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Soponsios y supititacos en la política coahuilense

BAILE Y COCHINO…

Por Horacio Cárdenas.-

La política ha sido definida de mil maneras. Algunas de ellas la exaltan como la más elevada de las actividades en las que puede incursionar un hombre o una mujer en el servicio de su comunidad, otras la equiparan a comer porquerías sin perder la sonrisa; no falta quien sugiera que se dedica a ella porque no sirve para otra cosa, porque es alérgica al trabajo, o porque quiere hacer dinero rápido; hay quienes han dicho de la política es el peor de los males de la humanidad, mientras que Winston Churchill la aceptaba como llena de defectos, pero también como el único medio de salvarnos como sociedad.

Total que hay gente para la que la política es una adicción, no importa cuánto poder económico, propiedades, halagos hayan alcanzado, si no están en el candelero político “no se hallan” como dicen que dicen las mucamas. Por el contrario a mucha gente la sola mención de la palabra “le da repelús”, y tanto que hace lo imposible por no acercarse a la cuestión pública, prefiriendo ignorarla, por más que esto redunde tarde o temprano en su perjuicio, el personal, el de su familia y descendientes, el de su comunidad y hasta el de su nación, no soportan involucrarse.

Pero punto y aparte de cómo la defina cada quien, lo cierto es que la política tiene un fuerte componente emocional, incluso podríamos decir que es como una adicción, pero no a una droga externa, sino a la adrenalina, y alguna otra hormona a la que le llaman del placer, vaya usted a saber por qué. Por allí los ve, gente que anda en la cosa pública sin tener una necesidad económica de trabajar, que llega a descuidar sus negocios por andar en la grilla, todo porque, según lo dicen, quieren el bien de su comunidad, quieren ofrecer su experiencia, su honradez y su imaginación a la solución de los problemas colectivos a través del servicio público, aunque la verdad es que a nadie engañan, lo que quieren es figurar… y creen que trabajando o grillando, lo harían mejor que los que están, que al final de cuentas es ese el meollo del asunto, de lo que se trata es de quitar a los que están, por considerarlos más o menos incapaces, y ponerse ellos en ese sitio, que la gente podrá de inmediato ver aquello de lo que se habían estado perdiendo… por más que a las primeras de cambio se den cuenta unos y otros que no es lo mismo ser borracho que cantinero, como tampoco recorrer el camino en sentido contrario.

Vistos los eventos políticos de los últimos años en el estado de Coahuila, nos queda clara una cosa, efectivamente la política es un asunto de emociones fuertes, casi que la podríamos calificar como un deporte extremo, no apta para corazones débiles, ni para gente con tendencia a la depresión, se requieren políticos con temple para no tirar el arpa al primer trancazo, al primero de muchos trancazos, pues parece que hay saña para con los políticos, no sabemos si con la intención de irlos decantando, o debilitando, eso quedaría a cargo de la autoridad electoral y los tribunales explicar, y sobre todo a quienes hacen las leyes, quienes curiosamente son también políticos, pero de esos que en las caricaturas vemos que ponen las minas en un campo minado, y luego viene un viento a llevarse las banderitas que indicaban donde estaban, o peor, que a propósito destruyen el maña o prefieren recorrer el campo minado a ciegas…

Recordamos hace como cinco años todo el merengue que se armó con la elección de gobernador de Coahuila. Los comicios se dieron el 8 de junio del 2017, y todavía una semana antes, que digo una semana, tres o cuatro días, no sabía Miguel Riquelme Solís si el tribunal iba a reconocer su triunfo, o si lo iba a echar para atrás, con lo que en ese momento se planteaba como un futuro incierto no solo para él sino para todo el estado, habitantes, empresarios, inversionistas, políticos, todos.

Certeza, lo que se dice certeza no la hubo  durante cinco meses, lo que, como lo comentamos muchos en ese instante, lejos de contribuir a un mejor ambiente democrático, fue un serio perjuicio para el estado, pues lo que debieron ser meses de planeación, de amarrar alianzas con los sectores, inversiones y proyectos, no, todo se fue en la incertidumbre de si sí iba a ser gobernador, o no iba a ser gobernador.

 Hasta sus colaboradores cercanos, no tenían la certeza de que iban a tener un empleo seguro, así que no se tendían como hubieran podido, preferían mantener un pie aquí y el otro allá, por lo que pudiera ocurrir. Finalmente se resolvió, pero entre los nervios, el desgaste, la falta de la seguridad en tener todos los hilos en la mano, redundaron en que en este sexenio no hubiera la tradicional luna de miel entre gobernante y gobernados, un período de tres a seis meses, que políticamente es bastante útil.

¿Y cómo no recordar el tema de la reelección de los alcaldes?, las cosas hubieran sido muy sencillas de haberse organizado las cosas como se debía, algo que por lo demás, parece estar por encima de los políticos que suceden a políticos, de decisiones que se empalman con otras y aquello se convierte en un revoltijo.

Primero, que recordemos, se trataba de la conciliación de los calendarios políticos, el federal y el local, esto para que no hubiera tantas elecciones año tras año, entonces se ideó que hubiera una “mini” alcaldía, de un año, y luego cuando se retomara el período normal de tres años, ya iría todo sobre ruedas. Bien, lo que no estuvo bien fue que también entró por esos días en vigor lo de la posibilidad de reelección para las presidencias municipales, y allí fue donde todo se lo llevó Pifas.

O no todo, pero sí en algunos municipios donde el presidente municipal buscaba la reelección. Si ya habían sido alcaldes una vez, y luego se vino la mini alcaldía, y luego la siguiente ya normal, hubo quienes lo interpretaron como una doble reelección, lo cual estaba permitido, y otros como una triple reelección, lo cual no lo está. ¿Cuál era la buena?, pues nada, que otra vez, hubo que llevar el asunto a la suprema corte para que ella se entendiera de lo que habían reburujado los diputados.

Se la decimos fácil, pero no lo estuvo, ni lo fue. Quienes podían metieron abogados, pelearon el caso, expusieron su verdad, y al final se tomó una decisión, vaya a saber si constitucional o política, pero se tomó y se aplicó.

Y la de ahorita, lo de la equidad de género. El asunto es más que justo, no hay nada que alegar sobre eso, salvo que ¿dónde están compitiendo las mujeres por las candidaturas de los partidos?, si las hubiera, más que correcto que los partidos, las comisiones de derechos humanos, las de equidad, el congreso, la corte, todos juntos, revueltos y por separado, se empeñaran en que se diera, ¿pero y si no?, como es el caso de Coahuila, allí tiene a los partidos buscando entre sus militantes, dirigentes, mujeres legisladoras, quien pudiera ser candidata a gobernador.

 Es la equidad mal entendida, la equidad a fuerzas, la quieran o no. Así no funcionan las cosas, de momento dicen que todavía está en veremos la decisión final, depende de los cabildos de los 38 ayuntamientos si la hacen obligatoria para el 2023 o hasta el 2029 o de preferencia para nunca, ¿por qué?, porque a fuerza ni los zapatos, ya no digamos la política.

Si la grilla le gusta, vaya blindando su corazón y templando sus nervios, porque esto parece que es a propósito, hacerles la vida de cuadritos a ver quién aguanta.

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