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Súbditos: sabed que es nuevo ordenamiento real que quien ande, camine y respire por estas tierras pagará impuestos

reyezuelo2-¿Por qué está triste y pensativo, Su Majestad? ¿No os ha gustado este grandioso desfile con el que alimenta su alma de niño y con el que comparte con su pueblo la felicidad que embarga su corazón en estos días de fiestas decembrinas?
El Reyezuelo de las Coahuilas, Rubén de la Moreira, observó a su fiel e inseparable lacayo Sir David de Agrillón y quiso contestar pero un nudo en la garganta le impidió que palabra alguna saliera de su boca. Las emociones en su pecho lo llevaban a pensar, a retroceder en el tiempo y recordar su lejana infancia, esa en la que era parte de la gente humilde, donde escaseaba el pan en la mesa, porque su padre, un sencillo maestro de primaria apenas si completaba con tan raquítico salario que percibía por sus servicios.
Odió de nueva cuenta, como en su niñez, esos momentos de miseria y hambre, de pantalones y camisas con sietes zurcidos, de pan blanco escondido bajo la almohada dejado por su hermano Humberto a la hora de la cena. Ese hermano al que interiormente odiaba, siempre era el primero, el amable, el atento, el amigo, el triunfador. ¿Y él? Relegado en el silencio, esperando el cariño piadoso de una madre, del que también era dueño el hermano. El hermano… el hermano… Humberto aquí, Humberto allá… ¿Y él? A esperar los mendrugos de pan y de cariño.
Sin embargo, extrañaba de entre esos miserables días de su vida, el correr por las calles de tierra de su pueblo, jugar con el agua corriente y sucia de la lluvia, arrojar piedras al arroyo, atarse desde entonces al cariño de una niña perteneciente a odiosa y antagónica familia. Había pasajes de felicidad, pero eran mínimos. Y ahora, convertido en Reyezuelo de las Coahuilas de México, ingrata enfermedad le impedía disfrutar de la inmensa bonanza, –odiaba pensar que también eso le había heredado el hermano Humberto– de las riquezas que permiten allegarse viajes y placeres, mujeres y amigos. Una riqueza que pronto se vería obligado a dejar.
¿Cómo contestar a su fiel y servil lacayo, David de Agrillón, esa pregunta cuando gastó millones de pesos para armar un desfile navideño que sus súbditos malagradecidos no sabían reconocer? Sobre todo porque ese desfile se pensó fuera privado, para él nada más, para sentirse niño. ¿Quién tuvo la ocurrencia de compartir sus cosas, sus disfrutes y deleites con un puñado de harapientos que ni siquiera le aplaudieron cuando el maestro de ceremonias dijo su nombre: «¡Aplausos al reyezuelo Rubén de la Moreira!» y los únicos que respondieron a tal llamado fueron sus lacayos, su corte y sus guardias, puntuales como siempre a cualquier llamado que les hiciera, prontos a resolver sus necesidad a una señal.
¡Aplausos al Reyezuelo! ¡Aplausos! y sus súbditos ni caso hicieron. ¡200 mil almas fueron convidadas a su desfile y ese pueblo ingrato no fue para aplaudirle, para vitorearlo, para gritar frases de bienaventuranza en su honor y su persona, para llenarlo de parabienes y obsequios.
Su Majestad Rubén de la Moreira no quiso contestar. No pudo contestar a la odiosa pregunta de su lacayo. Sin embargo en ese momento, mientras escuchaba las risas de los niños sucios y desaliñados, en su mente bulló la perversa idea de hacer pagar a esos harapientos súbditos tan grande humillación. ¡Ya verían quién era el Reyezuelo Rubén de la Moreira!
Esa burla imperdonable tendría que ser saldada con sufrimiento, con miseria, con hambre. Solo dejaría descansar a esos miserables por los días navideños pero, al iniciar el año, sus nuevas órdenes, disposiciones y leyes, serían implacables, ya lo verían.
Ojos propios y extraños darían cuenta de la aplicación de nuevos impuestos. Después de todo la Coronilla necesitaba más dinero para invertirlo en las Haciendas reales de los Viesca, su lugar de descanso predilecto. Ese al que partía cuando el cansancio por tanto gobernar y dirigir el destino de su pueblo provocabanle intensas fatigas.
Desde esa Hacienda de los Viesca, allende La Laguna su santuario personal, proyectaría las nuevas imposiciones, sin olvidar a quienes aún tenían adeudos con el tesoro del reino, que controla Sir Lito de Ramos, obligando a los ingratos deudores a liquidar, y cazando a los evasores de tenencias de vehículos y canje de placas.
En estas tierras de las Coahuilas de México el que ande, camine y respire tendrá que pagar impuestos. Y ya no habrá nuevo desfile para todos. Solo el Reyezuelo podrá disfrutar de los personajes de películas y caricaturas. Actuarán y desfilarán para él solo, y nada más para él: Santa Claus, la princesa Sofía, el ratón «Micky Mouse», Dora la exploradora, los Muppets, Looney Tunes, Frozen, Jake y los piratas.
Y ni qué decir de Spiderman, Robocop, Maléfica, los Super héroes, Transformer y hasta el Chavo del Ocho recién sacado de la tumba.
Además, hacer privado ese desfile tenía un beneficio. No había necesidad de movilizar a tanta gente, tantos empleaditos del reino, que siempre andan molestos porque quieren cobrar bien y puntuales, con todo y que saben que en la tesorería de Lito Ramos no hay más dinero más que para los gastos y necesidades del reyezuelo. Así, no habría que movilizar a policías, gente de protección civil, doctores, enfermeras y hasta elementos del ejército dispuestos a proteger, con su vida misma, la vida de nuestro ilustre y omnipotente señor Rubén de la Moreira.
No se puede ser siempre magnánimo, bondadoso y generoso; y menos con un pueblo que se niega a cumplir con sus obligaciones y a pagar a tiempo el diezmo y peor aún ¡que no aplaude las bondades de su reyezuelo!

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