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Tiro de Gracia

Pensé en Dios, levanté los ojos al cielo y pedí clemencia a mi virgencita de Guadalupe. De seguro ellos desde arriba miraban lo que nos sucedía y pronto vendrían a salvarnos. ¿Acaso no éramos los hijos del Señor, el ejército de la religión, los defensores de la Iglesia? Sí, éramos todo eso. Estaba seguro de ello.

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De: Roberto Adrián Morales.-

Gruesas lágrimas rodaron por las mejillas agrietadas de Isidro Pérez. El autobús que lo transportaba a Parras hizo un alto en la ranchería donde, en aquel lejano año de 1928, estuvo a punto de perder la vida. Al observar por la ventanilla pudo fijar la vista en el polvoso terreno y evocó los recuerdos de su azarosa juventud; llevó la mano a su rostro, a la cicatriz que lo rasgaba desde el nacimiento de la frente hasta cerca de la mandíbula, pasando por el párpado de su ojo derecho, lo acarició con la yema de los dedos. La marca era huella latente de aquella violenta etapa de su vida. ¿Cuándo olvidaría tan terrible pesadilla?
Imágenes confusas chocaron en su cerebro una tras otra, encarnaron de nuevo; ahí estaban sus amigos llamándolo para reiniciar una guerra apoyada en la fe religiosa, esa fe que los llevó por caminos inimaginados, con el alma invadida de terror y angustia.
—¿Quiénes son católicos de verdad? —inquirió desde el púlpito de la iglesia de Santa María el padre Torrejo, mientras intentaba poner orden en sus palabras.
Una veintena de muchachos, cuyas edades frisaban entre los dieciocho y los veinte años, levantó la mano a manera de respuesta; en el silencio místico se escuchó la respiración fatigosa del sacerdote nervioso, que limpiaba las gotas de sudor de su frente.
—Pues bien, al término de la misa, quiero hablar con todos y cada uno de ustedes —dijo tajante e inició los rezos, sin importarle el murmullo de las voces de los adultos ahí congregados. Habían llegado noticias de un enfrentamiento armado entre católicos y el ejército del general Plutarco Elías Calles; comprendieron con las palabras del cura que la tranquilidad de Parras estaba a punto de romperse.
En la amplia sala de la casa cural, Torrejo recibió a los integrantes de las juventudes católicas; habló de los problemas del gobierno con el clero y de la necesidad de tomar las armas en el nombre de Cristo Rey y de la virgen de Guadalupe.
—¿Pero, señor cura, por qué tenemos que entrar nosotros en esa guerra si en todo Coahuila nadie ha querido enfrentarse al gobierno? —preguntó Francisco Fuantos.
—¿Nadie? ¿Quién dice que nadie? ¿Nosotros somos nadie? ¿Acaso vamos a permitirle a ese presidentito que cierre las iglesias? ¿Vamos a dejar que pisotee nuestros derechos católicos? Ustedes son soldados de Dios, legionarios de Cristo y él ha depositado su amor en nosotros para que lo defendamos aún a costa de la vida. Dios no quiere cobardes. Díganme, quién de ustedes se opone a los designios del Señor que hoy nos ordena defender su verdad? —sentenció Torrejo mientras la barbilla se le movía convulsa y las manos le temblaban; sus ojos arrojaban fuego en busca de quien se negara a proteger y apoyar la causa religiosa.
Sólo respondió el silencio. Los jóvenes siguieron escuchando al cura quien después del sermón los llevó a una casa vecina, propiedad de doña Clemencia, mujer menudita de rostro alargado y mirada tranquila; beata que, de haber contado con más energía y cuarenta años menos, se hubiera lanzado sola a pelear contra el ejército del presidente Calles. Ahí los muchachos fueron dotados de rifles. Casiano Valdés les explicó cómo usarlos, qué hacer en caso de que se atascaran y dio consejos para no gastar municiones inútilmente.
—Miren muchachos, las balas están escasas, así que afinen la puntería y tiren a matar; no dejen heridos porque si se quedan sin parque, los muertos serán ustedes. Fue el último consejo de Casiano, viejo cojo que con golpes de pecho y oraciones buscaba el perdón a sus intrigas diarias.
