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Las instituciones y el mismísimo diablo

BAILE Y COCHINO.-

Escribe: Horacio Cárdenas.-

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Digan lo que quieran, sus odiadores (palabra mal traducida del inglés hater), pero Andrés Manuel López Obrador ya pasó a la historia, y no por sus recurrentes y continuados exabruptos que para algunos le han valido el mote de Mesías Tropical, por haberse proclamado presidente legítimo de un país en que la legitimidad y nada son la misma cosa, por andar en un Tsuru blanco conducido por un chofer con sueldo de secretario de gobierno, o por vivir por sexenios sin trabajar. No, la verdadera disrupción de Andrés Manuel con el sistema político y con la manera en la que se hacían desde siempre las cosas en este folclórico país es precisamente por haber mandado al infierno las instituciones.

Bueno, en esto no había ninguna novedad, si por algo se caracteriza el sistema de partidos en este nuestro México es porque en el momento en el que un partido político no reconoce la valía, el mérito, el ego, el carisma, o lo que sea que cree un político que tiene, en ese momento se sale de la organización que literalmente lo hizo y lo encumbró, para irse a otro, o mejor aún, para fundar un nuevo partido. ¿Creerá que es exagerado decir que los políticos a la mexicana se sienten dioses?, nomás piense en todos los partidos que se han creado a imagen y semejanza de quienes los fundan, desde aquel Rafael Aguilar Talamantes hasta el ecologista Emilio González, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano y el paradigmático, otra vez, Movimiento de Regeneración Nacional de Andrés Manuel López Obrador, quien no estaba conforme con el Partido de la Revolución Democrática, pese a que de él hacía lo que le venía en gana, ah no, tenía que fundar MORENA para darse en la torre a sí mismo, y con ello a las posibilidades de la izquierda mexicana  de dejar de ser el espejo de egos que ha sido desde antes del Partido Comunista Mexicano.

A lo mejor el problema es de origen, del origen declaradamente democrático, republicano y representativo de la manera en la que se gobierna México, también se establecen tres poderes, uno ejecutivo, otro legislativo y el judicial. Hasta aquí la clase de primero de primaria, ya entrando en segundo de Ciencias Políticas, se suele decir que entre el primero y el segundo existe una relación de contrapesos, el ejecutivo que siempre de los siempres presume de ser emanado del pueblo y abanderar la voluntad popular, en algún instante pierde el piso y se carga a las conveniencias personales o de grupo, de las oligarquías como dicen los elegantes, es allí donde entra el legislativo, para bajarle los humos al presidente, al gobernador o al alcalde, pues las cámaras del congreso de la unión, los congresos locales y los cabildos, se supone que estos sí están formados por representantes del pueblo, senadores, diputados, regidores, síndicos. Y bueno, ya cuando las cosas se ponen de color de hormiga roja, o peor, de color hormiga negra, pues entonces sale de su sacrosanto sepulcro el poder judicial para, tardándose lo que solo los tribunales pueden tardarse, poner las cosas en paz, a satisfacción de nadie, pero inapelablemente en paz. Así es como se supone que funciona este país, o más bien y sin suponer, así es como no funciona este país.

Por si no hubiera suficientes complicaciones, surge un cuarto poder, el de las autoridades electorales, que para colmo y como las metástasis cancerígenas, tienen ramificaciones en los otros tres poderes, porque a nadie escapa que el ejecutivo y los integrantes del legislativo, están donde están por ser haber sido capaces de hacer malabar y medio con el sistema político y con las leyes electorales, sorteando todos los obstáculos y convirtiéndolos en trampolines, cuando no en lápidas para aplastar a sus contrincantes.

El valor del sistema, tan complicado como nos consta que es, tan insatisfechos que los tiene a todos, es que finalmente sus virtudes son superiores a sus defectos. Sí, el abstencionismo es escandaloso, casi tanto como lo costoso que es cada sufragio, está el asunto de la fiscalización que no comprende nadie, y un sinnúmero de inconsistencias, pero cuando el polvo se asienta después de una elección, el pueblo está en paz, los partidos están conformes de lo que les tocó, y entonces se procede a modificar lo que haya menester, para que todo siga igual.

Malo cuando se aparece alguien como López Obrador que manda al diablo las instituciones, repetimos, nada nuevo en que si no salgo ganando yo, el sistema está mal, y si gano, entonces sí triunfó la democracia. Eso, con todo que es riesgoso, no extraña realmente a los artífices del sistema, a aquellos que lo crearon y mantienen con ese grado de complejidad.

¿Pero que pasa cuando el sistema, sus instituciones, comienzan a mandarse al diablo a sí mismas?, aquí es donde se corre verdadero peligro de que el sistema pierda su utilidad. Mucho se ha comentado que la decisión de anular la elección de gobernador del estado de Coahuila tendrá como base no el rebase del tope de gastos por parte de Miguel Ángel Riquelme y Guillermo Anaya, sino el hecho de que el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación no debe mandar al diablo al Instituto Nacional Electoral, anulando no solamente los comicios, sino dejándolo sin autoridad para calificar esta o cualquier otra elección. Dicen los que entienden que de esto depende todo, cualquier otro elemento es secundario, y lo es porque ¿con que autoridad moral, con qué cara el INE organizará una elección presidencial si no puede con la del último estado en la geografía nacional, Coahuila para más señas?

Por si hiciera falta más salmuera en la llaga gangrenosa, el tribunalito le acaba de recetar tremendo golpe bajo al instituto electoral de Coahuila, al anular su dictamen de que los alcaldes podrán hacer campaña desde la comodidad de su puesto y presupuesto, que ponga que haya apelación y termine como termine, lo que importa es que de nueva cuenta el tribunal, institución, le parte el eje a otra institución, la que se supone que es la que mejor sabe lo que corresponde a la organización de las elecciones. Pero no, solo mis chicharrones truenan.

Lo que estamos viendo es un infierno en el que las instituciones y los poderes se están enfrentando, faltándoles o habiendo perdido la capacidad de mirar por los intereses del conjunto, del sistema, y cerrándose a lo que a cada quien le toca. Mal, la cosa está mal y va para peor.

En la mesa está la elección de gobernador de Coahuila, pero ya se pavimenta el pleito por la inequidad en la elección o reelección de alcaldes, ¿eso es lo que quiere el sistema político, mantener a todos en vilo siempre?… o hasta que truene.

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