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Tambores de guerra…

NOTICIAS DIVERSAS.-

Por Héctor Barragán.-

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No son casualidad los cinturones de miseria.

Ocultas en la diplomacia, las ansias guerreras de los países que cuentan con medios, no son de pronto sino amenazas verbales, pero en el fondo está su urgencia de estímulo a sus economías y desahogo de sus ricos arsenales, siempre en crecimiento y evolución, como si hiciera falta seguir amedrantando al resto de la humanidad.

De hecho hace años que no hay una guerra abierta y sin embargo ni falta que hace. Las fuerzas armadas se encuentran en píe de guerra invadiendo territorios ajenos, manteniendo en ebullición a diversos pueblos y sin visos de concluir su fusión “pacificadora”.

Pero detrás de esa función publicitaria sostenida, se encuentran pretextos más sólidos y materialistas, como fueron recuperar el, petróleo de Kuwait, que reclama Irán comparte de su territorio, o la situación estratégica de Afganistán y de Irak, sin hacer omisión de Siria.

Y potencialmente amenaza la beligerancia a Venezuela, a quien se niega su derecho a administrar sus recursos naturales y su política, de manera semejante a cuanto ocurrió con Cuba y anteriormente la explotación de Haití, condenándola a una vida miserable por decisión del malvado imperialismo.

Sumamente instructiva resultó la visita de la novela Sónica de Don Vicente Blasco Ibáñez, escritor español de finales del siglo 19 y principios del 20 en cuanto a la vida de un pueblo griego, Sagunto, destruido por Aníbal y en contra del ofrecido apoyo del imperio Romano.

Refiere la vida de los pobres, de los explotadores, del esclavismo, que no han desaparecido, pero si han cambiado de fisonomía, de apariencia. Menciona aspectos vigentes como el afán de lucro y el amor a las riquezas al boato que podrían considerarse antisociales.

Mas la guerra y el armamento no son sino una pequeña parte de los instrumentos de dominio si bien resulta aplastante y demoledor, que genera necesariamente las obras de reconstrucción, productoras de dinero, el objetivo más importante, aunque produzcan muertes abundantes y consumo de bienes materiales igualmente importantes, los cuales igualmente producen dinero en cantidades considerables. Curiosamente dejan compromisos a los países invadidos, gastos de guerra, deudas seguramente impagables a los mismos, atractivos adicionales para los intereses de los imperios.

Y sistemáticamente, antes y después de la intervención armada, esos países pobres reciben la invasión de mercaderías industrializadas, que avasallan a los productores aborígenes con sus capitales, costos menores de producción derivados de las economías de escala, se posesionan de la tierra y de los productos del subsuelo, ganan los títulos de concesión de los negocios y fuentes de riqueza por la preferencia que obtienen con sus relaciones, recursos, tecnología eficiencia relativa.

Y los países receptores pierden su capacidad y autonomía necesarias para proporcionar a sus pueblos, los satis factores de necesidades, sean alimentos, principalmente fuentes laborales, artículos de la industria, de su agricultura, al perder la tierra, al adoptar tecnología ajena y menos generosa de la necesaria para dar fuentes ocupacionales, al perder la mano de obra debida al empobrecimiento general producto de la desocupación, el encarecimiento de costo de la vida y la fuga de trabajadores a las ciudades y el extranjero.

No es casualidad que México tenga el 50% de su población lindando la miseria, situación que conviene a los inversionistas extranjeros (invasores) abaratando esos desocupados el precio al que se cotiza la mano de obra. Y sin embargo, se sigue invirtiendo en educación, no obstante que no se lucha por incrementar la cantidad de empleos, de manera sustancial.

Un medio más de dominio imperial lo constituye el endeudamiento, producido por la banca, haciendo trabajar al país en beneficio de los capitalistas exteriores, utilizando el espejismo de los ahorros. El ejemplo local más reciente es la noticia de que se ahorrarán 600 millones de pesos con la renegociación de la deuda coahuilense, sin decir que para ello habrá que pagar más años de intereses.

A los banqueros no les interesa que se le paguen los créditos, muy elevados en el caso mexicano, posiblemente muy alejados de la capacidad de pago, siempre que haya garantías de cubrir los intereses, durante mayor tiempo.

Asunto este que jamás ha preocupado al Congreso y sus integrantes, que haya permitido que año con año se aumente la deuda y de que se obtengan beneficios increíbles por concepto de ahorros en la renegociación. En términos macroeconómicos, es decir, para el país, es posible que gracias a la generosidad del actual sexenio, la deuda exterior ha llegado a los 170 mil millones de dólares norteamericanos, sin que se sepa que algún diputado ha protestado por el hecho de que lo tengan que pagar los mexicanos de hoy y del futuro. Vaya, posiblemente ni se dieron cuenta de cómo ha ocurrido.

Una cosa curiosa que se ha olvidado comentar sobre la guerra moderna, es el juego de los imperios con sus socios menores, cual es el manejo diplomático que se hace en perjuicio de un país no respeta los derechos humanos o los términos que tienen acerca de la democracia; los convencen y comprometen a una guerra de intervención, en que aportan soldados, dinero y otros recursos, para castigar al infractor. De esta manera cubren o comprometen su prestigio y responsabilidad por la intervención  y les sale más barata la actuación y obtienen utilidades con los suministros.

Primero desprestigian al señalado, lo acusan de poseer armas prohibidas y prácticas contra el pueblo, antes de enviar las tropas y después siguen con su negocio interminable y abiertamente inhumano y voraz.

LOS ARANCELES.

Contra la ideología del liberalismo y su vástago, el neo de lo mismo, el Presidente Trump procura volver a la práctica de imponer aranceles a las importaciones de sus proveedores con que tiene balanza comercial desfavorable.

Aranceles se llaman los impuestos al comercio exterior, a las compras al extranjero y las ventas que se hacen al extranjero y balanza comercial es el resultado de las cuentas de exportación contra importaciones.

Le dijeron al presidente norteamericano que la balanza de comercio con México le resulta negativa, lo cual es posible, porque se trata de la cuenta solamente de las mercancías que vende Estados unidos comparado con lo que compra a México, pero solamente mercancías.

Le falta conocer la cuenta de servicios, que son las transferencias de dinero de bancos, utilidades de la empresa norteamericana en México, además de regalías y otros renglones un poco menos claros.

Es de aclarar también que compran principalmente materias primas del sector primario, de minoría, sin procesar, por una parte y por otra, automóviles y refacciones, que son producidas por sus empresas.

Es de aclarar también que los impuestos elevan los precios para los consumidores, reduciendo los volúmenes de comercio, con beneficio solamente para el gobierno. A mayor precio de una mercancía, menor cantidad de clientes, por lo general están dispuestos a adquirir; en otro caso, al elevarse un precio, el consumidor tratará de gastar menos al reducir su consumo.

En comercio internacional, los autos producidos en México llegarán, con el impuesto, más caros a los consumidores norteamericanos y habrá menos de estos dispuestos a adquirirlos. Comprarán preferentemente los producidos en su país, quizá entonces un poco más baratos que los mexicanos cargados con gravámenes.

El petróleo mexicano llegará un poco más caro a los industriales norteamericanos y el gobierno de aquí, incompresiblemente, como en casos anteriores, tratará de vender más cantidad para compensar la reducción del ingreso ordinario.

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