Entre la libertad y la desesperanza

Los acontecimientos: el anuncio de la libertad (Tercera parte).-

Por: Dr. Ramsés Leonardo Sánchez Soberano.-

melancolía

Existen enfermedades que para muchos son artificios de hombre culto. Esto, sin duda, demuestra que hay dolores que no son aptos para todos. Aquellos dolores que llevamos encima nos han asaltado para agarrarse a nuestro cuerpo y la herida provocada avanza cada vez más desagarrándonos la piel. Es verdad que un dolor tal ya no puede abandonarse – él está en nosotros como aquello que nos sostiene. Hay una originalidad en las vivencias radicales que no permite abandonar lo que se vive. Y esto es así porque vivir originariamente significa ser. Así como ningún hambre padecida por el pobre podrá ser alcanzada por el que ayuna, así también los hombres se distinguen por sus llagas. Es necesario llamar a la herida en los términos que le son más propios y es por ello que nos hemos dirigido a pensar la relación entre los acontecimientos y la libertad.

La diferencia entre una vivencia profunda y una experiencia superficial jamás será puesta en duda. Ella es para nosotros tan originaria como la diferencia entre el bien y el mal. Es por ello que aquí ya no estamos al abrigo de la fiesta de las perspectivas.

Nuestras reflexiones señalan lo que sigue: el problema ya está aquí y nos vigila como una herida abierta que siempre mira y nunca duerme. El problema somos nosotros, es aquello en lo que nos hemos convertido. Las ideas que han sido vertidas aquí responden al intento de hacernos mirar esa profundidad. Somos los nombres propios de nuestras miserias, con toda la vergüenza que esto puede suponer, y fuera de las protecciones que nos sirven de guarida. Para acceder a este momento es necesario estar más allá de la vanidad del yo, seguro de que lo ha hecho bien, y fuera de la retórica en la que el yo, esclavo de su felicidad, se justifica. El problema del acontecimiento exige pensar que, ante las heridas que se abren, y que no pueden pasar desapercibidas, aún es posible la indiferencia.

¿Por qué dispositivos artificiales de subjetivación son más poderosos que las vivencias últimas donde se revela la existencia en su horizonte fundamental? Esta es quizá la pregunta de la época. Así, es necesario pensar hasta el final esta situación para entonces lanzarnos hacia lo otro del acontecimiento, para salir del hermetismo de sí y aspirar hacia un lugar en el que nunca hemos estado.

Para intentar una empresa tal, es necesario pensar qué da fortaleza al yo contemporáneo – ya desde la protección donde la subjetividad actual, indispuesta a ser removida de la comodidad en la que ha erigido sus castillos, disipa sus responsabilidades a partir de tesis de razón. Una subjetividad conquistada por conceptos que manejan sus actos y abrazada a una precomprensión del yo inmerso en sí y fascinando consigo mismo, ha sido el material con el que hemos pensado el análisis del sujeto contemporáneo subjetivado por la lógica del capital. Por ello ha sido necesario mantenernos en la convicción de que no podemos traicionar el pensar dirigido hacia los grandes problemas. Un pensamiento se describe por lo que provoca. ¡El pensar el acontecimiento como la materia prima que empuja a la revolución!

Así, para entender las condiciones en las que se realizó esta escritura, y sin olvidar jamás por qué todavía hay quienes escapan a lo inevitable, hemos optado por dar un paso atrás de lo dicho. En principio, es necesario conocer de cerca las calamidades para acercarnos a pensar lo que empuja a tomar la decisión de seguir, a sabiendas de que vamos a morir en este intento. No obstante, conocer de cerca las calamidades significa ir al allí donde están sucediendo los acontecimientos, sin estar dispuestos a esconderse detrás del sistema que protege: con cobardía, sonriendo después de haber dejado morir, así como mata el asesino perfecto.

