PALANQUITAS LEGISLATIVAS

BAILE Y COCHINO…

Por Horacio Cárdenas Zardoni.-

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Diputado Marcelo Torres Cofiño.

¿Alguna vez se ha subido al Metro de la Ciudad de México?, para quienes lo hacen por primera ocasión, como para quienes lo hacen de manera incidental cuando viajan a la capital del país, o aquellos que sufren el cotidiano martirio de estar condenados a ser usuarios del sistema de transporte colectivo del antiguo Distrito Federal para ir a su trabajo o regresar de él, seguro habrá notado unas palanquitas rojas, están colocadas al alcance de cualquiera que alce la mano, junto a cada una de las seis puertas de cada vagón. Las palancas tienen junto un letrero que dice “solo para emergencia”, y la advertencia, sin más admonición de ninguna clase, de que la persona que haga mal uso de ellas será consignada.

La verdad no nos acordamos de la estadística actual del número de viajes por día de los usuarios del Metro de la capital, pero la última que nos sirve de referencia rondaba los cinco millones de viajes, esto quiere decir a muy grosso modo, que los chilangos y los chilangos al cuadrado del Estado de México, más todos los agregados nacionales y extranjeros, tienen eso, cinco millones de oportunidades al día… de hacer una broma de esas consideradas por la gente sin quehacer, como clásicas, ¿y qué cree?, que pasan semanas, meses sin que nadie jale una palanca, así de conscientes están, así de elevado tienen su sentido de pertenencia a esa extraña comunidad que es la de los ensardinados usuarios del metro.

Más por películas que por experiencia directa o porque alguien que haya estado allí lo haya contado, al jalar la palanquita roja, instantáneamente se amarran los frenos del tren, sin siquiera pasar por un aviso al conductor o a la sala de control, de inmediato se para el tren, allí mismo en medio del túnel, del paso elevado o donde haya sido accionada, pero como además el tren forma parte de una serie, también de inmediato, aunque no tan de golpe, se avisa a los otros trenes de que hay uno detenido en la vía, así que todos deben pararse, no vaya a ser que el siguiente se le vaya encima al que originalmente se detuvo. A nadie, independientemente de su idiosincrasia, de su ideología, de sus problemas mentales o emocionales, de entre los millones de usuarios del metro, le hace gracia quedarse atorado por minutos u horas en el Metro hasta que lleguen las autoridades, primero hasta el tren, y luego hasta el vagón, a ver cuál es la emergencia, si es que la hay, y qué tratamiento amerita, o si no es tal, quien es el culpable y qué castigo se merece.

En el metro viajan vagos, pandilleros, gente que saca sus botes de aerosol y allí mismo rayonea las paredes de los vagones por dentro y por fuera; el mobiliario es tan resistente que es prácticamente indestructible, así que contra ese no atentan, los más gachos de todos son los que sacan un punzón o un clavo, y con ese se dedican a rayar el plástico de las ventanas, afeándolo a tal grado que necesitaría ser reemplazado, pero como no hay dinero para eso y ¿para qué si lo van a volver a hacer?, pues que así se quede. Pues aun esa gente tan antisocial, antisistema y anti todo, no jala la palanquita. Es un sistema de seguridad del cual todos están conscientes de que dependen de él para salir bien librados de una emergencia, por eso es por lo que tan contados son los casos de abuso que se llegan a presentar.

Todo este rollo respecto a lo que no va a haber en Saltillo por lo menos durante los siguientes doscientos años, ni metro ni palanquitas, es por la propuesta que trae el diputado local Marcelo Torres Cofiño, para que se legisle en Coahuila en contra de tantos y tantos bromistas que abusan de los sistemas de emergencia. El además líder panista, no cita los datos de lo que pasa en Coahuila, que sí de vez en cuando son dados a conocer por la autoridad, sino los nacionales, y sobre estos dice que en el país se presentan más de cincuenta y nueve millones de llamadas a los sistemas de emergencia anualmente, de los cuales, más del 85% son falsas, se trata de bromas, a veces de niños, a veces de adolescentes, de gente de cualquier edad, condición social, nivel de estudios, lo que sea, que en un momento de rebeldía, de aburrimiento o quien sabe de qué, se le ocurre eso, hacer una llamada diciendo que hay un incidente que requiere la presencia de los servicios de emergencia. Imagínese lo que es eso, desde el punto de vista del policía, del bombero, de los tripulantes de la ambulancia, cada vez que reciben un llamado deben estar preparados para todo y para lo que sea, y sin embargo solo uno de cada cinco, o de cada seis, resulta ser cierto, el resto son bromas de gente sin quehacer, y a quienes les importa muy poco que esos servidores públicos corran riesgos cada vez que salen a la carrera a atender una urgencia que no existe. Pero tampoco les importa el gasto, ¿sabe lo que cuesta mover un camión de bomberos, una patrulla, una ambulancia, hasta un helicóptero, para nada?

En cuanto a eso estamos de acuerdo en que hay que hacer algo para evitar que se sigan sucediendo estas cosas, en lo que no lo estamos tanto es en la propuesta de Torres Cofiño. Él propone cárcel y multa para los bromistas, según sus propios números, ¿Dónde encerraría el gobierno a 53 millones de bromistas, o bueno, a diez, a cinco, los que sea que hacen esas llamadas?, lo del dinero estaría bien, mil días de salario mínimo por 53 millones… hasta la deuda pagábamos con eso. Pero vamos a la operatividad ¿existe la capacidad para rastrear las llamadas falsas?, pongamos que técnicamente sí exista, pero lo otro ¿existe capacidad policiaca y procesal para investigarlos, perseguirlos, armarles proceso, encerrarlos y cobrarles?, allí sí que la respuesta necesariamente es negativa, no la hay para todos los delitos que ya hay ¿y quieren nuevos?

Pero tampoco nos hagamos, la propuesta de Torres Cofiño no es más que como tantas otras, espantar con el petate del muerto: ¿dos años de cárcel?,  como si no supiera le gente de este ridículo país la aritmética del código penal, ya sabe, si la suma de la pena mínima y máxima es menor a cinco años, ¡ta-rán!, no pone un pie en la cárcel, si la máxima es de dos años, la ley para lo que va a servir es para reírse de ella, pues no va a castigar a nadie nunca.

Otra cosa sería, otra cosa será, en el momento en que eduque la sociedad, la escuela, las familias, que los números de emergencia, 911 y los demás, son como las palanquitas rojas del metro, están allí para respetarse porque de ellas depende la vida o la muerte de una o varias personas, entre ellas, el mismísimo bromista. Claro, plantear estrategias como esta no es enchílame otra bravuconada de diputado local aburrido en jueves santo, ¿verdad?

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