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De la imagen de nuestro tiempo

Ensayo sobre el México del siglo XXI.-

Escribe: Ramsés Leonardo Sánchez Soberano.-

Primera parte.-

irma
Irma López Aurelio. (Foto de Proceso).

«Yo me hice a un lado, se reventó la fuente, me fui a un lugar solo y me alivié». Estas fueron las palabras de Irma López Aurelio, mujer morena, de cabellos negros. Ella camina con huaraches y viste faldas floreadas. Es indígena mazateca de Oaxaca. Su caso acaparó la atención de los medios de comunicación locales, de diversas organizaciones en pro de los derechos humanos, de su comunidad y de las redes sociales pero, así como todos los espectáculos del presente, el suyo perdió interés y pronto fue enterrado en el olvido. Si alguien comenzó por indignarse por aquella situación, esta silueta se ha perdido. Su historial médico fue incinerado como basura y se esfumó hacia arriba, como humo, bajo la lógica del holocausto: «Me vinieron a avisar los vocales que los expedientes que tengo en la clínica los quemaron, como ‘Oportunidades’ les dio apoyo del gobierno, dicen que no existo». ¿Qué necesita Irma para existir? ¿Necesita una intuición de sí a partir de un acto de pensamiento? Irma sabe que existe porque «una enfermera» la sacó del «centro de salud» y le dijo «que caminara». Lo sabe porque lo ha vivido con todo su cuerpo. Ella fue la carne que puso en tela de juicio la moral del sistema hospitalario de México. Es el cuerpo de una raza, de un color, de una casta: la piel de una existencia que vive mundo bajo una valoración de su ser. Ella muestra que hay algo en la condición del pobre que ninguna «normatividad» comprenderá y, frente a esta imposibilidad, pocas dudas quedan de esa ‘otra’ existencia. El Secretario de Salud espetó «que este lamentable hecho haya sido utilizado con fines de morbo a través de las redes sociales, lastimando la imagen de la mujer y su hijo en primer término, y en segundo, afectando la imagen de los trabajadores de la salud».

El siglo XXI es el siglo de la imagen, de su salud y su intoxicación. Su soberanía consiste en cuidar figuras determinadas por un discurso y en la invención de ideas que conservan la alianza entre una imagen y una significación. Su unidad debe producir un afecto, a decir, una toma de posición ante algo que debe ser rechazado, aceptado, odiado o amado. Es la lógica de la canalización, esto es, el modo de hacer pensar a alguien algo y hacerlo de un modo interesado. El poder del presente se confina a la producción del ser y de su valor. La importancia de este encauzamiento reside en que un afecto domina por entero al sujeto antes de la llegada de un pensamiento. Logra atrapar por completo al yo e obnubilarlo para producir «ciertos actos». Esto significa que no hay mayor dominio del testigo que lograr en él una interpretación ya canalizada pues, una vez que se ha logrado producir una imagen, una significación y una resonancia, el objeto al que es dirigido aquel sintagma es recubierto por esa determinación. Él significa «eso». La experiencia de la imagen y su significación coinciden con la orientación de la interpretación.

Proponemos el título «homo-imago» para comprender la noción contemporánea de hombre. Él reconoce el presente como la época en la que se pone sobre una superficie (un cuerpo, un objeto, una idea, un modo de vida o unas prácticas), una significación para entonces orientar un estado afectivo hacia una resonancia específica. El racismo, la xenofobia, la indiferencia y el desinterés por la situación fáctica del otro, así como el egoísmo y sus diversas producciones, son los efectos de una lógica diseñada bajo una estructura. Ella asume que toda interpretación está ligada a un sentimiento de aprobación o rechazo en tanto que estado emotivo primitivo. Para hacerlo, reconoce que lo que es susceptible de interpretación es lo que aparece y que todo lo que aparece es lo que es de acuerdo con un sistema de interpretación al que ha sido sometido.

