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De la imagen de nuestro tiempo

Ensayo sobre el México del siglo XXI

(Final)

Escribe: Ramsés Leonardo Sánchez Soberano

indigenas

Para quien quiera ver, hemos descrito una doctrina política de la imagen. Ella debe ser capaz de explicar por qué Rusia y China son hoy las dos grandes potencias simbólicas que han relevado a Estados Unidos. Después de la destrucción de la significación de los EEUU como único imperio global, su capacidad de resonancia se ha degradado a partir de la pérdida de credibilidad de su aparato de Estado. La excesiva separación entre la banca especulativa y la banca comercial, fundamento del aumento histórico de su deuda nacional, ha obligado al pueblo americano a abandonar su idea global de democracia y prosperidad. Este paso no ha sido gratuito. Ellos mismos, gracias a la creación de guerras y la producción e inversión global armamentística, han producido dos pesos medios que abogan por su poderío militar: Irán y Corea del Norte. Su unidad consiste en la determinación general de enemigos como Al Qaeda y sus socios (no importa si Hillary Clinton quiere hacernos pensar que son una creación americana). Éstos operan bajo una designación dispuesta a producir una resonancia específica. Al instaurar el modo de ser que debe recibirles produjeron la distinción entre el hombre que odia y el odiado.

El odio banalizado que produce la extensión de la información y la opinión vulgar es fundamental para entender el presente: auxilia a preservar los ataques a regiones ricas en petróleo sin recibir a cambio ninguna sanción por la comunidad internacional. En otras palabras, ayuda a banalizar la guerra y la intervención: la caída de un hombre despreciado, de una especie, casta, raza, de un color de piel siempre será una muerte justa. Es la consecuencia de una justicia que ya no pregunta por qué, cómo y para qué pues se agota y ahoga en su propio odio. Es el odio que solo sabe terminar cuando el enemigo haya sido destruido. Permite que los juicios morales lleguen más tarde pues en estas guerras ya no mueren hombres: caen los tiranos que tenían oprimidos a los pueblos (sin importar que en el proceso hayan fallecido un gran número de civiles a quienes se intentaba liberar de la opresión característica a Oriente Medio).

La obligación a una defensa justa, de acuerdo con condiciones de igualdad y libertad, es controlada por la capacidad de acceder a bufetes con grandes conexiones internacionales. Estas conexiones no son sino otra forma de crear estrategias «de ruptura», de «fuerzas de colición» destinadas a poner en entredicho la legitimidad de la justicia basada en el derecho consuetudinario. Sin embargo, el «derecho» ha devenido una forma de dominación porque hace posible cuestionar el «derecho». Hoy es ordinario defender la delincuencia y la violencia individual. Según Jacques Derrida el abogado Jacques Verges habría hecho esto en Francia para defender a sus clientes[1]. Esa práctica, como otras muchas que hemos revelado, ha sido puesta en operación en diferentes estratos geográficos. Del mismo modo, sabemos que cuando murió Gadafi la petrolera española Repsol comenzó a reanudar su extracción de petróleo libio. Con ello no solo quedó establecida la capacidad de intervención de una trasnacional en un país con reservas millonarias de oro negro, también se mostró que las ideas, significadas en el imaginario social, según un orden de símbolos dispuestos a construir al diseño del enemigo, son mucho más eficaces para el control de la sociedad que el significado de los Derechos Humanos. La muerte de Gadafi, el ahorcamiento público de Saddam Hussein, los ataques del 11 de septiembre a EEUU, por dar algunos ejemplos, tuvieron a su base la construcción simbólica de un enemigo: ellos han enseñado que el matrimonio entre los Derechos Humanos y la democracia es coercitivo.

En estos casos la creación de una significación (que supone una destrucción efectiva), sugiere la producción de una manera de entender la justicia, el derecho, la libertad en un dominio específico. La constante repetición de la necesidad de privatización en el último gobierno mexicano, está al servicio de esta producción imaginaria. El poder de la información, en tanto que intervención, mediación y ocultamiento de posibilidades reales y situaciones globales, solo es comparable con la banalización de la decisión y la opinión en las redes sociales y la televisión[2]. En esta constante interacción sin interacción, centrada íntimamente en estereotipos, la industrialización de la imagen ejerce un poder sobre el yo que no se alcanza a percibir inmediatamente, él es ahora el objeto significado: el objeto fácticamente controlado a partir de sus deseos, el objeto que se ha controlado a través de sus afectos, el objeto de uso en la exposición de una manera de entender el hombre como objeto.

Ante este panorama resulta difícil saber si alguien ha ganado el derecho a la palabra pues el asesinato masificado, las técnicas para producir el mal y el espectáculo del horror, son elementos suficientes para abandonar cualquier concepción realista de libertad y esperanza. Una vez controlados los medios de comunicación, así como sus diferentes formatos, se ha suprimido el testimonio de las victimas. El aplastamiento de los temas que no aparecen como dignos de disputa en el imaginario colectivo ayudan a imponer la violación del estado de derecho y el anonimato del infractor como la risa ensordecedora del poderoso, como la carcajada que se mofa de la vida del indefenso, del pobre, de aquel al que no se trata como a una persona de derechos.

