De las cuestiones radicales: los advenimientos repentinos

(segunda parte)

Dr. Ramsés Leonardo Sánchez Soberano

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Frente a los eventos límite, como antecedentes de cualquier movimiento efectivo del existir, la descripción de lo que arriba para derrocar las seguridades del yo es el tema de esta reflexión. En una época donde los saberes están al servicio de la explotación del trabajador, donde la producción desmedida de riqueza, la exculpación y las redescripciones de los eventos políticos funcionan como dispositivos fundados en intereses singulares, se torna imposible una modificación efectiva. Frecuentemente dolorosos, los derrocamientos producen afectivamente un movimiento en el ser del sujeto, del yo,  y anuncian que ante lo que está por venir es necesario estar preparados.

El ser del sujeto es su modo de ser efectivo. Comprende sus quehaceres actuales y pasados y esboza su poder llegar a ser. Que el tiempo aquí se distinga en tres momentos ya no es importante. Frente a esta situación existencial, los derrocamientos describen el padecimiento de dolores fundamentales, de pasiones o traumas, todos ellos incluidos en el término pathos, al que volveremos a visitar, y que Aristóteles colocó en el mismo orden que el éthos y el lógos.

El pathos que adviene y no deja de venir es el que golpea el sosiego del yo. Él abre la posibilidad de motivar una decisión que se consolide en una novedad. Una novedad de tal envergadura es un acto que agrega algo al mundo. Pues aquí actuar, conforme a lo que se destaca repentinamente, exige tener voluntad. La voluntad se expresa en el mundo objetivo, material, es un acto, una acción, producere. Así, si ella es extraña al horizonte inmediato es porque ya no pende de una significación axiológica aceptada ingenuamente. La voluntad es capaz de producir una realidad despojada de la dictadura de las opiniones. Por un lado, debe ser distinguida de una simple resolución histórica; por el otro, debe preparar al yo a exponerse ante los demás. Estar expuesto de antemano es la condición de la intersubjetividad. Ser atacado, criticado, desprestigiado, etc., es el precio que paga el que comienza a pensar, esto es, a producir realidad.

De modo que, en este presente donde, así como ayer, nadie envidia del otro sus capacidades, su arte o el amor que siente por los otros, sino su dinero y su poder, se testifica que nuestra época no se distingue de aquella donde los hombres buscan únicamente seguridad y empoderamiento. El yo lleva a cumplimiento, a partir de sus hábitos, un modo de comprensión de una cosmovisión que está en validez. Pero una cosmovisión se reproduce a través de las épocas y lo hace eliminando opuestos. En ella no solo se mantiene la relación entre un yo con lo que le es más familiar, también se hace de la situación efectiva de lo extraño algo implanteable a su interés. El yo ingenuo (el político, el tirano, el esteta ocupado de sí), se encuentra secuestrado por un modo de ser, a decir, en la estela del interés que se vanagloria con su autocontemplación. Responde a una inclinación que le posee en silencio. De manera que, si solo puede cimentar su acción en un valor previo, dictaminado por el conjunto de valores de su ámbito más cercano, su hacer no puede liberarse de lo que previamente es considerado ‘mejor’. La servidumbre de su potencia se vislumbra.

La dificultad de exponer la situación donde un ser puede comenzar a dudar de lo que le es más familiar reside en la incapacidad subjetiva de mirar hacia dentro. Solo así el yo puede descubrir que su libertad está franqueada. Que sus vivencias están sometidas a un orden de protomateriales en el que encuentran significación, que este orden primitivo es el que atrapa originariamente cualquier acto llevado a cabo y que –en el tráfico ingenuo de los quehaceres y los juicios, las vivencias mantengan un sentido y una orientación–, se revela que ellas surgen a través del valor que se ha puesto sobre lo dado, a partir de las valoraciones que arropan el sistema de referencias del yo que las interpreta. Cuando el ser de lo que acontece es aprehendido por estos protomateriales de interpretación, el acontecimiento del ser es administrado axiológicamente. Él es referido a una serie de valores previos que intervienen originalmente en la interpretación de lo que aparece. Es así que el modo más originario de darse el ser, su aparecer, es relegado a las opiniones.

Toda posibilidad está sometida de antemano al origen del interés que determina el comienzo. En esa primera determinación se pone en juego cualquier otra especie de objetivación ulterior. Este proceso ha traspasado, sin ser atendido con profundidad, los discursos generales acerca de la aparición prístina del ser en la vida cotidiana. Así, no es por ti, es por la idea que me ha secuestrado sobre tu ser, que puedo odiar lo que eres.