Ya armados, la veintena de defensores de Dios partió rumbo a la sierra a esperar el arribo de una brigada del ejército que había sido enterada del levantamiento cristero en Parras. Capitaneaba al grupo, el propio cura Torrejo que, orgulloso, vestía su estorbosa sotana con la que tropezaba a cada momento; en una de tantas caídas, se lastimó la cintura y no pudo continuar el viaje. Antes de regresar al pueblo, dio instrucciones a Pepe Rodríguez, muchacho de escasos diecinueve años, alargado, de pelo rubio despeinado y cara de cobra, para que dirigiera el ataque contra los militares.

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Apoyándose en el viejo Casiano, Torrejo regresó a la Iglesia de Santa María en donde, para su sorpresa, un grupo de militares ya lo esperaba.
—Malditos, mil veces malditos, ¿por qué entran así a la casa del Señor? —masculló dirigiéndose a la entrada de la iglesia.
Sin miramientos, lo detuvieron dos soldados. Torrejo intentó escapar de ellos; pero su complexión fofa y un ataque inesperado de asma le impidieron conseguir su objetivo. Los militares lo llevaron hasta donde se encontraba su superior, el coronel Dávalos, hombre de baja estatura, moreno de cabellos relamidos pegados a la frente, bigotes recortados y ojillos vivaces de zorro.
—Mire lo que encontramos coronel. Este curita quería burlar la vigilancia y abrir las puertas de la iglesia —explicaron los soldados.
—Conque esas tenemos, señor cura. ¿Cómo dijo que se llama? —inquirió con tono burlón.
—No dije. Me llamo Ascencio Torrejo y soy soldado del ejército de Dios —exclamó iracundo.
Dávalos lo miró con frialdad, golpeaba la tierra con la punta de sus botas; recorrió la figura del detenido y con pasmosa sangre fría, desenfundó su pistola, la llevó a la frente del sacerdote y jaló del gatillo; el tronido del arma retumbó en las paredes de la iglesia mientras el cuerpo inanimado del representante de Dios se desplomó a sus pies.
—Este cabrón ya me ensució las botas —dijo el militar, que de un puntapié alejó el cuerpo— llévenselo y lo cuelgan en un árbol de la plaza. Que todo el pueblo se entere, en este país no mandan los curas, en estas tierras la única ley es la de mi general Calles.
Como reguero de pólvora corrió la noticia entre los habitantes de Parras. «¡Mataron al padre Torrejo! ¡Malditos asesinos!», decía la gente sin atreverse a defender nada, manteniéndose encerrados en sus casas a piedra y lodo.
—Mi coronel, encontramos a la vieja que compró las armas, ya la traen en camino —informó uno de los soldados.
Minutos después, a rastras, doña Clemencia fue puesta ante el militar, quien la miró con aire despectivo. Los cabellos blancos estaban teñidos por su propia sangre, debido a un culatazo que le fuera propinado en la cabeza.
—Así que esta vieja beata fue la que compró los rifles a nuestro enviado —dijo con una sádica sonrisa que iluminó su rostro. El coronel se acicaló el bigote, preguntándose qué hacer con esa anciana— llévenla a la cárcel, ahorita me encargo de ella.
Los militares obedecieron la orden y a punta de golpes la obligaron a levantarse.
—Ándele camine, viejita. ¿Pos no que muy revolucionaria? Ora sí, pídale a Dios que la salve porque cayó en las manos del meritito diablo —anunció uno de los soldados, al tiempo que lanzaba estentóreas carcajadas.
Doña Clemencia fue encerrada en el único calabozo de la cárcel del pueblo, ahí se encontraban detenidos dos peligrosos criminales, en cuyos ojos perversos apareció una chispa de compasión; permaneció cautiva hasta dos horas después, cuando acudió el coronel a hablar con ella.
—Mire nada más, viejita, ¿pos qué le hicieron estos muchachos? No, si de que son desalmados, lo son. A ver, cuénteme a cuántos hombres les entregó armas y cuál camino tomaron. Si usted contesta mis preguntas, verdad de su Dios que la dejo vivir. Si no me dice nada, la voy a hacer sufrir. Así que más vale ponga empeño a mis palabras. Dígame, ¿a cuántos les proporcionó rifles y municiones?
