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Monte Irvin… cañonero sepia

Cuando en 1947 el gran Jackie Robinson rompió la barrera de color y se convirtió en el primer jugador de piel obscura que jugaba en la Gran Carpa, los dueños de los equipos, voltearon la vista hacia las ligas negras en busca de talentos beisboleros que vinieran a llenar los estadios una vez que la integración racial se estaba logrando en la totalidad de los estados de la Unión Americana.-

monte-irvinNada podría negar que la llegada del sensacional jugador, procedente de beísbol de color, quien fue seleccionado por los cronistas deportivos como el novato del año, fue factor determinante para que los Dodger´s de Brooklyn, conquistaran ese año el banderín de la Liga Nacional, La mejor inversión que los magnates beisboleros hicieran a mediados del siglo XX, lo fue sin duda alguna, la adquisición de peloteros negros.
Al siguiente año, entre otros atletas del piel sepia llegó el grandioso Roy Campanella, quien se adueñó de la receptoría de los Esquivadores de Brooklyn, mientras a los Indios de Cleveland arribaron Larry Doby y Satchel para llevarlos al campamento. Luego, en 1949, debutaron: el inmenso lanzador Don Newcombe con los Dodger´s y Monte Irvin con los Gigantes, ambos equipos de la ciudad de Nueva York.
Irvin hacía su parición en las Mayores a los 30 años de edad, después de brillar intensamente en las plazas de las ligas negras y en las sucursales de los Gigantes. Este inmenso pelotero jugó en 1942 con los Azules del Veracruz, el tabuco beisbolero que formaron los Pasquel para deleite de los fanáticos que noche a noche llenaban el Parque Delta de la ciudad de México y los demás estadios de la Liga Mexicana de AQUELLOS TIEMPOS.
Un solo año en México, fue suficiente para que los cronistas deportivos de este país valoraran la calidad del enorme jardinero de piel obscura y lo eligieran para ingresar al Salón de la Fama de Monterrey en 1971. Pasaron casi 30 años de su brillante actuación en la pelota mexicana y los viejos fanáticos todavía saborean su tremendo poder en el bat, su elegante manera de jugar el segundo cojín, su poderos brazo y su centellante forma de correr las bases, todos apaudieron su ingreso al Recinto de los Inmortales.
Ese año, el fabuloso Monte Irvin se alzó con el título de bateo de la Liga Mexicana con el impresionante porcentaje de 397 puntos y fue líder jonronero con 20 estacazos de vuelta entera. A pesar de su posición natural estaba en los jardines, ese año cubrió el segundo cojín del Veracruz y lo hizo magisterialmente. Los fanáticos del beisbol azteca, quedaron muy impresionados por el tremendo poder ofensivo del astro sepia que durante toda la temporada mostró su electrizante y grandioso juego.
Nunca más volvió a jugar en la Liga Mexicana. Prefirió regresar a las ligas negras, quizá porque presentía, como muchos otros, que la hora de romperse la barrea de color estaba cerca y ellos querían permanecer a la vista de los buscadores de talentos con la esperanza de que algún equipo de ligas mayores se fijaran en su juego y los contratara. Así podrían disfrutar de altos salarios, como los jugadores blancos, muy superior al que estaban acostumbrados y sobre todo a las ventajas de viajar cómodamente y hospedarse en buenos hoteles en lugar de los tugurios que frecuentaban en sus giras con los equipos de color.
El momento esperado por Monte Irvin llegó en 1949, cuando debutó con los Gigantes de Nueva York donde a pesar de sus treinta años de edad brilló intensamente. Dos años después de su debut, en el crepúsculo de su carrera, bateó para 312 de porcentaje en 24 cuadrangulares y 121 carreras empujadas, ese año fue la bujía que necesitaban los Gigantes para alcanzar el campeonato de la Liga Nacional.
En la serie mundial de ese año contra los Yanquis de la gran metrópoli, no obstante que los «mulos» se llevaron la serie por cuatro juegos a dos. Monte Irvin fue el gran cañonero del clásico. En 24 apariciones al plato, conectó once imparables para un impresionante porcentaje de 458 puntos.
Los fanáticos todavía no olvidan aquel primer juego de la serie en el Yankee Stadium. Ese día no hubo otro héroe mayor que el sensacional Monte Irvin. Fue cinco veces al plato y conectó cuatro imparables, anotó una carrera, cubrió magisterialmente el jardín izquierdo y por su fuera poco, en la misma primera entrada se robó el jom, hazaña que no se realizaba desde 1928, cuando Bob Meusel, de los «Mulo de Manhattan» hizo el truco. Pasaron 23 años para que la afición volviera a ver esa jugada en serie mundial.
Todavía en 1954, Irvin ayudó a los Gigantes a obtener el campeonato de la liga y formó parte del aguerrido equipo capitaneado por Willie Mays que humilló en el Clásico de Otoño a los poderosos Indios del Cleveland, queese año impuso rércord de ganados al obtener 111 triunfos en su camino a la conquista del banderín de la Liga Americana. En uno de los resultados más sorprendentes de todos los tiempos, los Gigantes ganaron los cuatro juegos en línea contra la tribu, equipo que fue la mayor decepción de una serie mundial de AQUELLOS TIEMPOS.
Como un reconocimiento a su grandeza, la Comisión de Selección al Salón de la Fama de Cooperstown, acordó el ingreso de Monte Irvin al Selecto Recinto en 1973, para hacer compañía en la Galería de Jugadores de Color a los inmortales Satchel Paige, que ingresó en 1971 y a Josh Gibson, que hizo un año después.

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