La exhibición de la modalidad en la que se torna radical la asunción de un compromiso vital, capaz de salir de estas alienaciones primordiales, exige plantear una lógica capaz de captar la estructura de un nuevo comienzo. Este camino nos conduce a la óptica del derrocamiento, entendido como el segundo nacimiento, y como respuesta originaria a los problemas filosóficos que conciernen a la naturaleza escindida del yo. Esta situación hace posible pensar el sentido de un ser que ha logrado acceder a la otra parte. A un mundo que antes le estaba prohibido. Al milagro del otro modo de ser.

La problematización de esta originaria escisión coincide con la respuesta a la tonalidad de la vida. A decir, con el modo de ser efectivo de una existencia que se dice yo y que, originariamente ingenua, se descubre ascendiendo a una verdad antes insospechada. El comienzo radical, comienzo que exige abandonar un modo de ser anterior, sugiere el sufrimiento de un ser que antes se sentía seguro de sus actos. Sufrir aquí significa captar al desnudo aquello que nos ha sido dirigido singularmente. No sin despojarse de la vergüenza de ser una existencia derivada. Ser derivado significa «pensar por», «gracias a», «de acuerdo con». Este escándalo original se revela en la aprehensión primera donde se comprende nuestra insuperable impuntualidad. Ella podría ser reconsiderada por la noción bergsoniana de ‘atención a la vida’ pero dudamos que así consiga ser descrita en el orden de los últimos acontecimientos. Ella nos ha llamado seriamente la atención gracias a que su disposición última no es triunfal pero no dice nada de la voz de una realidad que se resiste a ser pura paz y sosiego. Es por ello que acudimos al estar atento originariamente en el «cuándo», recordando la parousía de san Pablo, que tanto acercó a Heidegger al otro advenimiento y que muy pronto Ser y tiempo olvidó.

De modo que un ser que vuelve a sí para comprender lo que le acontece, pero que lo determina a partir de sus protomateriales conceptuales, puede disfrutar sin reservas aquello en lo que se ha convertido. Él encontrará placer en el modo de ser que es. Él desconoce que está anclado al modo de ser en el que se encuentra. Sin embargo, esta vuelta placentera a seguir en lo de sí tiene un precio que hay que pagar: es aquel que prohibe el acceso a nuevos acontecimientos. Si hay un pensar que siempre vuelve a sus lugares comunes, lo hace para evitar la soledad y las inclemencias que ofrecen los problemas originarios. A él se le resisten de antemano las calamidades, el afuera y, por ello, la libertad.

Si la libertad puede ser considerada como una farsa es porque ella debe ser obtenida a partir de una situación que ha salido de una condición ontológica original: es por miedo, por horror, por el temor a descubrir haber estado ya instalado en un horizonte fáctico –y por la resistencia a abandonar el mundo familiar– que el yo no se permite a sí mismo saltar. Con la idea de salto Kierkegaard ha logrado pensar cómo es posible abandonar un modo de ser anterior para acceder al otro modo de ser. Nosotros hemos asumido su pensar en este orden de cosas.

La libertad comienza cuando una existencia está dispuesta a mirar hacia dentro. El ruido en el que se enajena el que siempre está acompañado –armonizado con la labor de la indiferencia disfrazada de amistad– convoca existencias indispuestas a mirar hacia el interior. «Mirar hacia dentro» significa comprender lo que se es y aquello que se ha hecho, ya frente al mundo familiar, ya para con el mundo de los otros. Significa acceder al ser de la existencia que somos sin dejar que ésta sea abstraída por una ontología universal. En el «mirar hacia dentro» se revela originariamente el modo de ser más propio y, paradójicamente, en él se des-cubre la situación más inmediata de la alienación, a decir, el original velamiento de sí previo a todo tratamiento moralizante. Poner el ser en una determinación significa ya haber tomado de antemano una posición, esto es, obligar al aparecer del ser a ser de un modo. Cuando la subjetividad está sometida a poner el ser en la dimensión del mero aparecer, sin doxa ni interpretación, el problema comienza a ser cómo se llega a constituir el acto de objetivación sin hacer uso de la moral que nos conmina.

Nuestras dudas comienzan a ser más profundas pues, comenzar a pensar, esto es, a describir, se convierte en un problema originario. La dificultad de plantear una conmoción originaria equivale a la profundidad con las que se defiende la obstinación de un pensamiento que le ha dado todo tipo de poder al sujeto. Es por ello que los grandes pensamientos no son comprendidos sino hasta que la imagen dominante del sujeto se ha disuelto. En esa pujanza reposa la insuficiencia del humanismo ingenuo –incapaz de distinguir entre los hombres por su profundidad– incapacidad que obliga, finalmente, a hacer imposible penetrar en el «así» donde se distingue el cómico del niño, el pensador del verdadero filósofo. ramses.sanchez@ulsa.mx

 

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