La anciana no respondió, haciéndose ovillo, trataba de esconderse en un rincón de la celda; ni un gemido, ni un lamento, ni una lágrima que surcara su rostro, ni una respuesta, nada. El coronel empezó a impacientarse.
—No le quiero hacer más daño, viejita, nada más dígame cuántos hombres están armados, para dónde se fueron y verá que le perdono la vida.
La anciana se incorporó como pudo; en un descuido del coronel se arrojó sobre él, alcanzó a arañar su rostro. El militar se la quitó de encima, la arrojó al suelo golpeándola con saña inaudita hasta dejarla casi inconsciente.
—De plano, esta vieja no nos va a decir nada, mi coronel —expuso el soldado Sánchez.
—No, verdad… Pues entonces cuélguenla a un lado de su cura; a ver si muerto la confiesa y perdona sus pecados, que con la edad que tiene, deben ser muchos. Los hombres sacaron a rastras a la anciana; mechones del pelo blanco hicieron camino hasta la plaza donde pendía de un árbol el cuerpo del padre Torrejo.
—¿Ya viste a tu padrecito? ¡Pues te vamos a dejar cerquita de él, tal como lo mandó el coronel! —dijeron, en tanto le ataban al cuello una soga. Doña Clemencia fijó la vista en los restos del sacerdote, lamentó no poder persignarse y orar por el descanso de su alma. Un fuerte jalón la elevó del piso, no pudo expresar más nada pero en su mente se dibujó la frase ¡Viva Cristo Rey!
—La orden fue cumplida, mi coronel —informó el soldado, que miraba a su jefe caminar nervioso.
—Por cierto, Sánchez, ¿qué pasó con el cojo que te ordené que trajeras?
—Ahí lo tenemos ya, mi coronel. Ahorita se lo mando.
El cojo, con la pata de palo, que le servía de soporte, despedazada entró a la comisaría dando graciosos brinquitos.
—Mira cómo te pusieron —dijo el militar— ahora sí que estás listo para un circo. Para que veas que soy bueno, te prometo una pata de palo nuevecita y perdonarte la vida si me dices cuántos hombres son los que armaron el cura y la vieja esa, y el rumbo que tomaron.
—¿De veras me perdona la vida, jefecito, si le digo lo que sé?
—¡Claro! Soy hombre de palabra.
—Está bien, —habló nervioso el cojo, mirando hacia todos lados para ver quién se enteraba de su traición— son veinte… son veinte muchachos de la legión católica; van con rumbo a General Cepeda, las órdenes son de esperarlos a ustedes en El Carrizal. Ahí les van a tender una redada. Según dijo el padre Torrejo, si todo resultaba bien, por lo menos les causan unas cien bajas.
—Vaya que eres inteligente, cojo del demonio. Ahora, por traidor y cobarde… pues tú no mereces ni que te cuelgue, no tienes derecho ni a una bala, pero lo más grave del caso es que, por soplón, no tienes derecho a vivir. Mejor vamos a arreglarte las piernas.
—Pero, señor… usted me prometió…
—A los traidores no se les cumple nada. A ver tú, Sánchez, ponle a mano esas piernas a este cojo cobarde.
A empellones varios soldados lo sacaron de la cárcel; le ataron el pedazo de la pata de palo a un caballo y la extremidad sana a otro, los jinetes arrearon a las bestias en sentidos opuestos hasta que escucharon crujir los miembros inferiores del soplón; uno de los animales salió a todo galope arrastrando la pierna. Casiano quedó en medio de la calle, reventado, vaciándose hasta la última gota de sangre; ni la tierra reseca toleró el líquido viscoso de aquel traidor; se formó un charco rojo que los mismitos perros despreciaron.
El coronel Dávalos reunió a sus hombres, a ellos se agregó el pelotón del coronel García. Se dirigieron al camino que lleva a General Cepeda, rodearon el terreno hasta internarse en El Carrizal. Arribaron antes que el grupo de cristeros y se dispusieron a esperarlos. Entrada la noche, los rebeldes llegaron al punto acordado. Jamás imaginaron la suerte que les reservaba el destino.
