Los acontecimientos (primera parte)

acontecimientos

Extermino de judíos, acontecimiento que marcó al mundo.

Escribe: Dr. Ramsés Leonardo Sánchez Soberano

 

Hay acontecimientos dramáticos que impulsan a entender que jamás se volverá a ser el mismo. Ellos son vividos como momentos que nos han transformado con rapidez, aunque también existen aquellos que nos van transformando lentamente. Estos últimos exigen detenerse a pensar y tomar decisiones con mayor lentitud. Habían pasado inadvertidos. Han dejado una huella indeleble que se atiende esporádicamente como un aguijón que invade y que obliga a estar lejos de hallar paz y sosiego. Pensar este tipo de acontecimientos, de acuerdo con lo que le es más peculiar, será la finalidad de lo siguiente. Para hacerlo, partimos del momento en el que se empieza a pensar de otro modo. Requiere plantear aquello que está en el comienzo. Este principio insuperable, que ya no está en la orilla de la interpretación, es el derrocamiento afectivo donde son puestas en duda las seguridades del yo. Estas seguridades son tomadas de acuerdo con el modo de ser que se es. De manera que es una modalidad inicial, un modo de ser, lo que determina el punto de partida de cualquier modificación.

Un comienzo tal exige aceptar que la profundidad de un problema solo podrá ser captada a partir de vivencias patéticas. Ellas estarían siempre abiertas, como posibilidades, en relación con el mundo que circunda. En el mundo circundante encontramos cosas, valores culturales, morales, teorías científicas, útiles prácticos y estéticos, etc., pero también situaciones efectivas en las que el mal ronda a cada instante. Así, cuando el mundo circundante presenta el peligro, «mi derrocamiento» me está dirigido absolutamente. De esta guisa, no es necesario plantear el miedo como la puerta de entrada a la modificación de sí: lo anterior a la redención es la esperanza. Ella dice que una vivencia radical sería un despojamiento originario de aquello que constituye el ser efectivo del yo, a decir, el abandono del modo de ser por el que se estuvo dispuesto a luchar. Así, el despojo acaecido en el yo es un «derrocamiento», no solo un comienzo del que ya no tiene nada. Aquí no hay música para nihilistas.

El anonadamiento de un ser que descubre su finitud no es comparable con la afección que el desmoronamiento de un yo padece ante el terremoto de sus sustentos. Allí el suicidio sería una confrontación, si no estamos atrapados por ninguna moralina, con una nada inabarcable pero no una captación de lo que nos está dirigido en el evento. Frente a la cobardía esencial del abandono del futuro, y para acercarnos originariamente al abismo al que nos precipitamos, hay que estar más cerca de las vivencias que nos muestran el rostro de nuestro verdadero ser. En él se esconde la calamidad originaria. Incluso el abismo más profundo posee una superficie desde la que se toma impulso. En lo calamitoso se trata de vivencias reales, fundamentales y de poner atención a la vida. La calamidad ofrece herramientas iniciales para dinamitar nuestros propios límites, para no ser delimitados por las posibilidades de nuestras ciencias, de nuestra cultura, de los libros que hemos leído, de nuestra lengua. La calamidad viene a poner la posibiliad de pensar nuestro modo de ser, nuestro ritmo, nuestro «ser así» para comenzar a acariciar la libertad que ella misma prohibe. Esto significa que ante el inicio no está la amenaza de la nada sino que el comienzo nuevo consiste en la situación donde se abre un nuevo horizonte.

Universidad La Salle de México

ramses.sanchez@ulsa.mx

 

 

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