Viñedos: negocio de ricos, sequía para los pueblos

BAILE Y COCHINO…  

Por Horacio Cárdenas Zardoni.-  

Antes los millonarios presumían de su colección de carros antiguos, deportivos o modernos de superlujo, también colaban en sus conversaciones el tamaño de sus yates, y es allí donde se solían dar los más grandes éxitos y las más estrepitosas derrotas, porque no, definitivamente no es lo mismo tener un yatecito de veinte metros anclado en el puerto de Veracruz, que uno de cuarenta metros en Acapulco, o uno de ochenta metros que tenga como base Biarritz, Montecarlo o Marsella.  

Había un chiste bastante sangrón, pero que ilustraba muy bien la situación: era un chavo de la Ibero, uno que estudiaba economía en el ITAM y otro que no sabía que quería ser, pero estaba inscrito en la Anáhuac. El de la Ibero soltaba, voy a pedirle a mi papi que me compre Estados Unidos, y el del ITAM respondía con su voz como si tuviera una papa atorada en el cogote, pues yo le voy a pedir a mi papi que me compre Europa, a lo que remataba el de la Anáhuac diciendo, pues yo le voy a decir a mi papi que no se las venda.  

Pero eso era antes, ahora se ha puesto de moda entre los ricos la ecología, ya sabe, con eso del cambio climático y el calentamiento global, hay que tener consciencia del medio ambiente, así que hay que ocuparse de proyectos que tengan que ver con su cuidado. Pero tampoco se trata de hacer cosas que salgan muy caras o que impacten en los costos de las empresas, y, en consecuencia, también en las utilidades, eso sí que no. hay que hacer cosas que tengan aparte de todo, glamour… ¿y qué actividad más natural, chic, y glamorosa que tener un viñedo?  

Sí, un viñedo, ya sabe, cultivar uvitas Chardonnay, Cabernet, ¿yo que entiendo de eso?, las más finas, las que tienen mejor estirpe o como se diga. Ahora los ricos han adoptado como hobby el tener viñedos en los que puedan poner ante los ojos de todos, su profunda convicción ecologista, su amor por la naturaleza, y lo bueno que son para los negocios, pues sus vinos deben de producir ganancias, si no ni para qué meterse.  

Ese, que antes era negocio de conventos, o de empresas que se dedicaban en cuerpo y alma a eso por generaciones, ahora se ha transformado en una actividad social, o más puntualmente, en un tema de conversación de los propietarios de los viñedos, porque tampoco vaya uno a pensar que andan allí aplicando pesticidas o fertilizantes, cosechando con la espalda doblada y la cintura doliéndoles horriblemente, no, para eso tienen gente, que nunca sobra, para hacer el trabajo pesado, y ellos al disfrute.  

Tampoco vaya a pensar que esto es una invención mexicana. Para nada, viene de Europa, donde también hay ricos desocupados, y una larga tradición de viticultura, allá los herederos de las fortunas de repente como que comenzaron a interesarse por la producción de las vastas tierras familiares, y enamorados como son de lo natural y del dinero, pues conjuntaron proyectos que les han resultado muy productivos económicamente, y como venimos diciendo, les dan algo de qué presumir a sus pares, que no queriendo quedarse atrás, también incursionan en lo mismo. Algo digno de ver el auge que han tenido las empresas vinícolas en los últimos años, si hasta causan pena ajena los esfuerzos por desenterrar la genealogía vinatera de las estirpes familiares, lo que nunca les había interesado, ahora resulta de lo más presumible, y se lo presumen entre ellos.  

El asunto podría pasarnos de noche, como lo de los yates, los aviones o los relojes de los millonarios, de no ser porque Coahuila se ha convertido en uno de los espacios de privilegio para asentar viñedos. La franja del vino, creo que oído que le dicen, y la marcan en un planisferio que abarca la región del Medio Día francés, el Valle de Calafia en California, y una amplia zona del planeta, en la que se supone, o quieren hacer creer, que es el mejor sitio para el cultivo de la uva y la producción de vinos. A lo mejor sí, a lo mejor no, lo de la franja, y si esta serpentea para incluir Parras de la Fuente y luego sube para alcanzar los cultivares de Baja California Norte, y se retuerce para incluir Aguascalientes, y total que todos cabemos en la geografía del vino.  

El detalle problemático es que sí, qué bueno que los ricos tengan en qué divertirse y de qué platicar, y si sus empresas le dan empleo a los menos favorecidos por la suerte, el sistema o lo que sea, pues qué mejor. El problema comienza cuando la actividad tan glamorosa, choca con un detalle mínimo, pero no por eso menos incómodo, que es el de que no hay agua suficiente para soportar todos los proyectos que se quisieran.  

Parras presume de ser la cuna de la viticultura en América, esas son cosas incidentales, en aquel tiempo que llegaron los misioneros jesuitas ni había Parras, ni Coahuila, con trabajos una Nueva España sin límites conocidos, como para decir allí al padre jesuita aquí será la cuna de la beberecua americana ¡salud!, el caso es que se dice, se cuenta que en este municipio coahuilense se producen algunos de los mejores vinos de todo el mundo, para prueba la cantidad de premios que han recibido al paso de los años los vinos de las empresas locales, que se han ido refrendando y multiplicando.  

Pero ahora se habla de vinos no menos buenos en Saltillo y Arteaga, hechos con toda la mano, que también están teniendo su buen éxito en ventas y en concursos. El caso es que el número de viñedos se ha venido ampliando, al grado que se comentó no hace mucho en un evento en el que todavía andaban más o menos sobrios, que en este año se abrirían trece viñedos más al cultivo.  

Hombre qué bien, ¿y con qué agua los van a regar?, fue la pregunta que nos hicimos los que leímos la nota. Porque no es cualquier cosa mantener un viñedo adecuadamente provisto de agua, no se trata que sufra la vid, ni que la uva nos salga pobre o desabrida, y como sabemos, está prohibido arreglarla con fructosa y pintarla con colorantes. La vid hay que regarla generosamente ¿y con qué?  

Uno de los problemas de los que la mayoría de los coahuilenses estamos conscientes es la falta de agua.  

La sequía nos ha acompañado por muchos años de nuestras vidas, como para no apreciar el valor del agua, como para tomar el asunto a la ligera. La población del estado crece a ojos vistas, como también la actividad económica, y no es difícil determinar que hay empresas que gastan más agua que otras en sus procesos.  

Si el agua ya es escasa ahorita, con los coahuilenses que somos, con las empresas que hay, con los cultivos a los que nos hemos dedicado, imagínese cómo será si se privilegian actividades económicas de alto consumo de líquido, pensando específicamente en la vid.   Ya ha ocurrido en La Laguna, la producción agrícola, que fue el origen del emporio lagunero, se ha venido reduciendo por la falta de agua y por la contaminación de la misma, ahora se usa para consumo humano y procesos industriales, cada vez menos para sandía y melón, y la cuenca lechera está entre que sí y que no.  

¿Cuánto tiempo pasará para que en Parras, en Saltillo, en Arteaga se tenga que decidir en qué usar el agua cada vez más escasa?, ¿le gustan veinte años, más, menos?  

El asunto no es menor. Para unos es el puro glamour y el negocio, para el resto de la gente es un asunto de sobrevivencia. Que claro, se puede decidir: que Coahuila sea un estado vitícola por excelencia, bien, ¿pero, qué vamos a dejar de hacer por falta de esa agua?

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