No hubo necesidad de hacer un solo disparo; los legionarios de Dios no eran diestros en el manejo de las armas, mucho menos estrategas militares; la tropa les cayó encima, como cuervos sobre los maizales; les propinaron severa golpiza y los ataron. Así, en la negrura de la noche, con la fatiga y el miedo reflejado en sus tiernos rostros, inició el regreso a Parras; era el calvario de Cristo en carne propia, un calvario sin cruz, horrible y sangriento, como el sufrido por el Nazareno.
«Qué largo me pareció esa noche el regreso del Carrizal a Parras. Amarrados de las manos, uno tras otro; a cada lado de nosotros un contingente de militares nos custodiaba para que no fuéramos a escapar; con el color verde de sus uniformes apenas si se distinguían en la oscuridad, solo destellaba el brillo de decenas de ojos y a veces algunos dientes blancos. Adelante, no veía más que un bulto que, por lo grande, bien pudo ser Plácido Arciniega. No estaba seguro que fuera él. Después de una hora de camino, el horizonte empezó a clarear. Jamás había visto la transición de la oscuridad a la luz, era hermoso admirar el paisaje pardo de las montañas y los campos; a lo lejos se oía el canto de los gallos que anuncian el amanecer. Dentro de mi sufrimiento, gocé esos momentos. El ruido de pájaros alzando el vuelo afirmó mi creencia en Dios. Sólo Dios pudo dar vida a tantas cosas. Por fin, entramos a Parras. Cuando el coronel Dávalos dio la orden de enfilarnos rumbo al panteón, supe lo que nos iba a ocurrir. Un frío intenso me invadió el cuerpo, empecé a temblar convulsivamente; mis dientes chocaban entre sí, mis ojos buscaban alguna posible salida; todo era inútil, la soga atada a mis muñecas parecía de acero, con cualquier tirón sentía que me arrancaban las manos. Pensé en Dios, levanté los ojos al cielo y pedí clemencia a mi virgencita de Guadalupe. De seguro ellos desde arriba miraban lo que nos sucedía y pronto vendrían a salvarnos. ¿Acaso no éramos los hijos del Señor, el ejército de la religión, los defensores de la Iglesia? Sí, éramos todo eso. Estaba seguro de ello. De reojo, miré las casas que dejábamos atrás, después de tantos años de verlas me había acostumbrado a ellas, pero ahora eran diferentes, distinguía sus colores; hasta llegué a percibir el olor de la madera de puertas y ventanas entreabiertas; una rendija por donde asomaban ojos que nos regalaron su compasión. La voz del militar me volvió a la realidad, dura y triste.»
—Hasta aquí llegamos, muchachos —dijo el coronel Dávalos al tiempo que señalaba la barda del panteón.

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Un pelotón se acercó a los cristeros, los desataron y pusieron en fila, con la espalda repegada a la pared de adobe. No hubo miramientos, ni últimos deseos, ni nada. Una voz ronca gritó al viento ¡Preparen! Los alzados se miraron entre sí, con ojos desorbitados por el horror. ¡Apunten! En la inmensidad del horizonte las nubes se pintaron de rojo. ¡Viva Cristo Rey!, clamaron los muchachos con las últimas fuerzas que les quedaban. ¿Acaso no era la forma de morir de los legionarios de Dios? ¡Fuego!
El estruendo de las balas se oyó por todo el pueblo, el eco se apropió del ruido y lo regresó hasta el mismo sitio de donde había salido. Los cristeros cayeron a tierra, uno sobre otro. La sangre formó pequeñas vertientes que terminaron depositadas en un charco púrpura.