El pensar que ha comenzado traza una línea que ya no permite confundir lo fundamental y la necedad para entonces lograr que la posibilidad de tomar un camino devenga necesidad. Frente a la indisposición para tomar un camino ya hecho de antemano se piensa como un discurso edificante que navega por los mares. En la época presente, donde es imposible darse un comienzo que no está determinado de antemano, es necesario buscar la manera a partir de la cual poder dirigirnos a los verdaderos problemas. Una manera de hacerlo consiste en poner las posibilidades para pensar sin arriesgarse a ser clausurados antes del comienzo. Es por eso que nuestra escritura ha tomado un camino indirecto. Hemos buscado la posibilidad del principio. El comienzo sólo puede darse en la primera esfera irreductible ante esta construcción: en el yo que domina la subjetividad y la mantiene atrapada en territorios preestructurados.

El primer momento de este nuevo comienzo ha sido la descripción del yo reducido al amor a sí mismo y enamorado de lo finito y fugaz. Es por ello que se hace necesario que nuevas fuerzas acontezcan.

¿Cómo plantear una posibilidad que contenga la suficiente violencia para abrir el comienzo? Quien ha sufrido sabe que todo pensamiento es provocado cuando se descubre asfixiado. Cuando el yo se encuentra secuestrado por aquello que quisiera comprender es porque ya ha sido huésped de un acontecimiento determinante para la dirección de su existir y para poder darse una personalidad con sus propias manos. A estas renovaciones cualitativas les hemos llamado saltos. El concepto se lo debemos a Søren Kierkegaard, excesivamente presente aquí. Con él descubrimos que no existe posibilidad alguna de comenzar radicalmente si no se ha dado la ruptura fundamental que ponga de rodillas la comodidad con la que conviven los que están huyendo de sí (el que ignora tener un yo, el que no quiere ser sí mismo y el que quiere ser sí mismo). Nos importa radicalmente el último de estos momentos. Éste comienza cuando nos duele visitar el rostro que está debajo de nuestras máscaras. Esa es una aportación que hace coincidir a Kierkegaard con Nietzsche. Hay una única vergüenza que se da para nosotros mismos y que lanza la cuestión si estamos dispuestos a aceptar en lo que nos hemos convertido. Y, ante este abismo que nos mira, «gusano inmortal, fuego inextinguible», muchos prefieren atarse a algo: a un método, a un modo de pensar, a una personalidad, a unas necesidades, a unos gustos, a unos gestos o a unas particularidades, todos ellos movimientos de una existencia cobarde. Está demás decir que cada una de estas poses no son nada más que artificios por los que se preocupa aquel que decidió entregarse al gobierno que reproduce.

Los acontecimientos que hemos descritos pretenden señalar cómo se abre el primer estado de ruptura de la existencia que, sin intentar petrificarlo, sea copresente a la realidad humana. Todo acontecimiento nos es dado para ponernos a pensar. Tiene que afectarnos. El pensamiento que surge de él sufre efectos y también puede provocarlos. Así, el primer movimiento de la existencia no puede surgir de un yo que piensa, no surge de una existencia que siempre es puntual a sí, el acontecimiento no permite una apropiación al final del movimiento. La ruptura inicial en la seguridad del yo irrumpe desde afuera, por lo que ese desenmascaramiento tendrá que testimoniarse por diferentes grietas. El motivo del comienzo en el pensamiento viene de lo inesperado y sólo se puede testimoniar como dolor. Kierkegaard, quien nos ha ayudado aquí, reúne estos pesares en un concepto incontrolable, a decir, la desesperación. Ante esta revelación hay que preparar al yo para que pueda captar aquello que muchas veces le pasa desapercibido. Y, para los que quieran escuchar, no se trata de hacernos pasar por nuevos educadores, sino de señalar que al suspender los ruidos del mundo, al convertirnos a nosotros mismos en una pregunta, comenzamos a aceptar la responsabilidad de lo que significa pensar. Una vez que este removimiento nos haya secuestrado ya es posible hablar de libertad.

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