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Crónicas del Reyezuelo de las Coahuilas: ¡Ay del ingrato que osare desvirtuar la obra de V.S.M Rubén de la Moreira!

informeEl reyezuelo Rubén de la Moreira, amo y señor de las Coahuilas de México por designio de los dioses y los hombres cultos y ricos que en estas tierras viven y moran, giró órdenes precisas a su séquito y lacayos para cerrar los caminos que conducen al parlamento oficial porque, decisión muy propia y suya, hablaría a sus súbditos y les diría la forma en que se conducen las instituciones de su gobierno, no del dinero que se recauda porque éste es bien gastado en casos, casas, cosas y viajes que requieren su reinado.
Así, para cumplimentar tal orden, el lacayo mayor, mandamás del principado de Saltillo, D. Isidro López de la Villa Real dispuso que un centenar de criados sacados de las filas de la policía municipal, prestos cercaran esas largas y amplias calles con blancas protecciones de metal mientras una nube de esclavos de anaranjada vestimenta dejaban más limpio que el nuevo piso de mármol del Palacio Rosado, la negra culebra de los pavimentos, relucientes para esperar el rechinido de las suburbans reales de nuestro omnipotente reyezuelo Rubén de la Moreira y Valdez.
Ni una sola basura corrió, ni por soplo del viento, sobre estas calles. Ni un solo súbdito, sin el merecimiento de caminar por ellas, tuvo permiso de presenciar lo que ocurría en el Parlamento, en donde aún manda «El Viejo», ápodo del lacayo mayor desta institución, Don Eliseo de Mendoza.
A las ocho de la mañana de ese domingo soleado, elegido por su Altísimo y Venerado Señor de la Moreira para hablarle a sus súbditos, ni un perro logró pasar por esas calles de Dios ni por la nube de policías, de rostros cubiertos, armados con fusiles de asalto y cien cartucheras repletas de municiones. Éstos empezaron a ceder el paso a los jefes de las provincias de Torreón, Monclova, Piedras Negras, Saltillo y otro montón de nombres de pueblos y aldeas que forman parte del reino de la Coahuila. Así también, en bulto, llegaron los cortesanos, los banqueros y hasta mercaderes y políticos de tierras lejanas, allende de los Hidalgos y la Pachuca del reloj que marca la hora exacta y uno que otro obispo que atestiguaría en el nombre de Dios tan importante acto en donde la mano prodigiosa del reyezuelo se tiende a forma de saludo a un pueblo a punto de reventar por tanto impuesto que está obligado a entregar año con año.
Así, cerca de 200 invitados se acomodaron en los mullidos sillones del teatro parlamentario y, algunos con la resaca de la fiesta de fin de semana a cuestas, otros con el sueño que escondieron bajo las gafas negras, primero hablaron ante las cámaras de televisión sobre los grandes beneficiados traídos a la Coahuila por el reyezuelo, comentaron un informe que ni siquiera habían escuchado y reconocieron y ensalzaron las proezas de nuestro gran benefactor dueño de vidas y haciendas.
Faltó tiempo para que los principales lacayos explicaran la forma en que se elaboraron tantas leyes, tan variadas, tan importantes para que los súbditos convivan mejor y no tengan pretexto para pagar con toda puntualidad los ordenamientos expuestos en tantos documentos que los integrantes del parlamento sellaron con su firma para darles validez oficial.
Así, hablaron de ley para que la gente no diera mal aspecto con su gordura y rostros mantecosos; nuestro reyezuelo tuvo la grata idea de disponer que todo aquel que tuviera problemas de obesidad tendría que pagar más impuestos obligándolo con ello a adelgazar, porque como la mayor parte de los súbditos gracias a los benefactores impuestos permanecen con una delgadez casi cadavérica.
También se habló de la ley que permite que las mujeres renten su vientre para que algunos puedan llamar hijos propios a los ajenos, y todos puedan vivir felices, al fin de cuentas, ya es práctica común entre algunos de los consejeros del reino que, sin ser padres son llamados como tales. ¡Vaya magnánima ley que sirve para unos cuantos porque, por lo que hace al pueblo, sus mujeres gustosas entregarían a un montón de chamacos para que no se les mueran de hambre y de enfermedades!
Cuando Su Gran Majestad de las Coahuilas habló, con tono meloso, con el que parece otorgar perdón hasta al más innoble de los gusanos que habitan en los jardines de la casa que le obsequió un rico empresario, ese tonito con que perdona a todos los súbditos, ya había poco que comentar sobre sus caprichosas leyes dictadas por la almohada y echadas a andar, al pie de la letra, aunque sin ton ni son, por sus consejeros inseparables.
El Señor de la Moreira dibujó a unas tierras que nada tienen que ver con la Coahuila de México. Dijo que es un lugar donde todos viven felices y sueñan con saludarlo y que cuando se tienen esos sueños es porque la felicidad inunda sus corazones, aunque se carezca de una que otra cosilla, como la sal en la mesa, minucias que cuenta el pueblo.
Habló de unas tierras en donde no existe ni violencia ni delitos, ni siquiera un pleito de cantina. Y los cortesanos y lacayos aplaudieron, fuerte, más fuerte, y lanzaron vivas en nombre del reyezuelo que, ufano y sonriente, detenía su perorata para dar las gracias, ¡para darse las gracias a sí mismo! por haber tenido esos sueños promisorios, convertidos en leyes que permiten forjar a los pueblos y los conducen por el camino de la bonanza y el bienestar… de quien gobierna.
Ante tanto dechado de bienes y fortuna, ante tantas leyes bondadosas, tanta seguridad pública, tantos hospitales y medicinas, ante tanta nobleza del corazón del reyezuelo De la Moreira, ¿cómo no va a llorar el pueblo, cómo no va a pedir por la quebrantada salud de Nuestro Señor de las Coahuilas?
¡Mal halle el ingrato que osare, como esos pelafustanes maestros que reclamaban trabajo y salarios, desvirtuar la obra de nuestro reyezuelo! Sobre ellos recaerán todos los relámpagos del cielo y los calores del infierno, porque no es dado de un buen hombre, hablar mal de su protector divino.
¡Que viva Vuestra Majestad, el Señor Rubén de la Moreira!

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