El cristal con que miran las cosas los gobernantes no es el mismo con el que lo hacen los ciudadanos comunes.
Por un lado, de gobernador para abajo, hacen anuncios sobre los avances que refleja el trabajo en contra de la delincuencia organizada, y la desorganizada, hablan de detenciones, reducción de índices delictivos, hacen reuniones para aplaudir el trabajo que tienen la obligación de realizar y por el otro están los ciudadanos que salen temerosos a las calles, con la preocupación de que pueden ser ellos las próximas víctimas de secuestradores, ladrones, hamponcetes, violadores o de cualquier otro tipo de plaga criminal que deambula por las calles de Coahuila, principalmente en las ciudades más grandes en donde, tal parece, hay un vínculo entre delincuencia y funcionarios que impide erradicar esa lacra para devolverle la tranquilidad a la sociedad.
En el caso concreto de Saltillo, las cosas rayan ya en lo increíble. La incapacidad demostrada por el alcalde Isidro López es palpable. Mientras él y su caterva de parientes se dedican a saquear el erario público, a colocar pintura en las calles, bordos inútiles, como ellos, la nube de pillos se disemina por todas las calles de la capital del estado.
El espejo con que mira este señor lo que acontece en restaurantes, comercios, empresas y personas, es tal que se atreve a asegurar que no pasa nada, que las cámaras ciudadanas no captan delitos, que todo está en paz e inclusive realiza una campaña mediática en la que utiliza a su propio jefe policiaco para informar a la sociedad que Saltillo ya tiene veinte policías más y que semana a semana se detiene a más de mil personas por cometer delitos tan graves como manejar en estado de ebriedad, salir de la cantina hablando con San Pedro –como si uno fuera a la cantina a tomar limonadas–, a circular con placas vencidas o en un carro sin placas o porque tuvo la ocurrencia de pasarse un rojo en el semáforo de la esquina.
Y mientras los abusivos policías detienen a jóvenes que salen de los antros bajo los influjos de alguna bebida etílica, los verdaderos ladrones andan en las calles, haciendo de las suyas.
No hay día que no se presente un secuestro, o que los pillos enmascarados penetren a un restaurante y le quiten a los comensales cuanta cosa les viene en gana, –joyas, relojes, cartera, documentos, vehículos- inclusive la dignidad de algunas damitas.
No hay día o noche en que los amantes de lo ajeno no penetren a las viviendas de gente humilde, clase media o ricos para llevarse desde el tanque de gas, la televisión que pronto dejará de funcionar con el apagón analógico, hasta los complicados DVD, o TV de plasma o Led, las computadoras, las joyas más sofisticadas, un auto e inclusive el dinero que se guarda debajo del colchón o en el trastero.
Hace algunos días, caminando por un sector de la ciudad que se ha convertido en el centro de atracción de los jóvenes, la avenida denominada Pedro Figueroa –confieso que no sé por qué le pusieron ese nombre a esa calle, ni quién carajos es Pedro Figueroa, a menos que se trate de un beisbolista dominicano– se han instalado antros, restaurantes, cafés y una buena variedad de comercios.
Platiqué con algunos de los propietarios. Ellos, preocupados externan su malestar porque son constantes las visitas que reciben de los delincuentes provocando que la clientela se aparte ante el temor de sufrir daños físicos o el robo de sus pertenencias.
Es grave lo que cuentan. No hay día que no se susciten ataques a mano armada a los comercios instalados a lo largo de esa calle. No hay negocio que no haya sido visitado por los pillos que, tal parece, gozan de la protección oficial. De otra forma nadie se explica como, en las propias narices de policías municipales, los delincuentes hacen de las suyas.
Esto, como diría un periodista de la TV mexicana, es muy raro. Muy sospechoso. Aquí hay gato encerrado. No se trata nada más de que un grupito de pillos haga de las suyas, aquí se trata de que alguien importante dentro del ayuntamiento o de la procuraduría de justicia, o de los cuerpos de seguridad del estado o de las altas esferas del gobierno del estado, se está encargando de cubrir con su manto protector a estos criminales. Pero, no solo es la protección de la que gozan los pillos, sino además que los propios policías sean los que pastoreen a los ladrones, asaltantes y demás, que comparten, como buenos ladrones, el botín con sus jefes, en este caso con el Jefe Isidro.
Es osado hacer esta aseveración. Pero sería osado no hacerla. En todo lo que sucede en las calles de Saltillo no hay gato encerrado. El alcalde tiene injerencia directa en lo que está sucediendo y su jefe policiaco igual. Los comandantes –no sé de qué son comandantes– usan las patrullas para proteger a los pillos que pululan ya por nuestra otrora tranquila ciudad y a cambio, a bordo de esas patrullas, violando los Derechos Humanos, pasean por las calles a jóvenes que detienen por ingerir bebidas alcohólicas, en espera de que lleguen los padres de estos muchachos y, antes de trasladarlos a las instalaciones y cárcel municipal, llegar a un «arreglo» económico que «beneficie a ambas partes».
Si usáramos el cristal con que miran las cosas los ciudadanos, nos daríamos cuenta de que las cifras que anuncian las autoridades en su supuesto combate a la delincuencia son hechas por un sastre, a la medida de lo que quieren que se sepa, no de lo que en realidad sucede.
Y lo sabemos porque somos pueblo, ciudadanos que pagan impuestos, personas que, al igual que la gran mayoría de los habitantes de Saltillo hemos sufrido en carne propia, de alguna manera, la intromisión de delincuentes en la tranquilidad perdida.
Que Isidro «Chilo» López –como a él le gusta que le digan en su afán protagónico por querer ser pueblo cuando por más de cincuenta años nunca supo lo que era esa palabra– no esté enterado de lo que sucede es una falacia. Que Isidro reparta el botín con sus subalternos y delincuentes que protegen es una teoría en la que todos empiezan a creer.
De otra forma, esto, realmente es muy extraño.

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