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La urgencia en la SEDU… ¿Se desactivó la bomba?

BAILE Y COCHINO…

Por Horacio Cárdenas.-

Cuando Miguel Ángel Riquelme Solís asumió la gubernatura del estado de Coahuila, muchos pensaron que significaría para la administración pública estatal una invasión de gente proveniente de la Región Lagunera, más o menos como cuando Rogelio Montemayor tomó el mando del poder ejecutivo, al cual incorporó a muchos políticos de la región fronteriza, en lo que algún periodista que andaba de vena creativa llamó la invasión de los bárbaros del norte, mote que pegó y duró todo el sexenio.

Pero una cosa eran las expectativas, y otra lo que ocurrió. Por principio de cuentas la transición no fue nada tersa, no por culpa de los involucrados, a saber el gobernador saliente y el gobernador entrante, sino por la tardanza de las instancias jurídicas electorales que para resolver el conflicto poselectoral, con múltiples denuncias cuyo trámite se fue arrastrando desde el día posterior a la elección, hasta horas antes de que debiera asumir el cargo como mandatario constitucional.

Sin la certeza al 100%, era bastante difícil, más bien incómodo, estar pensando en lo que tendría que estar pensando un futuro funcionario cuando sabe que tiene el cargo en la bolsa, a Riquelme se la hicieron cansada, y aunque le dedicó el tiempo requerido para ver a quien quería en donde, y qué iba a hacer cada quien, no lo hizo con el entusiasmo que le hubiera gustado.

Total que llegó, y no puede decirse que hubiera un período de aprendizaje o uno caracterizado por la improvisación, como que el lapso de incertidumbre forzada desde el tribunal electoral federal, hizo que la planeación se centrara en lo estratégico, lo urgente, para luego, ya con más calma, ir entendiéndose de cuestiones no tan perentorias.

Los coahuilenses estaba con la duda de, bueno, por un lado estaba la cuestión de que Miguel Riquelme era “gente de Rubén”, había formado parte de su gabinete, y conocía bastante bien a buena parte de los funcionarios de la administración estatal saliente, pero por el otro, venía de gobernar Torreón, donde tenía un equipo de trabajo a su gusto, que poco menos que le leía la mente, y había la probabilidad de que quisiera incorporarlos al gobierno estatal, por un asunto de estricta justicia, complicado en un estado tan grande y con los regionalismos tan acendrados, por no hablar de los grupos de poder, las camarillas y las amistades de toda la vida.

Al final todos se llevaron una sorpresa, pues sí, llegó Miguel Riquelme, pero echó mano de políticos de Saltillo para las posiciones más importantes, la Secretaría de Gobierno y la de Finanzas, en las que designó a José María Fraustro y Blas Flores, incluso la Secretaría de Educación se le encargó a Higinio González, alejado por décadas de la política, la Fiscalía ya estaba en manos de Gerardo Márquez, este sí lagunero, pero que ya ocupaba el cargo desde el sexenio pasado, muy seguramente por acuerdo entre Rubén y Riquelme.

Esa fue la primera sorpresa, la segunda fue que, si bien ubicó gente de su estricta confianza en posiciones de segundo orden en las dependencias, de las que se ha dicho desde el principio y todavía que tienen la sartén por el mango, guardando un perfil más que bajo, hubo muchos puestos en el organigrama que de plano no sufrieron cambio. Riquelme a las calladas ha controlado con laguneros los poderes legislativo y judicial, pero esa es otra historia.

Muchos funcionarios del ejecutivo que pensaron que entregarían el día siguiente, o cuando mucho la semana después de la toma de posesión… allí siguen, habiendo disfrutado ya dos terceras partes del sexenio, cuando creían que no tendrían ni una quincena extra del anterior.

No que el gobernador no tuviera su propia gente que quisiera incursionar en la grilla saltillera, no que los que están fueran particularmente bien vistos por el nuevo mandatario, o que se los hubiera dejado encargados, a todos, Rubén, simplemente ¿para qué cambiarlos?, están haciendo bien el trabajo, pues nomás que se planten la camiseta y que allí sigan, así se ahorró las liquidaciones y la curva de aprendizaje, además de dar pie a la tan llevada y traída profesionalización y carrera en el servicio público.

