Escribe: Ramsés Sánchez Soberano.-

La indiferencia hacia la situación efectiva del otro encuentra su excusa en la unidad simbólica de «lo bueno» que habita en el interior de un grupo familiar. Así, el núcleo de determinación de lo que «se debe hacer» no está expuesto a ningún cuestionamiento. Acostumbrado a ser ejemplar para el mundo familiar, el integrante no aceptará poner en duda sus procedimientos, su privilegio consiste en que, en el interior de ese ordenamiento, no es necesario preguntarse cómo ha llegado su éxito, sólo importa celebrar lo obtenido. Fin sin contexto. Él ha sido fijado con anterioridad a los actos de conciencia pues su conquista consiste en reafirmar la validez de la moral que lo constriñe. De allí que sólo al interior de un ambiente pueda comprenderse aquello que fortalece la validez de sus privilegios.
El diagnóstico que ahora presentamos, que conviene a la elaboración de una imagen dominante del ser humano, señala que los casos de xenofobia, violencia social, marginación política, son la muestra del desprecio por la pobreza, el extraño y el asco por su ser. Es la puesta en obra de que el valor humano es definido por comunidades que poseen ideas familiares aprehendidas previamente por afectos orientados. Al interior de aquellas el ser del otro es despreciable.
Esta reflexión muestra que frente a la peor de las ignorancias, aquella que desconoce lo que no sabe, se exhibe la que se empeña en mezclarse con la verdad, la virtud y la sabiduría. Una ignorancia global que opera en las universidades, en los círculos institucionales, en las secretarías y en las comisiones nacionales y estatales. No obstante, es una ignorancia que se cumple en el individuo y lo constituye como tal. Es la ingenuidad que ha parido el poder, la banalidad y la corrupción. Se caracteriza por ser jerárquica y arrogante. Con todo, frente a la opinión más extendida en nuestro tiempo, no creemos que esta situación sea sólo cuestión del político y de los poderes fácticos, ella también atañe a los intelectuales. Ellos han cometido el error de poner sobre los hechos un juicio a través del cual presentar una interpretación de los acontecimientos. Es aquí donde el análisis político debe pensar los límites de su hermenéutica. En este orden se ha asumido que el hombre común está dominado por la opinión pública, pero no se ha dicho nada sobre la producción de lo público en general, ni sobre la génesis de la opinión. No se ha pensado más allá de los ambientes de donde toman sus conceptos. Así, ellos también se sostienen en ciertas opiniones. Están lejos de mostrar que la opinión pública, de la que participan dialécticamente, está supeditada al empoderamiento de una idea que ha sido establecida por un discurso más general. Al no atender las intenciones de los medios de transmisión donde se genera la opinión pública, no pueden captar la génesis de la asociación efectuada entre lo simbólico, lo imaginario y lo significativo. Desconocen por completo el carácter de la imagen como dominación.
De acuerdo con la determinación que les corresponde, el pobre, las minorías, el desempleado, se agotan en la búsqueda del deseo por cubrir la falta que les define. Así son fijados en una incompletud originaria. En el discurso el pobre es determinado históricamente como la penuria que busca a toda costa comida, reconocimiento y empoderamiento ante la legalidad. Debe ganar el derecho de lo que a otros les está dado de hecho. Su ser consiste en la búsqueda de ser ‘persona’ de equidad. Los dispositivos discursivos a los que se enfrenta aseguran que, si el poder permitiera que las clases menores, aquellas que no están a su servicio, obtuviesen jurisprudencia a partir de sus demandas, él permitiría que las minorías se destinasen hacia la conquista. Este discurso nace de la idea que todos pueden ejercer, en términos de emancipación dialéctica, la asunción o rechazo de su ser ante el poder.
La milenaria confrontación entre el amo-esclavo, captada sistemáticamente por Hegel y puesta en operación en Marx, ha sido entendida por la economía moderna en co-dependencia entre las clases y los gobernantes. Ello ha dado pie a la necesidad de producir pobreza para no ver disminuida la distancia entre el mandato, la obediencia y la interpretación de la imposición. Para mantener esta distancia, el poder debe crear desconfianza en los desfavorecidos pues, una vez que ellos renuncien a esa determinación, la distancia entre las clases se pondrá en peligro.
Esta situación revela desde su lejanía la esencia originaria del dominio. Él es la obligación de llevar a cabo una asociación orientada de antemano al servicio de intereses peculiares en orden a un horizonte específico. Se caracteriza por no hacerse presente. Él impera desde su ausencia y se oculta en su lejanía. No es presencia sino ausencia pura. De allí que sea el nihilismo el mayor de sus aliados. Él viene a poner los modos en los que se debe pensar y sentir «así». Funciona de acuerdo con las imágenes instauradas en el pensamiento de acuerdo con una significación. Se actualiza en los modos en los que se lleva a cabo una asociación y, como es solo en el yo donde las asociaciones son efectuadas, es en él donde estas operaciones deben ser puestas en cuestión.

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