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De lo perdido para siempre: lo irrecuperable

PENSAR PARA UN MUNDO QUE AÚN NO EXISTE

Ilustraciones de Gustave Doré, utilizadas en El Paraíso Perdido de John Milton

Por: Ramsés Sánchez Soberano.-

Si pudiéramos volver atrás y tener el valor para enfrentarnos a nosotros mismos quizá sólo sería en el instante en el que estemos listos para preguntar: ¿cuál ha sido la elección decisiva de la que ha dependido por completo mi vida? Una cuestión tal señala el deseo constante de recuperación. Un intento que no es medible a partir de lo que nos ha brindado mayores rendimientos, objetos, goces, reconocimientos o recuerdos sino a partir de lo que hemos perdido para siempre y es irrecuperable. El anhelo de recuperación se establece en la pérdida que nos acompañará por el resto de nuestra vida. Anhelo infinito y misterioso cuyo pálpito exige la potencia de un misterioso tal vez. El ‘tal vez’ no apela a una pregunta completamente estructurada. ¿Y si tal vez no lo hubiese perdido? Él nos lanza al ámbito de las cuestiones donde se muestran los posibles que ponen en operación los abandonos irrecuperables.

Y quizá lo que creemos perdido vuelva a manifestarse cuando se acerque nuestro final, un instante antes de pasar a la otra parte, y quizá sólo allí se nos mostrará lo que esa posibilidad nos tenía resguardado. En el anuncio efectivo de nuestro final es quizá donde lo perdido anunciará si nuestra vida ha sido digna de ser vivida. Lo perdido e irrecuperable resguarda una potencia peculiar. Acceder a ella no requiere un esfuerzo sutil de la existencia. Lo perdido anuncia su potencia en huellas titubeantes desde las cuales se señalan las cicatrices más profundas de nuestro ser. Estamos lejos de presentir las catástrofes y si alguna vez, hic et nunc, hemos sobrevivido a la catástrofe, es porque a la existencia le está reservada una pasividad fundamental: testificar el sentido de la resurrección.

Sobrevivir es el sentido que surge del sinsentido. El sentido de la resurrección. De modo que la continuación, después de la catástrofe, anuncia que el padecimiento de acontecimientos inadecuados para el pensamiento resguarda la posibilidad de acercarnos paulatinamente al autoconocimiento. Atreverse a preguntarse por lo que hemos abandonado por completo, extraño e inapropiable, es comprender vitalmente que la búsqueda por intentar estar a la altura de lo que ignoramos es el movimiento de una existencia que necesita eliminar la ambigüedad entre el ser y el parecer. El parecer es el modo en el que un ser se hunde en las apariencias. Aparenta no carecer de lo que en el fondo extraña y sabe que no recuperará jamás.

Ignorar esta situación no es sino desconocer aquello que realmente se ignora. Esta ignorancia de sí es la que se ha olvidado por completo y lo ha hecho a pesar de las apariencias. Un ser que no puede acceder a su falta radical no es capaz de actuar sobre su ignorancia. Desconoce que sus alas pueden ser descargadas del lastre del mal, del juego y de la ambigüedad entre el aquí y el allá.

La vanidad consiste en ser su propio juez – ya no importa si se es el más puro de los desgraciados. Lo que realmente importa en el volverse-a-sí-mismo-una-cuestión es que no hay nada en el yo que no le haya sido donado. El tal vez desnuda el solipsismo de la vanidad. No es una duda completa ni superflua. Es un balbuceo. Es el testimonio que, en el fondo, en el núcleo de su ser, el yo testifica que aún no han sido destruidas por completo todas las esperanzas. El tal vez es la duda que impele hasta el más pequeño de los seres y que permanece como el aguijón que vitaliza desde su fondo la vida que es.

Sin embargo, también hay un quizá. Él es un removimiento del presente que muestra la fenomenalidad del acontecimiento del despojo. Abandono de lo que el yo ha hecho en primera persona, de lo que ha logrado. Este abandono inaugura un acontecimiento que orienta el existir a niveles más profundos. Lo guía hacia el fulgor incandescente de la aurora de la vida. Su riqueza consiste en ofrendar y revelar. Y es por lo que la duda que despoja de sí produce el instante que no se deja atrapar por el presente. En el quizá el yo se desplaza de la tiranía del presente.

El tal vez y el quizá son la exposición, la incompletud, la trascendencia en tanto que invocación, súplica y auxilio. Funcionan como el exilio. Ellos no piden nada a cambio pues son gestos, palabras desarticuladas, humildad. Ofrecen la situación donde la vanidad del yo sufre un abismarse original que no pende de la nada, sino que abriga instantes desgarradores donde se profundiza en lo irrecuperable. Son, en verdad, una enseñanza más inquebrantable que cualquier meditación. El tal vez y el quizá ofrecen el desprendimiento de sí como la constante en la que iniciamos y recomenzamos. En ellos se experimenta que nadie se apropia de la totalidad al haber elegido un camino. Y tal vez sólo cuando nos hayamos hundido por completo en lo que ya no podemos recuperar, quizá será allí donde se nos anunciará la situación en la que realmente hemos elegido.   

Un comentario sobre “De lo perdido para siempre: lo irrecuperable

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  1. Gracias querido por ese genial por profundo texto, Ramsés. Justo reencontraba este fragmento de Rabí Eliezer que me remitía a ese quizás: «….Así el Santo, bendito sea, proyectaba el mundo ante sí y el mundo no se mantenía en pie, hasta que creó el arrepentimiento».

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