De suerte que eso que aparece está conformado por partes y ellas son perceptibles en un todo. Un todo es un cuerpo con una piel, con una vestimenta, con un color de cabello y con un color de ojos. Una parte es el color de sus ojos, de su piel, la cualificación social de su vestido, su peso, la forma de su cuerpo. Así, en la valoración entre esta interacción, donde la empatía y la intersubjetividad es cosa de filósofos, se deja ver la monstruosidad de nuestro presente: es una «producción» interesada del significado de lo humano, dividido en partes por una valoración, pues las partes, en sí mismas, no tienen significado. Ellas no están referidas a ninguna normatividad. La asociación entre estas y aquellas partes y una significación, axiologicamente determinada, es cosa del hombre, del discurso sobre el que toma sentido y unidad su mirar.

La relación de una imagen en el pensamiento con un significado, producido a partir de un valor, conviene al modo de operación de un ente psíquico. Pensar axiológicamente lo que aparece es ponerlo en una determinación donde se delimita su ser. Esta relación, que se hace en la intimidad, responde al nombre de psiquismo. Él no es meramente neutral y tampoco resguarda una libertad ganada con anterioridad. El psiquismo hace uso de una imagen que se pone en relación con un significado peculiar. La unidad de esta asociación efectúa una resonancia que mantiene en el sentido lo dado y su valor. Los científicos de la lengua no quieren entenderlo. Antes de la fijación objetiva de los conceptos está en acto la efectuación de un movimiento asociativo y él se lleva a cabo de acuerdo con un horizonte de posibles ya estructurados. Esto señala que, antes de todo pensar científico, el pensamiento mismo está conquistado por una serie de supuestos que es necesario sacar a la superficie.

Lo anterior es pensable de acuerdo con una política de la imagen en general. En ella la creación de la noción contemporánea de lo humano, que no considera si los hombres reciben justicia y paz en desigualdad de acuerdo con un orden simbólico, ¿no revela que la idea de «humanidad», entendida como «todas las formas de la especie humana», es una farsa? El rechazo a la igualdad, la homogeneidad y la unidad en la búsqueda perpetua por la diferencia, tan cara a la posmodernidad, ha debilitado el título ‘humanidad’ con el que continúa trabajando la UNESCO. Esto ya lo ha señalada Alain Finkielkraut en su ensayo sobre el siglo XX[1]. La indiferencia ante la búsqueda del respeto real por la dignidad humana –más allá de empeñar los actos morales a las normas jurídicas, por el interés de buscar una idea de hombre en concomitancia con los intereses de un ideario y una cultura–, ¿no expresaría la impotencia del discurso humanista ante esta barbarie? Antes de destruir la idea de hombre por la insuficiencia del humanismo es necesario pensar cómo lograr que un yo, envuelto en sí y ocupado por sus intereses personales, pueda mirar hacia sí sin escapar de lo que él mismo se provoca. Al intentar resguardar la felicidad y la ventura frente a todos los hechos de la vida, el hombre solo acepta lo que no le exige padecer dificultades o removimientos. La huida constante a los dolores que en el mundo nos aguardan ha coincido hoy día con la debilitación del discurso humanista. El humanismo comenzó su propia lapidación cuando sus bases fundamentales imitaron los procedimientos de las instituciones globales. Comenzó por empeñar el significado de la salus aeterna, la redención, la libertad y la dignidad humana a cambio de poder en el Estado, la ciudad y las relaciones internacionales. Esta falsificación funcionó como la reproducción de los postulados básicos de una imagen dogmática del comercio que, como tal, debía instaurar un método. Pronto se encontró con la necesidad de reproducir un modelo que ya tendría a su base determinadas relaciones entre las imágenes y el pensamiento. Debía ofrecer algo a cambio de aquello que deseaba y fue así que entregó al hombre a las mismas instituciones que le habían sacado del estado de derecho.

De acuerdo con lo anterior, solo una lógica de la imagen podría hacer comprensible el rechazo de una práctica e idea de hombre ante la temible construcción ideológica de lo humano. La noción de hombre ha sido construida de acuerdo con significados peculiares y la naturaleza de su humanidad ha sido obtenida cuando esta corresponde a aquellos. Si toda significación hace uso de un signo que señala «algo» para provocar una resonancia, la significación del hombre en general debe ser planteada desde el horizonte familiar a una comunidad. En él el acto de significación asociado por el yo «pone» el ser en un modo de aparecer. Esto dicta que las significaciones son llevadas a cumplimiento en un horizonte específico y que él tiene a su base usos. Que la primera relación con el ser concierne al vivir en opiniones heredadas. En el opinar de cierta manera, de acuerdo con un orden de símbolos preexistentes, encontramos el sustento de la práctica. De modo que las opiniones son constitutivas de las prácticas en general y éstas últimas son alimentadas por aquellas. Es por ello que se producen imágenes que proliferan en la vida cotidiana para mantener un efecto.