Todo razonablemente claro hasta allí, pero luego se muere Higinio González Calderón… ¿y qué hacer, darle el mismo tratamiento calmado, cansino que se ha dado en lo tocante a quienes ocupan las principales plazas en la gestión pública?

Solo para completar el cuadro, mencionamos tres casos, el de Jorge Luis Morán, cercanísimo al gobernador, quien quedó a cargo del ayuntamiento mientras se fue a la campaña por la gubernatura, y quienes no pocos ubicaban como secretario de gobierno, luego de mucho tiempo lo designó a una posición importante pero menor, la de titular de la Unidad de Inteligencia Financiera en Coahuila, otra vez, el estilo de operar en la sombra.

Está también el caso de Gerardo Berlanga, quien venía haciendo las funciones de promotor económico, y quien hasta muy tarde en el sexenio se ajustó el gabinete para designarlo como secretario de inversión pública productiva, con más poder que el que tenía como secretario de Infraestructura, Desarrollo Urbano y Movilidad, y el ejemplo más relevante por ubicarse en el mismo sector educativo, hace meses que falleció Alfonso Vázquez Sotelo, quien ocupara la dirección general de bibliotecas, publicaciones y librerías, y en todo este tiempo no se ha visto la necesidad de sustituirlo, ni para premiar a alguien que esté pendiente, ni para darle más impulso al área, nada.

Ah, pero la Secretaría de Educación… es la Secretaría de Educación. Cuando se vio que Higinio no mejoraba, el gobernador tomó la decisión de nombrar un encargado del despacho, que recayó en María del Carmen Ruíz Esparza, gente de José María Fraustro desde siempre, y quien ocupaba la Secretaría de Planeación Educativa.

Al final Higinio no se pudo recuperar, y al fallecer, la primera posibilidad que se abrió fue que Maricarmen se quedara como titular… pero la fauna política y gremial se lanzó a reclamar el puesto para uno de los suyos. Jamás le concedieron a Ruíz la menor posibilidad de quedarse, por la razón o las razones que quiera.

Dentro de la reorganización del gabinete con vistas a la sucesión, y teniendo pendiente colocar a dos que tres presidentes municipales salientes, el gobernador Miguel Riquelme decidió algunos enroques, lo fácil hubiera sido ofrecerle a Manolo Jiménez la Secretaría de Educación que estaba acéfala, pero no, prefirió mover a Francisco Saracho de la secretaría de Inclusión y Desarrollo Social a Educación y a Manolo a aquella, en un movimiento que se advierte precipitado, inusualmente precipitado, fuera del estilo sobradamente pausado de Riquelme.

¿Qué pasó en la Secretaría de Educación? Lo más sencillo hubiera sido llevarla tranquila, Manolo entrega el día último del año, son días de vacaciones para burócratas y relax hasta para los políticos, pues no, había que ocupar rápido el despacho de educación, y el otro, el de Desarrollo Social que se espere a que Manolo entregue y descanse.

Muy sospechoso. Además que como nuevo secretario se elige a alguien que ninguna experiencia tiene en el ramo educativo, aunque como burócrata ha ocupado muchas posiciones, ha sido alcalde y legislador, se le manda de apagafuegos de algo que no se sabe, pero que estaba allí y urgía desactivar. A lo mejor era simplemente quitar a quien no estaba cumpliendo con la talacha mínima de tener el gallinero en paz, ni siquiera por las fiestas de fin de año, quizá lo que estuviera haciendo la encargada se vio como riesgoso, al grado de merecer una sustitución inaplazable, que repetimos por enésima vez, no ha sido el estilo del gobernador.

Las preguntas que restan por responder son ¿se desactivó la bomba en educación?, ¿los grillos gremiales dudarán en querer trepársele a las barbas a Saracho? ¿Qué hizo o que no hizo la encargada del despacho que hizo obligada la intervención del gobernador?, a lo mejor las respuestas no tienen mayor importancia, pero no descarte que sí, y eso es para preocupar.

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