La Navidad, una farsa de mil 660 años

navidadQuizás en cuestiones como esta, el poeta Carlos Rivas Larraurirecalcaría: “No es por hacerles desaigre, es que ya no soy del vicio, astedes mi lo perdonen…”.

Y qué es un vicio, sino el “hábito de obrar mal”, o bien, un “defecto o exceso que como propiedad o costumbre tienen algunas personas, o que es común a una colectividad”. Al menos así lo define, en parte, el Diccionario de la Lengua Española.
Si bien es cierto que muchas costumbres que han sobrevivido al paso de los siglos y de las culturas tienen mucho sentido y son sinónimo de bienestar, también es verdad que otras son el resultado de convicciones erróneas y, peor aún, de conductas licenciosas. Con todo y ello, siempre habrá quienes insistan en disfrazarlas de tradiciones inofensivas. Al respecto, Mohandas Karamchand (Mahatma) Gandhi repetiría: “Un error no se convierte en verdad por el hecho de que todo el mundo crea en él”.
Afirmar, por ejemplo, que sólo usamos el 10% de nuestro cerebro, es tan falso como decir que “el «hubiera no existe», jurar que las uñas y el pelo de las personas sigue creciendo después de muertos, y que cortarse el pelo al cero hace que crezca más áspero y rápido.
Hay personas que, a pesar de que la ciencia también lo desmiente, todavía creen también que cada persona debe beber dos litros de agua al día, que leer con poca luz daña nuestros ojos, que comer de noche engorda, que con el frío perdemos calor corporal por la cabeza, que el azúcar vuelve hiperactivos a los niños y que es malo consumir grasa.
Pero pocos engaños son tan graves como el hecho de afirmar que la Navidad es una festividad cristiana. Hoy se sabe que fue el Papa Liberio (no Cristo) quien, en 354, ordenó celebrar el nacimiento de El Salvador el 25 de diciembre, con lo que esta tradición, que comprende no sólo un día del calendario, sino un largo periodo de tradiciones ligadas de origen a festividades paganas, pasó a ser una observancia sincrética, a la que hoy se agrega el desmedido afán de lucro de los empresarios, reflejado en su profusa publicidad, que va de noviembre hasta febrero, y a veces más allá.
Es digno de llamar la atención el hecho de que en ninguna parte de la Biblia, base de toda fe cristiana, existe evidencia alguna de que Jesucristo haya siquiera sugerido que se conmemorara su nacimiento. Por el contrario, abundan los pasajes bíblicos que apuntan hacia el deseo del Rabí de Galilea de exaltar, no el día en que su madre lo dio a luz, sino su muerte, por la trascendencia que esta entraña.
Por ejemplo, el Evangelio Lucas refiere las siguientes palabras de Jesús: “Y tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí. De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama”. El apóstol Pablo apoyaría esta instrucción, escribiendo: “Porque todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que venga. “Estas ideas van acordes con otras porciones de las Sagradas Escrituras, como la que se encuentra en el libro del Eclesiastés: “Mejor es… el día de la muerte que el día del nacimiento”.
El mensaje de amor, de paz, de perdón, de buena voluntad y de generosidad, que se pregona en esta temporada, habla de a una profunda enseñanza que debería practicarse todo el año, es decir, a lo largo de toda la vida. Hoy por hoy somos víctimas de una farsa social, basada en una tradición plagada de idolatría ancestral, esto, dicho incluso por respetables teólogos acreditados por la curia católica.
La propia Enciclopedia Católica admite lo siguiente: “… La muy conocida fiesta solar del NatalisInvicti, celebrada el 25 de diciembre, tiene un derecho fundado en la responsabilidad de nuestra fiesta de diciembre.”Para la historia del culto solar, su posición en el Imperio romano, y su sincretismo con el mitraísmo, véase la obra trascendental de Cumont “Textes et Monuments” etc., I, II, 4, 6, pág. 355. Mommsen (Corpus Inscriptionum Latinarum, 1², pág., 338), ha recopilado la evidencia para la fiesta, la cual alcanzó su clímax de popularidad bajo Aureliano en el año 274. Filippo del Torre, en 1700, fue el primero en ver su importancia; como se ha dicho, estaba señalada sin adición en el Calendario de Filócalo.
“Nos sería imposible aquí incluso esbozar la historia del simbolismo y lenguaje solar según aplicados a Dios, al Mesías y a Cristo en las obras canónicas, patrísticas, o devocionales cristianas o judías. Los himnos y oficios de Navidad abundan en ejemplos; Cumont ha organizado bien los textos (op. cit., addit. Nota C, pág. 355). Los primeros acercamientos de los nacimientos de Cristo y del sol aparecen en los escritos de San Cipriano de Cartago, “De pasch. Comp”., XIX, “O quampræ clare providentia utillo die quo natusest Sol… nasceretur Christus” “¡Oh, qué maravillosamente actuó la Providencia, que en el día en el que nació el Sol. Cristo debía nacer”.
Por lo demás, si la Navidad (de “natividad”, nacimiento), fuera una tregua de amor y unión familiar, entonces en esta época no tendrían lugar tantos sucesos negativos como, por ejemplo, que en diciembre los accidentes viales aumenten 30%, según estima el Consejo Nacional para la Prevención de Accidentes (Conapa), ubicando estos hechos como la segunda causa de muerte entre los jóvenes de entre 15 y 29 años de edad, el 70% de los cuales perecen por consumo de alcohol.
Tampoco se dispararían las enfermedades psicológicas, principalmente los casos de depresión, originados en su mayoría por problemas económicos o laborales, desintegración familiar y falta de apoyo afectivo, como lo señala el doctor Mario Ricardo Gallardo Contreras, jefe del servicio de psiquiatría del Hospital Juárez de México. Detalla que en esta temporada son mucho más comunes los lapsos de tristeza, apatía, pesimismo o ansiedad, abatimiento del estado general, falta de atención, de concentración o de memoria, así como ideas obsesivas, insomnio, hipersomnia, cefaleas, gastritis, colitis y disminución del deseo sexual.
En este periodo tampoco subirían “hasta 40 por ciento” los suicidios, suscitados a causa de estados depresivos, dice Manuel González Oscoy, catedrático de la Facultad de Psicología de la UNAM. “Las personas afectadas en esta temporada -explica- suelen manifestar desde nostalgia permanente hasta tristeza profunda, causada en gran parte por el bombardeo publicitario y la presión social que impulsa a los individuos a desear una felicidad que no encuentran en el mundo real” (sic).
Por su parte, María Elena Medina Mora, directora del Instituto Nacional de Psiquiatría “Ramón de la Fuente Muñiz”, explica que las tentativas de suicidio en México se han incrementado en los últimos 10 años. El grupo más afectado es el de los 15 a los 24 años de edad, en el que se representa “la tercera causa de muerte”. Y los factores que más inciden entre quienes toman esta decisión están los problemas de salud, la violencia, el abuso del alcohol y las drogas así como el estrés, la depresión y… la Navidad.

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