Es por ello que la idea de libertad debe ser problematizada por un ser que no solo se piensa, sino que ha logrado ser realmente libre. Cuando el hombre ha sido abordado por acontecimientos últimos él vive la impronta de la realidad como afección y este afecto es más que verdadero. Si estas vivencias son efectivas entonces las experiencias que están mentadas en las palabras pueden desbordar cualquier obstinación. Después de aquí estamos más allá de la obligación a justificación nuestras acciones. Ella es la salida de la mera tensión y del compromiso invisible por vivir. Y, si hay una nada reservada para todos, anunciada a cada instante con el peso de la muerte, ahora nos encontramos comprometidos con el mundo y con nuestras vivencias, ya que el tiempo que se nos revela lo hace como ampliación.

Una vez que se ha comprendido esto ya no es posible mirar hacia otro lado. La situación en la que el hombre orgulloso de ser se impone a las instituciones expresa el cansancio de la época pues, una vez abandonados los acuerdos que vigilan la dignidad humana ¿quién hace frente a la potencia imperial de las agrupaciones delictivas, las familias e instituciones que despojan de sus tierras y derechos a comunidades enteras? Ello dice que la violencia fundamental que padece un ser no solo consiste en el advenimiento de la muerte, consiste radicalmente en estar imposibilitado para actuar. En estar dominado por una voluntad que acecha y esboza las posibilidades que oscilan alrededor de la vida que aún se nos reserva.

El 16 de noviembre de 2013 setenta familias fueron despojadas de sus tierras por funcionarios del Ayuntameinto de Tlajomulco de Zuñiga y, cuando quisieron recuperarlas, les fue imposibilitada su defensa pues la Dirección de Catastro del municipio ya había autorizado otro predio en sus terrenos. De esta manera, frente al recuento de hechos del economista contemporáneo, preocupado por encontrar nuevas características para distinguir una época de otra, la violencia tiene por esencia dominar la acción posible para un ser al que le ha sido prohibido discernir. Aquí no importa si las palabras han guardado su sentido, si los deseos su dirección, si las ideas su lógica. Aquí se establece que la esencia de las invasiones, las luchas, los disfraces y las trampas es planteable a partir del poder que consiste en obligar a un ser a permanecer dentro de posibles predelineados. Este proceder incluye el mecanismo de empobrecimiento que impera en nuestra época pues la esencia efectiva de las clases que se ponen en lucha consiste en lograr que el otro restrinja sus acciones, en administrar sus posibilidades para actuar, en dominar su dinamismo.

El procedimiento racional de la política neoliberal se basa en la elucidación de las líneas de fuga factibles ante la desesperación. Cuando Frederick Winslow Taylor escribió The principles of scientific magnament en 1911[3] sabía que al dividir el trabajo en movimientos parciales organizaba, al unísono, las tareas del trabajador controlando su uso del tiempo y facilitando el estudio de sus movimientos. El desprestigio de la vida íntima del obrero solo es comprensible a la luz de este primer despropósito. Su obra solo añadía, en realidad, nuevos elementos de organización a las investigaciones comenzadas por Gilberth, Ure y Babbage. Ellos racionalizaron el trabajo y la especialización a partir de la organización del trabajador comprendiendo sus funciones en relaciones consistentes. Delimitaron sus acciones y lo hicieron antes que Henry Ford. Él habría añadido a aquellos una mecanización. Así, si actuar es indiscernible de lo que aún no es y puede ser o será, de acuerdo con el acto que le lleva a cabo, la violencia y el poder fundamental consiste en controlar la realidad existente anterior a la acción, en reservar el horizonte de posibles que constituyen lo que rodea el punto de partida de un acto. Llamamos ‘posibilidad’ a aquello que se abre en el horizonte que rodea la acción. Lo esbozado como puro por venir. La ‘posibilidad’ señala que el neoliberalismo produce pobreza para controlar las posibilidades del pueblo que acoge y provee de necesidades. Indica la función social de los dispositivos que ayudan a los poderes fácticos a mantener su poderío. Así, comienza a dibujar la producción de otros modos de acción que no se rinden ante este modelo unilateral.

Finalmente, la posibilidad señala que quien se entrega al poder para salir de la pobreza lo hace mediante una cobardía esencial. La cobardía a comenzar a ser por sí mismo. Es por ello que lo surgido de allí es digno de desprecio ya que su acción se agota en la podredumbre de su autocomplacencia, en la indiferencia al problema fundamental, en no atreverse a mirar hacia la otra parte, en la incapacidad radical a salir de sí mismo.

 

[1] Cf., Jacques Derrida, Force de loi, Galilée, 1994.

[2] Cf., Enrique Guinsberg, Control de los medios, control del hombre. Medios masivos y formación psicosocial, Barcelona, Plaza y valdés, 2005.

[3] Cf., F. W. Taylor,The Principles of Scientific Management, New York and London, Harper & brothers, 1911.

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