Parras… el foco rojo

BAILE Y COCHINO…

Por: Horacio Cárdenas.-

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Si no hacía falta que algún intelectual lo pusieran en negro sobre blanco, que un aspirante presidencial amenazara que si pierde en su tercera intentona por hacerse de la silla del Águila se despertará al tigre que sólo él y nadie más lo puede domar; o que otro que en el mote lleva la historia, prometiera mochar la mano y otras lindezas semejantes si gana la elección. México es un país violento, ¿qué tanto? Nadie queremos saberlo.

No, probablemente no somos más violentos que cualquier otra nación del planeta, más sanguinarios que los chinos, los árabes, los rusos, o los que guste mencionar como paradigma de lo peorcito del género humano, pero ¿quién no gusta de sentirse menos malo que los malos?

La historia contemporánea de nuestro país es una verdadera vergüenza. Dos sexenios de matazones contabilizadas por partido y por presidente, uno panista y el actual priista, y el saldo en ambos casos es cercano a los cien mil ejecutados, distinto de otra clase de asesinatos, y como gustan de decirlo los múltiples enemigos de la mexicaniza: la guerra civil que vive México ha cobrado más víctimas que varias guerras… juntas.

¿Pero cómo estarán las cosas que hasta el mismísimo presidente Enrique Peña Nieto ha tenido que salir a decir que en este país y específicamente su gobierno, no están dispuestos a tolerar la violencia política? Tal cual. Una sociedad y sucesivos gobiernos que son regulares para menos que responder y malísimos para prevenir, finalmente se dan cuenta que la clase política corre riesgo… Mucho riesgo de sufrir un atentado que vaya desde la mera intimidación, por lo demás moneda de cambio del sistema, hasta la tortura o el asesinato. No que se trate de algo nunca visto… Pero no en tal proporción.

Lo que son las cosas. Durante un siglo o más, la política fue vista como un medio, el más barato y más efectivo, de adquirir seguridad que no tenía ningún otro sector poblacional mas que a un costo excesivo. Un funcionario de medio pelo, ya podía tener carro y chofer armado, mientras más arriba en la cadena alimenticia, mas guaruras, escoltas, armas, paredes, dispositivos, equipo, todo el aparato. Todo para que hoy, ni electos ni en campaña, ni oficiales ni de oposición, están exentos de que alguien quiera quitarlos del camino para que otro sea el que siente en la silla a la que considera suya por derecho o por chueco.

Muertos había habido por toda la geografía política nacional. Pocos estados se habían librado de la mancha de sangre de ver a algún candidato, dirigente partidista, militante caer en la brega de pos enconos y ambiciones. Coahuila era uno de estos privilegiados… Hasta hoy viernes en que el otrora bucólico y ahora disfrazado de pueblo mágico Parras de la Fuente, se convirtió en el terreno donde el peligroso Gangster Evaristo Madero está dispuesto a hacer lo que sea con tal de mantenerse en el poder.

¿Qué tiene la alcaldia de Parras como para que Evaristo busque aferrarse con uñas y dientes a un hueso del que no saca más dinero que de sus empresas legales y no tan legales? Bueno de entrada el fuero, sin el cual difícilmente se atrevería a asomar las narices fuera de sus extensas propiedades, la capacidad de ordenar el crecimiento del pueblo a su conveniencia, el ver por encima del hombro a los que según él no tienen su pedigrí ¿y qué más?

Y uno se pregunta si eso vale para atacar a la prensa de manera tan vil como la perpetrada contra el colega Jorge Garcia, atacado mientras desempeñaba su labor frente a la audiencia radifónica en Parras, que mucha o poca tiene el derecho de enterarse como el reportero y el comentarista la tienen de opinar, garantizadas por las leyes. Además que: la verdad es la verdad aunque no les guste lo que se diga.

En Coahuila estábamos tan bien… Hasta que a Evaristo se le ocurrió regar el tepache. Los periodistas están exigiendo la renuncia del cacique  enquistado de alcalde. No va a funcionar. Pero de aquí a que el pueblo decida su expulsión en las urnas, muchos actos de violencia pueden todavía ocurrir, y como se ve, a este fulano lo que diga el presidente o el gobernador le importa muy poco.

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