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Pariendo en los baños públicos del IMSS

BAILE Y COCHINO

Por: Horacio Cárdenas.-

No sucedió en Oaxaca, en la Sierra de Chiapas o en La Montaña, Guerrero, ocurrió en la ciudad de Saltillo, capital de CoahuiYork, como se le conoció hace algunos años en que uno que fue gobernador quiso presumir de lo desarrollado que estaba el estado, que no le pedía nada a ninguno en los Estados Unidos, una mujer dio a luz en el sanitario de una clínica del Seguro Social. 

Regresando a las referencias vergonzantes, tampoco es que se tratara de un centro de salud comunitario, perdido en alguna ranchería o ejido, y atendido por personal que por estar haciendo su servicio social, ni siquiera está titulado aun, no, sucedió en la conocida como Clínica 1 del Instituto Mexicano del Seguro Social, que ponga usted que tenga esa denominación porque fue la primera que se construyó en nuestra Copenhague coahuileña, pero que por lo mismo de ostentar ese cardinal, debería tenerse por la que tiene los más altos estándares de calidad en el servicio, de eficiencia en la atención, la que más confianza inspirara a los derechohabientes que por fuerza, pero también por (valga la redundancia) derecho y por falta de recursos económicos para atenderse en un hospital particular, nada de eso. 

La gente que acude al IMSS, desde antes de la pandemia de coronavirus y ahora más todavía, acude con una mezcla de sentimientos,  por un lado la desolación de que esa es su única opción para recuperar la salud o recibir una atención médica fría y dura como un lavabo, según decía El Negro Fontanarrosa, y en los tiempos que corren, la posibilidad de entrar caminando y salir en una carroza fúnebre, cuando no en una bolsa sellada. Sería bizarramente utópico pensar que alguien va al Seguro con cierto optimismo o alegría, quizá un hipocondriaco con rasgos de masoquismo, pero de esto no hay casos documentados, ni siquiera como excepción que confirme la regla. 

El caso de María Fernanda, como decimos, no sucedió en una unidad médica carente de instalaciones, equipo, medicamentos y personal en alguno de los estados del sureste mexicano, región que tiene décadas recibiendo más recursos económicos que el resto del país, y que sin embargo nomás no logra salir de la marginación ancestral, vaya usted a saber por qué. Ocurrió en Saltillo, donde en teoría se podría hablar de que tiene todas las ventajas: comenzando, como ya dijimos, por ser la clínica número 1, luego por estar ubicada en la capital del estado, si bien en una zona de comunicaciones complicadas, calles estrechas que rodean la barranca donde a algún brillante burócrata se le ocurrió construirla, con la superestructura administrativa que disponga que los recursos necesarios para la operatividad médica y de servicios ocurra sin incidentes que reportar, para lo cual también se supone que tienen la experiencia del caso, y pues nada. 

María Fernanda, de 24 años de edad, en el término de su embarazo, acude a la Clínica 1, la que le toca, a dar a luz. Todo bien hasta allí. Donde se encuentra con que… según dicen los administradores del servicio, acababa de ocurrir una situación de crisis, a saber, que una mujer, también embarazada, había estado minutos u horas antes en el área de partos, pero que como presentaba sintomatología de infección por COVID 19… decidieron aplicar el protocolo de “sanitización” pertinente, a fin de devolver a esa parte del hospital las condiciones indispensables de asepsia. Todo correcto hasta allí. 

El problema es que… al parecer, mientras que el IMSS, la institución de salud nacional de mayor tradición, de mayor presupuesto, con el mayor número de personal de todo tipo, que por los años de experiencia y la estructura administrativa que tiene, se cree que ha desarrollado los procedimientos y protocolos para enfrentar cualquier situación médica, económica, social, política, catastrófica o del orden que sea que se pueda presentar, y sí, pongamos que los tenga a nivel central y que hasta se conozcan en la periferia, o sea en Saltillo, pero a la hora de aplicarlos… le dan la típica médica de: espérese. 

Nomás que los niños no suelen esperar, a la hora que les toca nacer, nacen, esté sanitizado o no, haya camas o no, esté libre el quirófano o la sala de alumbramiento o no. Eso fue lo que pasó con María Fernanda, la madre, y su hijo, que vino al mundo, afortunadamente sin grandes trabajos ni complicaciones, en el baño de la clínica 1 del Seguro. 

No era la única mujer en trance de parto. Otras varias tuvieron que sufrir la misma incapacidad para el manejo de una presunta contaminación del área clínica por la presencia de una paciente que se supone (porque no ha sido probado), que padece coronavirus. Nada más que las tenían todavía horas de espera, las contracciones no habían llegado a la frecuencia crítica, todo digamos que más normal, y estaban, otra vez el pleonasmo, esperando en la sala de espera, a que las pasaran al área de tococirugía.  

Realmente no sabemos, y tenemos nuestras serias dudas respecto a ¿en cuánto tiempo queda “sanitizado” un espacio luego de aplicarse el protocolo, de rociar los químicos que se confía eliminen cualquier rastro de COVID 19 y otros tantos virus y bacterias igualmente peligrosas?, ¿será, como nos han hecho creer, que con poner los zapatos en una esponja puerca a la que se le puso un chorrito de cloro o las novedosas sales cuaternarias de amoniaco, ya quedan los pies limpios como para pisar las nubes del cielo?, ¿o como el gel antibacterial, que no antiviral, que con tallarse diez segundos, ya quedó uno instantáneamente listo como para comer con las manos?, queremos creer que entre toda la burocracia del IMSS hay una oficina que estudia y determina las horas, los minutos que tarda un área en quedar clínicamente estéril luego de haber aplicado el protocolo de rigor, y viene a cuento porque a María Fernanda, que llegó a las once de la noche, y dio a luz en el baño a las dos de la mañana, como a otras mujeres en su mismo trance, las tuvieron esperando tres, cuatro o más horas, ¿es eso correcto, hablando no de calidez humana, que de eso en el Seguro no entienden una nada, sino de procedimiento químico biológico?, porque se nos hacen demasiadas horas, tiempo suficiente como para que la administración del hospital hubiera tomado las medidas para ubicar a esas pacientes en otras áreas de la misma clínica, o trasladarlas a otros centros de salud. Pues nada, allí que se esperen. 

De lo poco que sabemos, afortunadamente porque más coraje nos daría, de atención médica de urgencia, está el “triage”, usted sabe, la entrevista, exploración inicial que determina que una persona debe recibir atención de urgencia para salvar su vida, o si puede aguantar a una consulta o atención normal, sin prisas. En el caso de lo ocurrido en la Clínica 1 de Copenhague Coahuila, ¿nadie en obstetricia pudo hacer un listado mínimo de las pacientes en tránsito de parir, para establecer con la mínima estimación:   Raquel será la primera, María Fernanda la segunda, Adriana la tercera, y así por el estilo?, obvio que no: allí estense y a ver a qué hora nos dicen que ya las podemos pasar.  

Resultado: Coahuila, Saltillo, se suman a las clínicas tercermundistas donde las mujeres dan a luz en el jardín, en el pasillo, en el sanitario ¿Qué tal la institución de salud número uno en un país con un sistema de salud equivalente al de Dinamarca o al de Canadá? Para María Fernanda, nuestros parabienes, y también para su pequeño hijo y toda la familia, para el IMSS… el deseo que jamás tengan necesidad de los servicios que ellos mismos prestan… 

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