Como cada agosto

LA QUIMERA DE PEP

Escribe: JL Cuevas.-

CAPILLA2

Fue seis de agosto, y como es tradición, llovió, no con la intensidad en que otros años se ha humedecido la ciudad, pero el rito se llevó a cabo. Tláloc, Un dios mesoamericano, cumplió con el compromiso divino de hacer uso de su facultad para regar el valle de Saltillo durante las festividades del patrono de la capital coahuilense, el Santo Cristo. El señor de la capilla que congrega cada año a miles de fieles y que, según el vox populi, llegó a sus aposentos en el lomo de un burro; un animal humilde y de trabajo es el transporte perfecto para una deidad que no ostenta onomásticamente una catedral o una basílica, sino una capilla, es decir, un pequeño lugar de culto, pero que llegada su festividad se traslada a la barroca catedral con que comparte vecindad para recibir a propios y extraños.

Como cada año las calles lucieron abarrotadas de comerciantes, esos mismos que como un atinado maestro aseveró “llevan siendo corridos de ahí desde hace dos mil años”; la diferencia que mantienen con los del relato bíblico es que ellos no son una cueva de ladrones, sino ciudadanos que llenan de todos los colores, olores y sonidos las calles de Bravo, Hidalgo, Allende, Aldama, Zaragoza y Juárez; puro prócer patrio. Entre tanto, esta parte del primer cuadro de la ciudad se abarrota de múltiples manifestaciones de la informalidad que padece la economía mexicana, y muestra su desquicio por un creciente tráfico vehicular que evidencia la necesidad de una reforma en materia de tránsito para esta metrópoli en desarrollo.

Al andar por el atrio de la catedral (y la capilla, evidentemente) se aprecia un cielo nuboso, colorido por el principal distintivo de fiesta patronal mexicano, las papeletas que cuelgan entre los muros y las rejas para señalar que la enjundia y la algarabía son cromáticas. También el porche muestra lo poco que hemos cambiado en algunas tradiciones, distribuimos la fe entre la corte celestial al delegar distintas áreas estratégicas y causas muy específicas a cada santidad: hay quienes son patronos de los casos difíciles, de los enfermos, de la lluvia, de los animales; también están aquellos que velan por los niños, por los ancianos o simplemente están encargados de alguna delimitación geográfico y política. Una especie de gabinete distribuido en las secretarias, según corresponda el milagro en solicitud. Ese el caso del Santo Cristo, el encargado de Saltillo, potente en milagros según asevera su grey. Un caso como el de los politeístas, paganos y profanos romanos, griegos y mexicas, quienes tenían a un encargado para cada circunstancia, y de esta manera no le amontonaban la chamba al ser supremo. Cosas de la trascendencia. Otro elemento que permanece intacto, salvo la adecuación al cristianismo, es la danza que se le ofrece al santo; unos guerreros enfundados de gala, ofrecen su habilidad coreográfica al sonar de un bélico tambor para congraciarse y agradecer por los favores concedidos.

Yo no creo que sea cierto que incluso los ateos dejan su convicción durante esa fecha, al menos yo lo hago, pero eso no me impide ser uno más de los que disfrutan el folclore de la festividad que engalana cada agosto a la ciudad amurallada por las montañas azules.

 

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