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SALTILLO A LA COLOMBIANA 2: LOS SICARIOS DE LA MOTO

BAILE Y COCHINO…

Por Horacio Cárdenas.-

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Hay maneras y maneras de mandar al otro barrio a un soplón, a un chivato, a alguien que se anda saltando las trancas, a un soldado, sicario, cabecilla del grupo contrario o jefe de plaza de cartel. Las hay desde las tremendamente espectaculares, diseñadas más a mostrar el músculo de los de una banda equis, ante el resto de las que compiten por un determinado pedazo de territorio, y de pasada, por el mismo puñado de balas, enviar un mensaje a los siempre citados tres niveles de gobierno y a todas las corporaciones policiacas, de con quienes se las tienen que haber, en cambio hay otras maneras mucho más económicas, dejémoslo en eso, pero igualmente o todavía más efectivas quizá que las otras, porque como decían en las películas viejas: la víctima no supo ni qué le pegó.

El Demócrata daba cuenta de un atentado ocurrido la noche del jueves en Celaya Guanajuato, otrora reducto de lo más granadito y lo más fresa de las buenas conciencias, y hoy pasto de la lucha entre dos que tres cárteles que traen en jaque hasta al Ejército, la Marina y la Guardia Nacional. El objetivo, por más decir que logrado, fue liquidar a un mando policiaco, que como suele ser en estos casos por cosas de una extraña estrategia burocrática, se reservan el nombre, sobre el cual se dejaron ir un número no determinado de sicarios, que se transportaban, esas sí las contaron, en tres camionetas de esas de doble cabina, favoritas de los delincuentes y de los cuerpos de seguridad que las pintan de los colores de sus respectivas corporaciones. Más de 200 casquillos percutidos se encontraron en el sitio, todos ellos provenientes de fusiles de asalto AR-15 y AK-47, de sobra salir con el lugar común que resuena a vacilada, que son para uso exclusivos de las fuerzas armadas.

¿Doscientos plomazos para tronarse a un comandante, inhabilitar su patrulla que quedó literalmente “pa’l yonke”, y dejar malherido a un escolta?, como que se nos hace mucho. A lo mejor es que, porque le atribuyen el golpe al Cártel de Santa Rosa de Lima, tiene efectivamente hombres, armas, vehículos y sobre todo huachicol para tener sus tanques de gasolina llenos, es que por eso se pueden dar el lujo de desplegar tantos recursos para despachar a un jefe policiaco desempacado no hace mucho de la hoy extinta Policía Federal, o es que el tristemente célebre “Marro”, José Antonio Yépez Ortiz quería enviar un recordatorio al gobierno municipal de Celaya, al de Guanajuato y a la Federación de los abrazos y besos, de que no ha perdido nada de su fuerza, así que ándense con tiento.

Pero volteando al semidesierto coahuileño, específicamente a su capital, Saltillo, el mismo día jueves en que en tierra fresera llovían los balazos, en las siempre pintorescas calles de la Colonia Bellavista, casi en frontera con Héroes de Chapultepec, se dio otro hecho de sangre, pero con un estilo mucho más compatible con la realidad económica de por acá. Dos fulanos, trepados en una motocicleta, dispararon a la cabeza y mataron a un joven de unos 26 años, de quien, otra vez por ese prurito de no soltar los datos, se identifica solo como Mario Alberto “N”. Tres tiros de calibre 0.22, convirtieron en cadáver a quien se presume se dedicaba al productivo negocio de venta de droga al menudeo por aquel rumbo, el pasaporte se lo sellaron los de algún grupo rival, o quizá los de su misma compañía, que sintieron que no les estaba siendo lo suficientemente leal o rentable, y en vez de pagarle su liquidación en papel moneda se lo recetaron en plomo, hasta eso del más barato, pues solo en Saltillo el calibre 0.22 que en otros lares se usa para tiro al blanco o para matar liebres, aquí lo usan hasta para matar funcionarios públicos y competidores en negocios turbios.

El asunto no tendría nada de relevante, ni lo de Celaya ni lo de la Buenavista, de no ser porque es el segundo asesinato que se comete utilizando el mismo modus operandi, dos sicarios a bordo de una motocicleta, uno conduciendo y el otro disparando a su víctima, mientras camina por las calles, esto en el corto lapso de un par de semanas. El anterior había sucedido en plena calzada Madero, donde ultimaron a Julio César “N”, presumiblemente por los mismos motivos, la venta de droga al menudeo. Y mientras que las autoridades se movilizaron para la solución del crimen de José Pablo Ramírez Ortega, funcionario que era del gobierno estatal perpetrado el mismo día, el de Julio César pasa a integrar el cerro de expedientes en calidad de pendiente de investigación.

Lo que es de llamar la atención, y lo dijimos en su momento, es el modus operandi, que comentábamos que era muy utilizado desde la época de los años ochenta en las ciudades colombianas de Medellín y Cali, y que luego se transportó a la Ciudad de México, donde en los últimos años han ocurrido varios asesinatos similares, con la diferencia, hasta ahorita, de que han ido sobre víctimas a pie… mientras que en otros sitios han matado a sus víctimas mientras van en el tráfico, como conductores o acompañantes, aun con el vidrio cerrado, les disparan casi a quemarropa, claro no con una pistolita 22, sino con una de machos. Por lo general estos delitos se identifican con la versión más primitiva de lo que hay que entender por sicarios como parte del crimen organizado en Latinoamérica, porque se trata no de asaltos, sino atentados con la intención de asesinar, y esto no por una cuestión que incumba a los perpetradores, sino por encargo, sea este por interés de su grupo criminal, o porque algún particular, enemigo del prospecto de finado, paga por hacer el trabajito.

Lo de la moto tiene su interés, es un vehículo rápido, móvil, capaz de dejar atrás a cualquier auto patrulla, y conducido por alguien que la domina, es prácticamente inalcanzable, lo que contribuye a garantizar la impunidad tanto de los actores materiales como de los intelectuales: si no los agarran, las autoridades no podrán sacarles la sopa con sus sofisticadas técnicas, eso sí siempre respetuosas de los derechos humanos.

Una moto, además ni siquiera uno de esos objetos de lujo y envidia que llaman la atención y se pegan a la memoria, sino un vehículo de trabajo de los que abundan en estos tiempos, se mimetiza con el entorno, sí, inicialmente se busca a dos a bordo… pero con uno que se baje, ya valió chetos la búsqueda, si no es que la guardan luego luego o la tiran en algún barranco, donde no la encontrarán pronto. ¿Resultado?, crímenes casi perfectos.

Y aquí va la otra, con dos crímenes de este tipo en Saltillo en dos semanas, podemos pensar en que está operando en nuestra ciudad una banda especializada en ese modus operandi, que si lo hace por encargo o si forma parte de algún cártel, eso ya se sabrá cuando los pesquen, si es que los pescan, porque de veras, pocos criminales tan decididos, hábiles y escurridizos como los sicarios de la banda de la moto, ojalá y lo de Mario Alberto haya sido lo último que sabemos de ellos, pero lo dudamos.

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