El discurso sobre la imagen revela y mantiene el valor social del pobre, la indiferencia hacia el indígena, la separación entre lo privado y lo público. Está diseñado para mantener las funciones sociales de las opiniones que ya han sido distinguidas por una moral. El significado producido sobre una imagen pone en relación una presignificación que debe ser comprobada y, una vez instalados en el significar, el ser del yo es aceptado en el interior de una comunidad. La comprobación de esta idealización no es material. Consiste en producir lo que corresponde a «lo que es bueno» según una arquitectura de códigos que no son presentes. Determina el carácter de la felicidad, del albedrío, de la independencia y del privilegio que han nacido de la correspondencia y la ratificación de la resonancia que es necesario provocar. Esta resonancia es estable en tanto que funciona como el último término sobre el que se acepta o no el quehacer y la finalidad del ámbito en el que se habita. Con ello se muestra que la dignidad humana surge como otorgamiento.

La indiferencia hacia la situación efectiva del otro encuentra su excusa en la unidad simbólica de «lo bueno» que habita en el interior de un grupo familiar. Así, el núcleo de determinación de lo que se debe hacer no está expuesto a ningún cuestionamiento. Acostumbrado a ser ejemplar para el mundo familiar, él no aceptará poner en duda sus procedimientos, su privilegio consiste en que, al interior de ese ordenamiento, no es necesario preguntarse cómo ha llegado su éxito, solo importa celebrar la adquisición. Un fin sin contexto. Él ha sido fijado con anterioridad a los actos del yo pues su conquista consiste en reafirmar la validez de la moral que lo constriñe. De allí que solo al interior de un ambiente pueda comprenderse aquello que fortalece la validez de sus privilegios.

El diagnóstico que ahora presentamos, que conviene a la elaboración de una imagen dominante del ser humano, señala que el caso de Irma López es la muestra del desprecio por la pobreza y el asco por su ser. Es la puesta en obra de que el valor humano es definido por unas comunidades con ideas familiares que están aprehendidas previamente por afectos orientados. Al interior de aquellas el ser del pobre es despreciable.

Con estas reflexiones intentamos mostrar que frente a la peor de las ignorancias, aquella que desconoce lo que no sabe, se exhibe la que se empeña en mezclarse con la verdad y la sabiduría. Una ignorancia global que opera en las universidades, en los círculos institucionales, en las secretarías y en las comisiones nacionales y estatales. Es la ignorancia que ha parido el poder y la corrupción. Se caracteriza por ser jerárquica y arrogante. Con todo, frente a la opinión más extendida en nuestro tiempo, no creemos que esta situación sea solo cuestión del político y de los poderes fácticos, ella también atañe a los intelectuales. Ellos han cometido el error de poner sobre los hechos un juicio a través del cual presentar una interpretación de los acontecimientos. Han asumido que el hombre común está dominado por la opinión pública, pero no han dicho nada sobre la producción de lo público en general, ni sobre la génesis de su propia opinión. No han visto más allá de los ambientes de donde toman sus conceptos. Ellos también se sostienen en ciertas opiniones. Están lejos de mostrar que la opinión pública, de la que participan dialécticamente, está supeditada al empoderamiento de una idea que ha sido establecida por un discurso más general. Es por ello que no pueden captar la génesis de la asociación efectuada entre lo simbólico, lo imaginario y lo significativo. Ellos desconocen por completo esa forma de dominio. De esta dominación será de lo que nos ocupemos en lo siguiente.

 

[1] Cf., Alain Finkielkraut, L’humanité perdue. Essai sur le XXe siécle, Paris, Éditions du Seuil, 1996, pp. 13 y ss.

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