TELEGRAMA // Héctor Barragán

Es muy probable, como sostienen los sabios y pensadores desde la antigüedad más remota, que un ser supremo creo al ser humano como su máxima obra, por lo cual resultaría inexplicable que ese ejemplar debe respetar a sus semejantes, lo mismo que a los demás objetos que integran la gran obra que es este universo, particularmente los seres vivientes. Así que no se creó a ninguno con el poder de destruir a otros, el llamado libre albedrío, carece así de sustento lógico.
Aunque en la realidad se presentan fenómenos que agreden, dañan a sus semejantes y dañan a los seres vivos lo mismo que al medio ambiente. Son sancionados ellos mismos por las consecuencias de sus acciones, aunque sin remedio completo, y todo el conjunto resulta perjudicado.
Esto se presenta como un absurdo, aunque se avizora un final irremediable y total, producto de la criminalidad, las guerras, el absurdo afán de dominio y enriquecimiento, contaminante del medio ambiente y con repercusiones casi inevitables en otros ámbitos.
Los responsables del prejuicio son probablemente los únicos poderosos para moderar las acciones, perversa y utilitariamente, para círculos muy limitados, pero habrán de ser moderados o incluidos por las demandas de la gran colectividad que resulta afectada. Pero ¿cuándo? Porque el futuro cada día se aprecia más cercano que antaño.

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