«Escuché los pasos de un militar acercándose a nosotros; qué horrible era todo lo que ocurría; en la boca sentí el sabor salado de la sangre ¿de quién? Las risas de los soldados taladraban mis oídos. Un disparo, nuevas risas, otro disparo, la burla. Sentí los estertores de los cuerpos al impacto de las balas, pareció que de ellos escapaba un último chispazo de energía. El tiro de gracia, a cada quien su tiro de gracia, tal cual manda el reglamento militar después del fusilamiento. Con los ojos entrecerrados alcancé a mirar las botas del coronel; aspiré el nauseabundo olor que emanaba de ellas. Supe, entonces, que mi fin había llegado. ¡Dios Santo!, ¿acaso éste es mi castigo por defender tu iglesia? Padre Dios, ¿por qué me has abandonado? Virgen de Guadalupe, ¡ayúdame! ¡No puedes dejarme morir así! ¡No permitas que me maten como a un perro! Por instinto, llevé mi mano a la sien; percibí el reflejo dorado del anillo de oro, regalo de mi abuela cuando cumplí quince años; qué hermoso fue tener por primera vez entre mis manos ese aro donde los orfebres plasmaron el rostro de mi virgencita morena. ¡No me desampares, madrecita! Escuché el tronido de la pistola y el ruido que hacen los huesos al partirse, cerré los ojos, no había dolor. Tal vez algún amigo estaría viendo mi sacrificio por la hendidura de cualquier ventana. Un taladrante ardor me invadió el rostro, seguí escuchando, aunque lejanas, las voces de mis verdugos. Ni un tiro de gracia podría acabar con mi religión y mis creencias.»
—Mi coronel, este cabrón sigue vivo —informó el soldado Sánchez mientras zarandeaba al moribundo.
Tras un largo suspiro, el militar vació los casquillos de su revólver y recargó el arma, en tanto lanzaba escupitajos y maldiciones.
—No, si te digo, estos malditos cristeros son más hijos de satanás que de Dios. Pero ahorita lo arreglo, nomás eso me faltaba, que a mí, al coronel Dávalos, le quedara vivo un cristiano.
Volvió a apuntar el arma hacia la cabeza de Isidro Pérez, dispuesto a jalar del gatillo cuando se interpuso entre el moribundo y el militar otro hombre.
—No, coronel. Usted no puede violar las leyes militares. A ese hombre ya le dio usted el tiro de gracia. No puede rematarlo.
—Pinche doctorcito ¿a usted quién lo invitó a este baile? —respondió Dávalos encolerizado e intentó apartar con un brazo al médico que se mantuvo firme en su postura.
La tropa miró con asombro la discusión; todos conocían el mal carácter del coronel, su proceder violento y sanguinario; pensaron que los días del doctor Juan Barajas habían alcanzado el límite de la vida, al igual que aquel joven que se aferraba al mundo.
El mismo médico sabía el peligro que enfrentaba cuando decidió interponerse entre el arma del ejecutor y la víctima pero, ante todo, él estaba ahí para intentar salvar heridos, no para recoger cadáveres y levantar actas de defunción. Barajas era bajito; rostro moldeado por los mayas, cabeza grande y redonda apuntalada por gruesos cabellos negros y lacios. El ejército reconocía su paciencia y tenacidad cuando se trataba de combatir a la muerte. Lo extraño del caso es que ahora quería salvar a un enemigo apoyándose en las leyes de la milicia.
—Hágase a un lado doctorcito, no sea que la bala que le toca a este cristero se la ponga a usted entre ceja y ceja —sentenció iracundo el coronel Dávalos, mirando furioso el rostro de aquel hombre que parecía no inmutarse ante el peligro.
—Asesina a este muchacho y yo pongo el caso en la corte militar. El ejército obedece órdenes y leyes; usted rebasa los límites de todo. Su lucha no es para controlar a esos alzados, no, es para sacar todo lo maligno que lleva dentro. Disculpe que se lo diga, y si eso le sirve de apoyo para fusilarme, hágalo coronel.
El militar movió los bigotes, furioso guardó el arma en su funda y mascullando incoherencias se alejó. Como perros fieles, en silencio lo siguieron sus hombres. Tras ellos dejaron un puñado de jóvenes muertos, con el rostro despedazado por el tiro de gracia.
Pasaron las horas y nadie se atrevía a investigar quiénes eran los difuntos.
«Escuché cuando se alejaron, la cabeza me dolía; era como si me hubieran taladrado entre el ojo y la sien; corrió un hilillo de sangre por mi mejilla; ah, cómo pesaba el cuerpo de Francisco Guzmán que me cayó encima después del fusilamiento. Un rayo de sol iluminó mi rostro. Una decena de buitres se posaron en la barda del panteón, agitaron las alas y cayeron sobre sus presas; vi los pescuezos pelones de esas aves carroñeras penetrando en los intestinos de mis amigos, tragando sus entrañas, peleando entre ellas por conquistar el mejor bocado. Una de esas aves se posó a mi lado; inmovilizado por el terror, las heridas y el cansancio no podía espantarla; acercó su horrible pico, percibí su respiración sibilante cerca de mis oídos. Oh, Dios, sólo eso me faltaba, salvarme la vida para darme como castigo otra muerte más cruel; un picotazo en mi rostro, sentí que me arrancaban un ojo, luego ya no supe de mí.»
