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Papa Franciscum (I)

Escribe: David Guillén Patiño

columna_palabrasmayores@hotmail.com

papa (1)

«Sencillo», «humilde», «austero» y hasta «antiprotocolario», fueron, como usted sabe, algunos de los primeros epítetos que la opinión pública asignó al nuevo Papa de la Iglesia Romana, Francisco, luego que éste apareció por vez primera ante los expectantes feligreses reunidos en la plaza de San Pedro.
En efecto, el prelado argentino (aunque de ascendencia italiana) dejó claro que imprimirá a su investidura su sello de hombre manso. Tan decidido está que, en un hecho aparentemente inédito, solicitó a la multitud que oracen en ese momento por él… Fue ahí cuando me asaltó una incógnita: ¿pedir por el «reverendísimo», «excelentísimo», «todo santidad» e «infalible» «Vicario de Cristo»?
El caso es que el sucesor de Benedicto XVI, al elegir el camino de la humildad franciscana, asume un enorme desafío: precisamente el de atender con tal carácter todos los aspectos de su encomienda. No es cosa menor seguir el ejemplo de San Francisco de Asís (el «defensor de los pobres»), en quien Jorge Mario Bergoglio inspiró su nombre papal, pues ello entraña, ni más ni menos,el reto de emular a un gigante espiritual,el cual no destacó únicamente por su modestia y su renuncia al materialismo.
A propósito, ¿por qué, a pesar de las extraordinarias virtudes que se le adjudican, el santo de Asís no fue elevado a Sumo Pontífice? Hasta la madre Teresa de Calcuta tenía cualidades que opacan las de cualquier Papa. El beato en cuestión se atrevió, como pocos, a profundizar en el ejercicio de la fe, lo que le llevó a convertirse en un místico fuera de serie, en un iluminado al que le rodeaba, por decirlo así, un halo de amor «loco», «incomprensible», por la humanidad y, en general, por la Creación.

Me pregunto si el jesuita Francisco querrá en verdad seguir a cabalidad la espinosa escuela de San Francisco de Asís o, mejor aún, las pisadas de Jesucristo, el Salvador del mundo, «manso y humilde de corazón» (Mateo 11:29), y en cuya sabiduría encontramosla enseñanza de que el acumular riqueza y poder no es la misión del hombre en esta vida. El mismo rabí de Galilea revela las austeras condiciones en que vivía: «el Hijo del Hombre no tiene (siquiera) dónde recostar la cabeza» (Lucas 9:58).
Cierto día, el Maestro ordenó a un hombre acaudalado (que supuestamente había entendido acerca de la obediencia a Dios y del amor al prójimo), lo siguiente: «vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres» (Mateo 19:21, Marcos 10:21 y Lucas 18:22). Eso era lo único que le faltaba para ser perfecto y tener vida eterna. Pero aquel rico se alejó triste, resolviendo desobedecer: «tenía muchas posesiones».

Es un secreto a voces que la Iglesia Universal, y en particular El Vaticano, posee una fabulosa fortuna que bien podría aplicarse en el combate a la pobreza. Por otra parte, y en contraposición a dicho anhelo, por doquier vemos cada vez más clérigos convertidos en auténticos magnates. En México estos casos abundan, y no sólo en el ámbito católico, sino igualmente en otras denominaciones cristianas.
También es del dominio público, por ejemplo, que la jerarquía católica obtiene ganancias multimillonarias por la venta de derechos de explotación comercial de la imagen de la Virgen de Guadalupe. ¿A dónde va a parar todo ese caudal? ¿Dichas operaciones obligan al pago de impuestos?
Si los votos de austeridad, pero sobre todo de generosidad que aparentemente Francisco ha refrendado, son abrazados por todos los clérigos, en tanto se fomentan entre la grey, el Papa habrá sido congruente con la imagen que viene proyectando, de lo contrario, su actitud no pasará de ser una pose de mercadotecnia religiosa, si acaso una versión puramente romántica de la humildad franciscana o, en el peor de los casos, una falaz expresión de amor.
Tiempo al tiempo…

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