguir en la nómina, la idea le gustó a Jericó todavía más. Fue entonces cuando comenzó a sonar la caja registradora que trae en la cabeza: veamos, son ocho kilómetros, pintura, señalética, bordos de neopreno, son como ocho millones de pesos, lo cerramos en nueve… literal, le brillaron los ojos.

No faltó alguien por ahí, un periodista de deportes, que doblaba turno como ingeniero civil, que de plano le dijo, al fin que no lo podía despedir: no mam… gue… en eso no te gastas ni cien mil pesos, y hasta los baches tapas, ¡ah!, porque no los había mencionado siquiera. Excuso decir la cara que puso Jericó de ‘me acabas de echar a perder mi negocio, perdón, mi sueño’. La verdad no peca, cuando te estrellan con ella en la cara.
Esto viene a cuento porque en días pasados el ayuntamiento de Saltillo salió con otra de esas cuentas alegres que nos dejó patidifusos, y mire que los periodistas estamos bien curtidos a la hora de escuchar las declaraciones triunfalistas de los políticos.
El asunto hubiera pasado de noche, de no ser porque alguien en el equipo de Javier Diaz González, o él mismo, aunque siempre es útil tener alguien a quien echarle la culpa, salió con que un parabús que fue a inaugurar por allá en la Calzada Madero, a la altura del CONALEP I, había costado novecientos mil pesos…
La verdad no debería sorprendernos en esta ciudad, donde Óscar Pimentel gastó doce millones en arreglar la plaza de las ciudades hermanas, haciendo un muro forrado de cantera balín, trepando a Manuel Acuña en la punta de un cohete balístico que quien sabe si después de treinta años todavía funcione, y poniendo unos postes que sus colaboradores no pudieron colocar derechos, o que Isidro López pasara cada uno de los reductores de velocidad en 90 mil pesos, curiosamente, la misma suma que cobraba algún negocio favorito por forrar de vil plástico las letras de Saltillo en las entradas de las carreteras, cuatro o cinco veces al año.

Pero es que cometieron el error de publicar las fotografías, y a la hora que el respetable público vio el parabús… el diseño, los materiales, todo el mundo dijo ‘eso no vale novecientos mil pesos, ni noventa, en un descuido ni nueve mil pesos.
Oiga, en el mundo las ciudades compiten por hacer los parabuses de las formas más ingeniosas, cómodas y agradables. Después de todo se trata de infraestructura urbana, que mal que bien, pone de manifiesto lo que es el gobierno y quienes gobiernan. Los hay con luz, con Wi fi, con cortinas para taparse de la lluvia, obvio con asientos, ventiladores, o aspersores de agua para refrescar. Ni que decir de las formas, elegantes, modernas, fantasiosas, todas ellas que invitan a usar el transporte público, y hasta para esperarlo.
Ah no, en Saltillo. Vil lámina galvanizada, de la acanalada más corriente, ni siquiera fueron para comprar de la galvateja, que tampoco es lo máximo, pero es una mejora. Vil tubo pintado, unos asientos ergonómicos que deja a la gente con dolor en salva sea la parte, que mejor estarse parado. Pero, además, la sombra cubre un metro… ni le quita el agua, ni le quita el sol, ni le libra del frío o del calor. Ah, dizque también hubo obra civil… rampa y plancha de concreto, ok, a lo mejor exageré, no son 9 mil pesos, pero de 15 mil no pasa.
Bueno, pues así se las gastan, así se gastan las autoridades el dinero de la población, y como decía Layin, aquel que robaba, pero poquito, no que no roben, pero que no nos vean la cara de que las obras son carísimas, porque eso sí que es una burla.

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