José Charles fue el primero en aproximarse a los restos de los cristeros; espantó a los buitres y empezó a subir los cadáveres a su carretón; la gente se acercó a mirar los rostros de las víctimas.
«Ese es Francisco Guzmán y este otro Antonio Muñiz; allá están José Rodríguez y José Francisco Fuantos. Estos de rostro destrozado parecen Plácido Arciniega y Juan Silva y este… ¡éste está vivo! Es Isidro, es Chilo Pérez y está vivo!»
El grito pareció retumbar por todo el pueblo: «¡Milagro, Chilo Pérez está vivo!»
Como pudieron, entre dos hombres lo cargaron llevándolo al doctor, que procedió a operarlo.
—Ah, qué muchacho. Deveras que esto es un milagro, mira que salvarte del fusilamiento y luego del tiro de gracia. Lo que no puede asegurarte ni Dios es si podrás recuperar ese ojo que traes hasta picoteado —dijo el médico al paciente que se encontraba al borde de la muerte. Con sus ágiles manos limpió las heridas para después coser la enorme hendidura que le atravesaba la cara. Meses después otro médico certificaría aquella operación como un excelente trabajo que le salvó el ojo dañado por el tiro de gracia; una intervención quirúrgica afortunada, milagrosa.
Doña Romana, avisada de la tragedia, llegó presurosa al consultorio. En el rostro mostraba preocupación y dolor. Más que nadie se sentía responsable de lo ocurrido a su hijo, lamentaba la tragedia y se recriminaba. ¿Acaso no fue ella, su propia madre, la que lo puso a las órdenes del cura; no fue ella, esa mala madre que, apoyada en sus sueños de beata, invadió el corazón de Isidro de una fe que casi lo condujo a la muerte?
El carretero llegó sofocado hasta el consultorio.
—Doña Romana, por vida de Dios, tiene que sacar de aquí a su hijo; ya lo andan buscando de nuevo los militares, dicen que ahora sí van a rematarlo. El coronel Dávalos dio la orden de detenerlo y colgarlo. Tiene que hacer algo rápido.
—Este hombre no puede viajar a ninguna parte, en cualquier rato se muere —sentenció el doctor Barajas.
—Aún así, mejor que se muera en el camino y no colgado de un árbol —gritó la madre al tiempo que ordenaba a José Charles que subiera a su hijo a la carreta.
—No la amuele Doña Romana, no ve que si me descubren me cuelgan junto con su hijo. Yo tengo mucho que perder, tengo a mi mujer y a mis hijos y la verdad… Pues, Chilito ya está más cerca de la muerte que nadie.
—No seas cobarde, José, te voy a pagar muy bien tus servicios; ándale, ayúdame a cargarlo.
—Sí le ayudo a subirlo al carretón, pero lo que es yo, no manejo. No quiero problemas Doña Romana.
—Tú súbelo. Yo misma me lo llevo. Luego te pago tu carreta.
Subieron a Isidro Pérez al vehículo y lo cubrieron con gruesas mantas, Doña Romana tomó las riendas y arreó las mulas. Nadie imaginó que aquella piadosa señora llevaba en esa carreta a su propio hijo, herido de muerte. A nadie le preocupó que pasara por el camino real, así logró llegar a General Cepeda donde unos parientes, Ramón y María Herrera, la ayudaron. De esa población a Saltillo no había retenes; el único lugar de Coahuila donde se registraron levantamientos armados en nombre de Dios fue en Parras de la Fuente. Así arribaron a la capital y de ahí, después de unos días en que el muchacho logró recuperarse, lo trasladaron a Estados Unidos.
De eso hacía ya muchos años, pero a Isidro le parecieron apenas unos momentos, los más amargos de su existencia; sacó de entre sus ropas un rosario, cerró los ojos y rezó pidiendo a Dios y a la virgen de Guadalupe por el eterno descanso del alma de sus compañeros.

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