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Esquizofrenia política

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Baile y cochino

Escribe: Horacio Cárdenas

No vamos a salir con el más común de los lugares de decir que la política es una de las actividades más nobles a las que pueden dedicarse los hombres, tampoco salir con la embajada de que el servicio público ennoblece a quienes se dedican a él o enriquece su espíritu. En todos lados, pero sobre todo en este altiplano de lágrimas que es México, lo único que se enriquece a través de la política son las de por sí jugosas cuentas de banco de quienes ocupan los altos puestos en la jerarquía burocrática. Entre el precepto juarista de la honrosa medianía en la que debería vivir todo servidor público, y la máxima de Carlos Hank de que un político pobre hace un pobre político, los grillos mexicanos invariablemente se inclinan por la segunda.
Tampoco es este el sitio para hablar de la inteligencia de los integrantes de la clase política, de hecho los hombres y mujeres verdaderamente inteligentes de plano no se meten en política, a sabiendas de que son tantas las necesidades y tan pocos los recursos disponibles, que lo que alcancen a hacer en su mandato necesariamente quedará por debajo de las urgentes demandas de la población, no, los que andan en la grilla es por ambiciosos, por egocéntricos, por mesiánicos, y por otras características que nada tiene que ver ni con su IQ, ni con la empatía que sienten por sus semejantes. Podemos incluso hablar de que entre los políticos se pueden contar un sinnúmero de afecciones y padecimientos de orden sicológico, que van de lo leve a lo muy grave. Y si nos guiamos por el otro lugar común que señala que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen, pobres de aquellos que les toca un sicópata, un sociópata, un bipolar o un esquizofrénico.
Si por algo se ha caracterizado el actual alcalde de Saltillo es por es por haber tratado de utilizar su puesto para curarse de sus traumas de infancia y juventud. Hasta esos años perdidos habría que rastrear los orígenes de esa actitud tan despótica, tan falta de sustento lógico para las decisiones de gobierno, y por supuesto, para que a las primeras de cambio de marcha atrás a las mismas, yendo a refugiarse allí donde no lo pueda encontrar nadie, a lamerse las heridas.
Todo político debería en teoría, guiarse por un código de ética, repetimos, nada que ver con los rollos de decencia, honradez, ideas únicas y realizaciones históricas, todos son producto de su tiempo y actúan conforme a lo que les permiten las circunstancias, un error en el que todos suelen caer es en sentirse hacedores de futuro, cuando que lo que alcanzan a lograr es lo que su ambición personal les permitió. Lo del código de ética

se restringe más bien a su actuación respecto de la política y de la supervivencia del sistema mismo, lo que se puede sintetizar en una sola frase: no matar a la gallina de los huevos de oro, plumífero que en los últimos años ha sufrido atentados verdaderamente tremendos, pero clueca y todo, allí sigue poniendo para gusto y usufructo de saqueadores.
Entre las leyes reglamentarias del precepto anterior, el de la gallina, destaca en primer lugar el jamás desdecirse, porque el que lo hace, al menos en política, lo único que provoca es el debilitamiento, del gobierno, del partido, de las instituciones, de todo el esquema. Aquí no va eso que dicen los administradores, de que cuando el jefe se equivoca vuelve a mandar, y todo como si nada. No, en política el que se equivoca tiene que hacer fuerte su decisión, que para eso se supone que tiene asesores, ayudantes, tiempo para pensar y un cabildo para que respalde las acciones, echarse para atrás en una decisión, por errónea que haya sido desde el principio, es peor que dejarla como está y llevarla hasta sus ultimas consecuencias, que se supone, o al menos es lo que siempre se pretende hacer creer, que tarde o temprano traerá beneficios. Dar para atrás a una decisión de gobierno implica la

cancelación de ese futuro promisorio, punto y aparte del ya citado debilitamiento de la autoridad moral y de cualquier otro tipo que se supone tenía el gobernante.
Siendo elegantes, la única manera de echar para atrás una decisión gubernamental es sobre el cadáver del político, o para no ser tan dramáticos, sobre su renuncia. Que los que vengan hagan lo que les venga en gana, pero lo decidido así se queda, claro que la elegancia es algo que al presidente municipal de Saltillo le escapa del todo, si de arriba dicen que hay que hacer esto, el lo hace al doble, siguiendo la estrategia de que siendo más papista que el papa, se ganará la palmadita en la espalda de la que ciertos políticos están tan necesitados. Ánimas que Jericó renunciara para darle la fuerza debida al Saltibús, que amenaza llevárselo entre las ruedas o de adorno sobre la parrilla.
No una sino dos veces ha dispuesto el ayuntamiento la disminución de las tarifas del transporte urbano, lo cual es muestra clara de que el alcalde no tiene ni idea de lo que está haciendo o de lo que le corresponde hacer. La primera fue dizque porque no estaban funcionando al cien por ciento los aparatos para el cobro electrónico en los camiones del

servicio concesionado, van para atrás para la furia de los permisionarios y regocijo momentáneo de los usuarios, a quienes al rato les volvieron a atacar la tarifa completa. Resignados, ni modo, a pagarla ahora sí de aquí en delante, pero no.
Por si hiciera falta algo tan gráfico, dos tragedias seguidas pusieron de manifiesto el estado real que guarda el servicio de transporte urbano en la capital del estado. Primero fue el trágico asesinato de un niño de cuatro años, quien cayó bajo las ruedas de un camión de la ruta 3-A, manejado a cien kilómetros por hora en zona de treinta. Al día siguiente, dos camiones cuyos conductores iban jugando carreras asesinaron a una señora de casi setenta años en pleno centro de la ciudad. Con el primer hecho bastó para que Jericó, con la ayuda o por orden del gobernador Rubén Moreira ordenara la reducción de las tarifas del transporte urbano en la capital, esto después de quitarles la concesión a los permisionarios, como si cualquiera de estas medidas pudiera devolver a la vida a las dos víctimas inocentes.
Al día siguiente las notas periodísticas daban cuenta de tantos y tantos camiones a los que se había remitido al corralón por violar la tarifa nueva, pero reducida, autorizada pero castigada, o como quiera que la esquizofrenia quiera o pueda calificarlos. Se llegó al extremo de parte de los concesionarios de enfrentarse a la autoridad municipal, y de esta, de amenazarlos como le encanta al alcalde resolverlo todo.
Así las cosas, el que los saltillenses puedan llegar a disfrutar de un servicio de transporte eficiente, seguro, cómodo, y del que puedan estar orgullosos, se perciba como más lejos que nunca. Las muertes a manos de los “cumbieros” están hoy como en la peor época que quiera usted mencionar, los choferes siguen siendo uno de los eslabones más débiles de la cadena, ya no solamente por adictos a las drogas o al alcohol, por la fea manera en la que tratan al pasaje, por no respetar los reglamentos de tránsito o carecer de cultura y decencia vial, sino por que a ellos les están cargando la mano los concesionarios por las pérdidas que están teniendo en su suculento negocio.
Tantos sueños de grandeza están terminando en nada, el transporte es algo con lo que Jericó no ha podido ni va a poder, y no ha podido porque de plano no sabe como. Esa esquizofrenia política le está costando demasiado a los saltillenses, ya lo pagará su partido en las elecciones que vienen, él por supuesto, ya anunció que se va de aquí, a donde no lo conozca nadie que le pueda reclamar.

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